Cena de algunos escritores falangistas con el líder de Falange, José Antonio Primo de Rivera (sentado tercero por la izquierda), en 1935. A su izquierda Eugenio Montes y Rafael Sánchez Mazas.

Hubo
un tiempo en España en el que la condición humana de “chulo”, entendida como
individuo (más macho que varón) arrogante, temerario (al menos en una mesa de
café), joven y de hiperbólica virilidad servía como elemento referencial para
hacer literatura, e incluso buena literatura en bastantes casos. Es el tiempo
turbulento y borrascoso de los últimos años 20 y toda la década de los 30 del
siglo XX, el tiempo de las vanguardias, cuando sobre el arte se precipita una
avalancha incontenible de creatividad.

En
España las vanguardias nos permitieron vislumbrar primero a unos jóvenes poetas
que luego, y en recuerdo y homenaje al tan denostado como raro y genial Luis de Góngora formarían el grupo
poético más exquisito, puro, penetrante y audaz desde el Siglo de Oro. Y junto
a todos ellos y tomando como referentes a maestros en apariencia tan dispares
como Ortega y Unamuno, o como Croce y Papini, aparecen como un turbión
uniformado unos jóvenes que beben del fascismo pero no se reclaman a las claras
como fascistas. Solo aceptaron –y en algún caso a regañadientes- llamarse
falangistas, cuando Falange casi no
era todavía un partido y la doctrina joseantoniana apenas suponía un prontuario
de buenas intenciones en agraz. Es una generación que circula en paralelo a sus
coetáneos del 27, y tan en paralelo llegan a caminar que en ocasiones lo harán
agarrados por el hombro, en gesto fraternal, de camaradería literaria,
contándose confidencias del tipo “la política es un desagradable e irremediable
factor de la vida cotidiana”.

Por
ello debemos felicitarnos por que la editorial RBA haya decidido devolver a la actualidad una obra, Falange
y literatura
, del catedrático y crítico literario José Carlos Mainer, quien ha revisado, ampliado y matizado el texto
–un clásico de la historiografía sobre el tema falangista- que publicó en 1971
en la desaparecida Labor y que solo
podía rescatarse –con suerte- rebuscando en las librerías de viejo.

Cena de escritores falangistas en la posguerra. Junto a Agustín de Foxá, entre otros, a Luis Felipe Vivanco, Samuel Ros, Javier de Echarri, Eugenio Montes, José María Alfaro y Dionisio Ridruejo.

Evidentemente,
ni todos los jóvenes literatos falangistas resisten hoy una relectura
desapasionada ni todos los textos que escribieron presentan la misma calidad.
Hubo mucha literatura de ocasión, quizá un exceso de facundia caligráfica, pero
no es menos cierto que algunas obras sí merecerían ocupar en la actualidad un
lugar más destacado, leídas ya sin la vehemencia con que se escribieron. Ninguno
escribió una novela tan imperecedera como la demoledora e infinitamente humana Voyage
au bout de la nuit
, de Louis-Ferdinand
Céline
, pero algunos, como Gonzalo
Torrente Ballester
con su Javier Mariño, que para Mainer es
“la novela más fascista de todas” las que escribieron estos autores, ya dejaban
entrever el enorme talento y la formidable riqueza conceptual y literaria que
caracterizarían su producción posterior, e incluso esta obra puede situarse a
un nivel muy parejo al de un texto mítico de otro autor “maldito”, Gilles,
de Pierre Drieu La Rochelle.

Sin
duda, a estos autores la victoria franquista en la Guerra Civil les hizo un
flaco favor, al menos desde el punto de vista literario. No pudieron obtener la
etiqueta de malditos, como sus camaradas franceses; escribieron mucho (y
algunos cada vez peor, como Ernesto
Giménez Caballero
, quien en 1939 ya había aportado cuanto podía desde el
punto de vista literario y estético); se les leyó poco, cada vez menos, y,
encima, muchos de ellos acabaron siendo funcionarios, covachuelistas de un
régimen franquista que con el paso de los años se fue aburguesando más y más
mientras algunos, como Luys Santa Marina,
seguían luciendo la camisa azul, convertida ya en su caso en una camisa de
fuerza con la que embridaba su delirio por la pérdida de una revolución nonata.
Escritores falangistas en la posguerra: Luis Rosales, Agustín de Foxá, José María Alfaro, Leopoldo Panero y Antonio de Zubiarre

Y
lo más cruel de todo, el mayor sarcasmo con el que la vida se burló de estos
autores, es que el franquismo los amansó con gabelas tales como la dirección de
periódicos que nadie leía, como el caso de Santa Marina, quien fungía de
procurador en Cortes y a ratos perdidos escribía en el periódico Solidaridad Nacional, de Barcelona. Sin
olvidar a Ernesto Giménez Caballero, “Gecé”, quien se pasó catorce años como
embajador de España en Paraguay cuando nadie sabía qué hacer con él aquí.

En
efecto, rindieron culto a la chulería, a la camaradería desaforada, a la
amistad como valor de suprema masculinidad, pero al final –y como vio con
melancólica ironía Agustín de Foxá,
o con hiriente contrición Dionisio
Ridruejo
– estaban solos, orgullosa y olvidadamente solos. Hora es ya de
hacerles una visita, aunque sea de mera cortesía.

FERNANDO PRIETO ARELLANO

Periodista de la Agencia EFE y
profesor asociado de Periodismo Internacional de la Universidad Carlos III
de Madrid
. Especialista en Oriente Medio es autor de diversos 
trabajos de investigación históricos sobre la prensa de los partidos políticos y grupos de 
extrema derecha españoles durante la República.