ENRIQUE
LÓPEZ VIEJO


La Navidad es alegre y festiva, semanas
entrañables, proclives a la bondad y los afectos. Días de memorias y
encuentros, anhelantes y generosos en el amor y el cariño. Todos queremos lo
mejor en estos momentos del año. Dulce Navidad.


¿A quién invocamos más en nuestros deseos e
ilusiones? ¿Es al niño Dios? ¿Al Belén? No. No lo dudemos, querido lector. Por
encima del resto de los panteones, es a Santa Claus, a Papá Noel.
Es el Niño Jesús, el niño Dios nacido en Belén, el primero y más
importante protagonista estos días, pero es el santo Nicolás, originario
de Anatolia, el angelón más invocado. El más venerado, masivamente querido. San
Nicolás, desde muy antiguo, está omnipresente en la Navidad como estrella
principal por encima del divino meteoro, el cometa que dirigiese a los Reyes
Magos de Oriente, monarcas cuya popularidad decrece ante el incontestable
barbado vestido de rojo, que ahora llamamos Santa Claus, Santa, Papá Noel,
fabuloso cosmopolita.

Un verdadero figura, figurón algo obeso, aunque
ello no le incapacita para ser modelo de estupendas señoritas que gustan
disfrazarse vestidas como el santo, y de jovencitos de torsos fibrosos recién
afeitados. ¿Cuántas se creerán Santa Claus estas navidades? ¿Cuántos saraos y
camas verán disfrazados a chicos y chicas del querido santo orondo, con su
alegría en el rostro y una botella de champagne en la mano? ¿Cuántos brincarán
con el placer de sentirse como Papa Noel? Qué suerte tiene Santa Claus.

Qué suerte tienes, Santa. Claro que te lo mereces
por lo espléndido que has sido desde tus inicios en este mundo y para la
Eternidad. No es que seas famoso y popular, es que eres adorado. Nadie tiene
una imagen de marca como la tuya. Lo tuyo es mucho. Mucho. Durante una buena
temporada del año, en todos los siglos que han pasado desde que viviste, todo
el mundo te quiere, te invoca. Después de Jesucristo tendrás una de las
mejores imágenes de la Historia. Me olvido de Lao Tsé, Buda o el
mejor Mahoma, por supuesto de Elvis y Marilyn.
Cuantitativamente, en términos cristianos, pocos como tú. Santo superestrella,
trasciendes al Mundo Cristiano. Estás en todos los mercados. Eres el santo más
grande, uno de los héroes más simpáticos de la Humanidad. Ahí es nada. Yo
también te invoco, te venero… santo, santo, ¡santo!

Eres el regalo, la generosidad, el deseo. En el
mejor momento del año, en el que las familias se encuentran y se entregan
“obsequisosos”, cuando todo el mundo dice quererse muchísimo. Ahí estás tú, más
presente que ninguno, testigo de todo. Obligado a cargar con cartas y regalos,
y con todo el lío postal del mundo mundial, en todo el Orbe, con un control
internacional del Mundo del Regalo. Algo fabuloso. Porque yo creo que los
chinos y los budistas y demás, también te invocan o están a punto de ello. Veo
anuncios con chinitas vestidas con tus ropajes y unas sonrisas estupendas; tu
sombra hasta en las mismas selvas de Java. Ahora, en estas fechas, a cada paso
en la ciudad, en los escaparates, en las pantallas, en los anversos de las
etiquetas.

El más simpático, el más sonriente, el más
cachondo; muchas veces, todo un picarón. Un santo vacilón, guasón. Con los
niños y con los mayores, con los renos por los cielos. Cuando desciendes, en
todo hogar eres bien recibido. Convidado y celebrado, te plantan un árbol cada
año. En Nueva Inglaterra hasta se vuelven locos preparándote la casa,
iluminándola, para acogerte. Qué suerte tienes, Santa Claus. Eres el más
grande.

Todo te salió bien desde que te concibieron.
Lo tuviste como dios, si no mejor. Porque Jesús, hijo de Dios, y siéndolo él
mismo, tuvo la vida que tuvo, y un montón de líos por resolver; encima, la
muerte que le dieron, por más que resucitase como resucitó. Pero tú, Nicolás,
naciste rico, guapo y encantador, y no tuviste el ajetreo del de Galilea. Lo
tuviste mucho más fácil y la compensación que has tenido ha sido superlativa.
Divertido y dadivoso, eres el mejor. (Acuérdate de todo lo que te digo, pongo a
mis lectores por testigos.)
  
Nicolás, tierno y candoroso, nació en una familia
filántropa (tanto que murieron ayudando a los enfermos contagiados por la
peste), en las costa Licia de la Anatolia bajo el romano Imperio. En la ciudad
de Patara, en el año 280 de nuestra era. Un Mediterráneo paradisíaco.
Muy joven, el heredero mostró una generosidad sin límites y se puso hacer
milagros como un loco. Un loco encantador que, huérfano y con dinero, realizó
un peregrinaje a Tierra Santa y a Egipto, estaciones obligatorias
del Gran Tour de su época. Libre y con la disposición de una estupenda dote,
con buenos contactos con el clero por la influencia de un tío obispo, obtuvo
los mejores avales y conocimientos de los asuntos que le tocó vivir. La mejor
educación. Lo tuvo bien.
Tras su periplo en el Medio Oriente, volvió a sus
tierras Licias, con la feliz coincidencia de llegar a la ciudad de Myra,
donde el clero local por “iluminación” y efecto personal del bello Nicolás, lo
eligió por aclamación mandamás de la escena religiosa local. Un joven prelado
que, de alegre muchacho dilapidador de lo que Dios le había dado -como le
gustaba decir-, pasó a convertirse en autoridad en zona de conflicto, pues
acechaba la herejía Arriana. Con veintipocos años se tuvo que enfrentar con un
problema político y religioso de cierta dificultad. La solución que encontró
nuestro héroe fue incontestable: ponerse hacer milagros y hacerlos de tres en
tres.
Nació de pie. Nada más salir del vientre materno,
el futuro santo estuvo tres horas erguido con las manitas extendidas, según los
testigos del parto, invocando a la Santísima Trinidad. Nada menos. Parece que
muy pronto tomó la decisión de hacer las cosas de tres en tres, así se
multiplicaría su fama hasta alcanzar el trasiego internacional que siglos
después tiene. Hablemos de ello porque la cosa es desorbitada. Contaré un poco
su historia.
El que fuera joven heredero y luego obispo Nicolás
vivió bajo el dominio del Imperio Romano, cuando moría Diocleciano,
terror de los cristianos, y era sustituido por Constantino el Grande,
que los toleró y se convirtió a la Fe de Jesucristo. Nicolás no tenía mayor
problema, influyente como ninguno por haber nacido en familia patricia, su
carácter de líder le llevó a no relegar de su posición y afrontar sus
responsabilidades. Combatió a los arrianos que negaban que Jesús, hijo de Dios,
fuera también Dios (hijo sí, pero dios no). Nicolás había nacido invocando a la
Santísima Trinidad y se sentía juramentado con tal Misterio. Defendió su diócesis
de Myra del acoso hereje y solidificó el cristianismo en su región. Su labor
como santo milagrero trascendió rápido a todos los solares de su época, con una
desmedida expansión poco más tarde.
Tuvo que lidiar con el emperador Licinio,
quien controlaba el oriente del Imperio frente al finalmente triunfante
Constantino. Licinio persiguió a Nicolás, lo encarceló y debió martirizar un
poco, no mucho, pues nuestro protagonista, con fantasmal presencia, convenció a
Constantino allá en su ciudad, Constantinopla, futura Estambul, en una
tenebrosa entrevista reivindicando a tres militares injustamente ajusticiados,
para que acabase con el pérfido Licinio, competidor enemigo de
cristianos. Constantino rehabilitó a nuestro santo; tomó preso a su rival
Licinio tras la batalla de Adrianópolis, y lo ejecutó, como se estilaba
entonces. Tras todo ello, elevó un templo a su amigo obispo de Myra, nuestro
futuro Santa Claus. El obispo Nicolás había puesto las cosas en su sitio.
  
Antes de ser obispo, ya había hecho milagros. En el
primero entregó mágicamente tres monedas de oro al padre de una joven para
liberarla del fracaso de un matrimonio cuya dote ya estaba comprometida. Tras
el éxito de esta operación, ensayó nuevos milagros que obtuvieron gran éxito de
crítica y público. Tres doncellas a las que su padre estaba dispuesto a
prostituir, fueron liberadas con más monedas pícaramente introducidas en las
medias y calcetines de las beldades. Libres de su cruel destino, informaron de
las bondades del galante donante que adquirió fama de espléndido como ninguno.
Continúo con sus trilogías milagrosas. Tres niños
acuchillados fueron sanados sin que quedara mácula de sus heridas. Les devolvió
la vida, la alegría y el aspecto. A sabiendas de que tres militares reos eran
falsamente inculpados, denunció a políticos y jueces, y a los decapitados
volvió a ponerles la cabeza en sus hombros tras informar, como hemos dicho, en
espíritu a Constantino, emperador bizantino.
Dicen que participó en el principal Concilio
de Nicea
, el primer Concilio General Internacional del año 325, en el que
se condenó definitivamente la herejía arriana, (aunque no aparece en la lista
de trescientos obispos que sabemos se reunieron), y que su labor en pro de la
tolerancia del cristianismo por parte de los romanos emperadores fue
fundamental. Tanta autoridad tenía.
Murió de viejo en el 345, y desde ese mismo
momento se convirtió en el mito y sueño de niños y jóvenes doncellas, de
muchos. En distintos temporales se presentó sobre las olas librando a las naves
del seguro naufragio. Le hicieron patrón de los marineros. A un caballero
cruzado lorenés, Concon de Réchecourt, atrapado por los moros, apenas
invocó su nombre, lo recogió raudo del cadalso y lo llevó teletransportado a su
región, pasando a ser patrón de la Lorena, en el corazón de Europa y ponerse de
moda entre las elites cristianas. En vida del santo, su veneración se extendió
por todo el Egeo y el Adriático, desde Bizancio llegó a Bulgaria y a Rusia,
donde zares y siervos acogieron su advocación hasta convertirlo en uno de sus
grandes patronos. Veinticinco iglesias en Moscú, otras tantas en
Constantinopla, miles en todo el mundo. Importantísimo San Nicolás.
Con el tránsito de milenio se llevaron sus
reliquias a Bari, en la costa adriática italiana, liberándolas del yugo
musulmán del Imperio Otomano y guardándolas en una fúnebre vitrina expuesta.
Desde entonces pasa a ser Nicolás de Bari. Ya lo tenemos en nuestro
Occidente para que pronto teutones y neerlandeses se lo adscribiesen haciéndole
honorable en todas las germanías. Fue el emperador Otto II del Sacro Imperio
Romano Germánico, bajo la influencia de su mujer griega, quien le dio embajada
de honor en esos vastos lares, pasando a ser Claus en vez de Nicolás. A partir
del siglo X, su expansión fue tremenda. Lo hicieron patrono de extensos
territorios y de muchos oficios, Nicolás se convierte en ciudadano de varios
reinos que le otorgan nacimiento y ciudadanía. En distintas geografías eran
muchas las deidades y duendes locales a los que se invocaba en el solsticio de
invierno, implorando su ayuda y caridad ante las dificultades propias de la
dura estación. Pero Santa Claus, con su simpatía, fue haciéndose el
protagonista imprescindible, suplantando a todos los santos, paganos o no (estableciendo
una suerte de monopolio sin ánimo de lucro, pero generando un fabuloso volumen
de facturación).
Con los holandeses, siendo el mejor timonel, navegó
a nueva Ámsterdam, a fundar Nueva York, la ciudad de las ciudades. A
mediados del segundo milenio, le habían de dar las llaves de todas las grandes
capitales del mundo. Su éxito se multiplicaba. En América tuvo un fabuloso eco,
en la línea de la dimensión que aquellas tierras tienen, y en el momento
fundacional que vivían. Con los emigrantes centroeuropeos en el Nuevo Mundo, su
veneración culminó, y en zonas de tanta escasez, la imagen del santo fraguó
como ninguna. Fraguó y licuó. La más famosa de las gaseosas, la Coca-Cola, lo
hizo icono comercial propio para la felicitación de las fiestas de Navidad y
aquello fue un éxito multiplural, multinacional y multitodo. La imagen del
santo creció exponencialmente hasta un grado que no comentamos en un artículo
con cierta índole espiritual, como es este a su manera.

 

Primero fueron Washington Irving, un tal Clement
C. Moore
y Frank Baum, durante el siglo XIX, los autores que con sus
escritos transformaron la imagen histórica del santo, retrato que culminaron
los pintores Thomas Nast y Habdom Sundblom, siendo este último el
que renovase su imagen para la Coca-Cola.
Como santo cosmopolita tuvo su “ida y vuelta”,
regresando con más fuerza y fama a Europa, a la Inglaterra Imperial, a las
unificadas Italia y Alemania, a la France, a todo el Austro-Húngaro
Imperio. Los pueblos nórdicos lo recibieron entusiastas, y favorecieron se
instalase a su mayor comodidad y en el estilo que ello viven. Adiós a las ropa
talar y a su look de prelado severo y elegantón. Adiós al báculo
pastoral, a la mitra y a la cruz pectoral.
Como obispo mitrado fue ampliamente representado
por los mejores artistas en todos los estilos, pero los tiempos modernos
transformaron su imagen vistiéndolo de rojo, con gran cinturón blanco, con
botas negras, holgado, provisto de una gran bolsa para tanto obsequio al que se
ve comprometido siempre. Caliente, cómodo y confortable, una indumentaria muy
sufrida y alegre… tan alegre que, respecto a sus representaciones femeninas,
remito al lector al universo de las pin ups o, actualmente, a los
maravillosos estilos women secrets.
¿Hay una estampa más bella de la Navidad que la
figura de una jovencita disfrazada de Papá Noel, colocando una bola de cristal
en el Árbol, subida en sus taconcitos, encaramada a un paquete enlazado? Con su
falda ajustada, su gorrita roja con borla blanca, su rostro volviéndose
mientras nos guiña un ojo. ¿Hay algo realmente más divino y candoroso? La
Navidad tiene estas cosas.
San Nicolás ha tenido un fantástico éxito,
muy superior al de los demás santos por muy apostólicos que fueran. No tuvo
tantas dificultades como otros: martirios, persecuciones, catacumbas. Tras su
periplo histórico, por convención internacional, se le concedió como morada el
celestial Polo Norte, a un escalón por debajo de los cielos, oficializando su
residencia en la amable Laponia, en Rovaniemi, desde donde
organiza sus actividades no exentas de complejidad por más que su red, su
posición en todos los mercados, es absoluta.
En el Círculo Polar, Papá Noel está como Dios, por
encima de todos, bien fresquito y conservado. Con sus duendes, con sus
glotonerías y risas, con las fantasías que todo el mundo le traslada. Diez
meses de asueto y, luego, el agitado adviento en el que trajina con sus renos
de preciosos nombres: Brillante, Centella, Cupido, Rodolfo,
el viejo guía de ellos.
Desenfadado y seguro de sí mismo con tal
encantadora labor, sin tener que afeitarse, sin seguir dieta, siempre contento
y feliz, siendo su presencia anhelada por todos. La suerte que tiene de meterse
en tu vida para dar, nunca para pedir. Un santo que no te habla de resignación,
designios y mortificaciones, del pecado original, del venial, o del mortal,
sino del regalo que quieres. No me digan ustedes.
Se le permite todo. Hasta su extenuante
omnipresencia en estas fechas se perdona. Su invocación supone ansiar el
prodigio de su presencia con sus presentes -valga toda la redundancia del
asunto-, valgan las cosas lo que cuesten, se esté donde quiera que se esté.
Tanto se espera oro como un mágico incienso, un perfume, una pantalla táctil,
que unos labios traigan un beso o un bombón de licor de cerezas. Los niños con
su candor, ahítos de felices deseos, lo sueñan. Es un personaje al que
esperamos ver sobre los tejados, en las chimeneas, deslizándose entre las nubes
con su trineo y sus renos, con un bolsón prodigioso con el que -ubicuo y
generoso- sólo te dirá su amable Ho Ho Ho, y un Felices Fiestas en todos
los idiomas.
Nosotros, Santa, te celebramos sin
importarnos tu insistencia. Lectores con nocturnidad, alevosos emocionados, te
esperamos a pie de árbol, en la butaca tras el balcón. Con nevada tras los
cristales, o sin ella, te recibiremos con una copa en la mano, esperando te
acompañen duendes y doncellas dispuestos a divertirse con nosotros, a ayudarnos
a abrir los paquetes que nos traigas. Por ilusión, fantasía o necesidad -que
también-, te imploramos nos tengas en tu generosa memoria.
Felices fiestas, querido Santa, felices a
todos. Santa Claus, en vos confiamos. El niño Jesús puede que ande muy liado y
le esperan años muy duros. A ti, por lo que venimos observando los últimos
siglos, que tienes un ánimo tan festivo, todo te da un poco igual, y ello, en
estos tiempos tan relativos, resulta –sinceramente- sensacional. Ho,
Ho, Ho.

Enrique López Viejo (Valladolid,
1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y
Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago
seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice
Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa
fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).