LUIS
DE LEÓN BARGA


Tras leer el magnífico prólogo de
Ignacio Peyró a las Crónicas de la
Primera Guerra Mundial
, de Rudyard Kipling, editadas por Fórcola y traducidas por Amelia Pérez de Villar, y en el
que se menciona la enorme presencia de la literatura en la Primera Guerra
Mundial, ya que fueron innumerables los escritores y poetas que hablaron de sus
vivencias en las trincheras, pensé en las diferencias entre los testimonios
literarios escritos durante la Primera y la Segunda Guerra
Mundial. 

Kipling fue, junto a muchos
más, uno de los pioneros de esta colaboración entre las armas y las letras, y
en la que perdió a un hijo que podía haberse no enrolado debido a su miopía, que duda cabe que la implicación bélica de los escritores se amplió
considerablemente durante la Guerra Civil española y llegó a su cénit en la
Segunda Guerra Mundial. 

En este último conflicto a los motivos nacionales se sumaron los
ideológicos, aunque tampoco fue ajeno a todo ello la
creciente “espectacularidad” de la guerra gracias al desarrollo de los nuevos
medios de comunicación, como el cine, que exigió un buen número de guionistas.

Si se comparan las novelas de la
Primera Guerra Mundial con los de la Segunda, una de las diferencias es que los
horrores de la guerra aparecen engrandecidos aún más, como es fácil comprobar
leyendo Sin novedad en el frente de
Erich María Remarque y Los desnudos y los
muertos
de Norman Mailer, por poner un ejemplo.

Podemos argüir que en ello
influyen también los nuevos armamentos, pues si en la Primera Guerra Mundial aparecieron la aviación,
los tanques, gases, lanzallamas… en la Segunda el poder de destrucción alcanzó cotas
inimaginables que permitieron un nuevo escenario narrativo y cinematográfico.

Pero la gran diferencia entre los
testimonios de los escritores de la Primera Guerra Mundial y los de la segunda,
es que los que formaban parte del bando vencedor al finalizar la misma estaban
desilusionados y como apunta Peyró en su prólogo refiriéndose a Kipling, “el
magno propagandista encontraría, al final, muy escasas certezas a las que
asirse”, un fenómeno generalizado entre los literatos que escribieron sobre aquel
conflicto.

En cambio, en la segunda Guerra
Mundial, debido al carácter ideológico del conflicto y haber vencido al
nazismo, los escritores que escribieron sobre ella lo vieron como una  causa noble que les hacía sentir, mas allá
de las penalidades sufridas y los muertos, la utilidad de su sacrificio, aparte de vencedores
y en la vanguardia de cierto renacimiento.

Y es que  la guerra si no es por una causa noble o
necesaria, arrastra consigo la condena para quienes participan en ella, como se
vio en las guerras siguientes del siglo pasado, pues la sensación de vacío
o de fracaso vital es ineludible cuando se comprende  que  se
puede morir en vano.