Una obertura y una pavana. Empieza la noche tras la ventana iluminada por una luna pálida entre nubes muy altas, tras los cristales empañados en un gris vaporoso.
Clock, sale el corcho disparado, el champán se derrama y exhibe su fulgor. Las doradas burbujas emergen felices y contentas, saltan para verterse en las dos copas que tenemos en la mesilla junto a la lámpara, preciosa lamparita que soportan tres querubes de porcelana, de cabellos dorados como el vino con el que brindamos. Es el Año Nuevo, hay que celebrarlo. Nos tenemos que decir: ¡Feliz año! Feliz vida nueva. O feliz buena vida. O los buenos deseos de una vida buena.
Precedió a esta última noche del año el desvelo propio de un día siempre especial, el último del año. La tarde de invierno se resolvió con un crepúsculo rápido que trajo una luna blanca en su cuarto creciente, una luna en medio de una bellísima oscuridad. Solos, en una cama blanca, de sábanas blancas, de edredón blanco y una manta de visón por encima de este. ¿Frío? Cero aún bajo cero. El silencio previo del ocaso trajo una intensa ventisca que atenuamos con las melodías y bailes de una preciosa suite barroca.

En tal día, tal fecha, una posibilidad siempre sería tratar de congelar el tiempo, que no fueran ni la última noche del año, ni tras el amanecer helado, el nuevo Año Nuevo, que el tic tac es el mismo en cualquiera de los casos. Que la noche última y el año entrante pasasen sin pena ni gloria. No sería detener el tiempo, pero, al menos, sería como que no pasaran los años.

O no. O mejor hacer lo común y felicitarnos por el paso del tiempo, aun siendo amargo y difícil, y la continuación de nuestras existencias con las ilusiones y esperanzas a los que la tradición y el ambiente invitan en tal fecha, en tal noche.
Recomendamos lo segundo, un tránsito inaugural bajo las sábanas y el visón, con la luz de la luna y el dorado champán. Nosotros, alegres y contentos, nos dispusimos a celebrar.
A brindar por el Año Nuevo escuchando unos violines danzantes en el aire y en los oídos, con las miradas en la ventana, en nuestros cuerpos, en el techo y en la almohada. Escuchando las revueltas de un rondó, contemplando el fucsia del último cielo antes de la oscuridad nocturna, esperando para disfrutar de una giga saltarina  cuando lleguen las campanadas. Preferimos la suite dieciochesca al tumulto de la televisión que, al fondo de la habitación, permanece muda aun brindando festiva desde distintos puntos del globo.
El dorado champán y un minueto nos animó, una zarabanda luego. Nuestros labios se besan, nuestras miradas se cierran con la sonrisa cómplice, la frente, el alma, el pensamiento… enamorados. Hay que estar locamente enamorados para gozar en su medida de los tiempos y compases de un sensual musical barroco.
Bajo las sábanas el amor sin pudor, el calor de los cuerpos, el sopor del placer. Pasión, éxtasis y gloria. Que no acabe el placer, que no se acabe nunca en una noche tan larga como es la de Año Nuevo. Llegan la alemanda y el paspié, violines y violones, cellos y flautas. Más champán, más. Más amor.
Deseos de un feliz nuevo año. Deseos de felicidad compartida. ¿La propia? La felicidad del amor, la felicidad del placer. Los deseos satisfechos. Un plan burbujeante es un buen plan, acabar el año alegres y con las mejores intenciones. ¿No es lo mejor? ¿Para qué la tristeza, la melancolía de la nostalgia o los escepticismos?
A todos, a casi todos, os deseo una feliz salida y entrada de año. Felices ilusiones y esperanzas para todos vosotros, ilustres lectores de LIBROS, NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍAl menos, ser dorado champaña. De cualquiera que sea la manera que paséis la noche última de este año, os deseo lo mejor. Seamos optimistas. Suena bien dos mil quince.