FERNANDO
CASTILLO
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No se si ha
debatido lo suficiente si la geografía es una ciencia exacta o de aproximación,
pero lo que parece evidente es que la distancia física es algo elástico y que
el tiempo y la historia contribuyen a demostrarlo. 

Aparentemente, las Islas
Britanicas están más cerca del continente europeo que del americano, algo
indiscutible si lo consideramos desde la geografía, pero no tanto si atenemos a
la realidad de una sociedad que desde el final de la 2ª Guerra Mundial no deja
de mirar, después de a si mismo, al continente americano. Los apenas 33
kilómetros que separan a Dover de Calais se han agrandado en el último siglo a
causa tanto de la creciente y decisiva presencia de de los Estados Unidos en
los acontecimientos europeos, como a la perdida de personalidad del Reino
Unido, agostado en una autarquía histórica y cultural de la que ha salido
contadas veces en la última centuria, y estoy pensando sobre todo en los
brillantes años sesenta.

Desde  principios 
el final de las guerras napoleónicas, el Reino Unido, con la mirada
puesta en el imperio, no ha hecho más que distanciarse de las costas de
Normandia, atento solo a que no surgiera en el continente ninguna hegemonía
capaz de competir con la de Britania.  Lo
ocurrido en el siglo XX ha revelado a los Estados Unidos como verdaderos
salvadores de un Reino Unido que no hubiera salido de las dos guerras mundiales
con el orgullo que despliegan en los aniversarios que tanto deben a  los chicos de más allá del Atlántico caídos
primero en Argonne y luego, décadas más tarde, en Omaha, a quienes los europeos
les debemos tanto. Aun más esencial para el gobierno británico fue la
intervención de  los Estados Unidos en
aquellos lugares del Mediterráneo como Grecia o Irán y donde, en plena Guerra
Fría, el Reino Unido fue incapaz de mantener sus intereses y los de sus
aliados, pidiendo ayuda a los “primos norteamericanos” que desplegaron la VI
Flota en el Mare Nostrum para suplir
a las fuerzas del Reino Unido. Luego, por si la impotencia desplegada en la
guerra civil griega no fuera suficiente, llegó el inmenso ridículo que supuso
la intervención en Suéz, donde arrastraron a una Francia que no encontraba su
lugar.
Ahora
asistimos a un nuevo triunfo británico con la gran, grandísima, victoria del Brexit en el referendum  que ha situado al Reino Unido fuera de la
Unión Europea, una organización supranacional a la que pertenecía. Un
éxito  celebrado por sus partidarios, los
nacionalistas seguidores del UKIP,  con
un entusiasmo que recuerdan al desplegado por los triunfos de Waterloo o Trafalgar, y cuya relevancia la pone de relieve  sus partidarios, pues tiene como costaleros
más señalados a Marine Le Pen, al
húngaro Victor Orban, otro paladín
del europeismo y de la democracia, o a ese modelo de fino estadista y moderno
Pericles que es Donald Trump. Y es
que hay apoyos que acaban marcando para siempre. Una pérdida para Europa, sin
duda, la salida del Reino Unido de la Unión Europea con el triunfo del Brexit,
un país del que procede la esencia del continente como es el parlamentarismo y
los orígenes de la Ilustración. Una perdida, si, pero también  un triste favor el que de nuevo ha hecho el
Reino Unido al proceso unificador del continente al lastrar el camino defendido
por Francia y Alemania en un momento de dificultades económicas y de crisis de
identidad de la Unión Europea. De nuevo, palos en la rueda a la pluralidad de
proceso de unión política desde Londres.

Sin embargo,
quizás también el Brexit sea una ocasión para poner las cosas en su sitio. Los
británicos han sido unos  socios
reticentes desde sus comienzos hacia todo lo que significaba el fortalecimiento
de la identidad europea, fuera hacia una posible Alemania unida -es famosa la
frase de Margaret Thatcher en 1989 en la que decía que le gustaba tanto a Alemania
que prefería dos- o hacia los proyectos que avanzaban hacia la unión efectiva
del continente. Antes incluso habían promovido una alternativa a la Comunidad
Económico Europea impulsando la EFTA, la Asociación Europea de Libre Cambio, a
la que se sumaron a unos cuantos países de escaso peso economico, político e
histórico en el  continente, en un
ejercicio del divide y vencerás. Todo por no hablar de la reticente política de
Londres hacia la creación de un Ejército europeo en el seno de la Union Europea
Occidental, prefiriendo siempre el vinculo transatlántico que representa la
OTAN.
En
consecuencia, desde su tardía y reticente incorporación al proyecto europeo,
los gobiernos de Londres no han dejado de reclamar un trato distinto y más
favorable del que disfrutan el resto de los socios, una actitud poco elegante
esta exigencia de privilegios que choca con el mito de lo considerado british,
algo  que ahora y por mor del
UKIP, suena a casticismo de zarzuela anglosajona. Todo ello, proclamado desde
lo que a veces parece un orgullo trasnochado y una soberbia nacionalista que
está reñida con el proyecto comunitario europeo y con las iniciativas que
implicasen contemplar una relación común en profundidad, es decir, una relación
política.
No ha sido
el Brexit más que la culminación de una distancia de Europa, tan teatral como
afectada, basada en sentimientos que en Europa se contemplan con reticencia
como el nacionalismo y el populismo. Triste papel el jugado ahora por los
vencedores de Napoleón y de las tiranías continentales, el de los creadores de
la sociedad liberal y el parlamentarismo, pues han destapado todas las
posibilidaes, las peores, para la Unión Europea, pero también la de la
aparición de una Europa más unida que, sin haberse movido el continente, limite
con los Estados Unidos a 33 kilómetros de Calais o con un Reino Unido reducido
a Inglaterra y Gales, eso si, lejos de la Unión Europea.

                                                                                                                       

Fernando Castillo (1953) es licenciado en Ciencias Políticas y
Ciencias de la Información. Ha comisariado exposiciones de pintura y fotografía
y colabora en diversas revistas culturales. Entre otros libros ha publicado: Capital
aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad del 98 a la
postguerra
(Madrid, Polifemo, 2010); Madrid y el arte nuevo.
Vanguardia y arquitectura 1925-1936
(La Libreria 2011); Tintín
Hergé, una vida del siglo XX
(Fórcola 2011); Noche y Niebla en el París
ocupado. Traficantes, espías y mercado negro
(Fórcola 2012); Un
torneo interminable. La guerra en Castilla en el siglo XV
(Sílex, 2014)
y París-Modiano.
De la ocupación a Mayo del 68
(Fórcola, 2015)