Charles-Joseph de Ligne 1735-1814

¿A quién no le viene bien la muerte, como anillo al dedo? Conviene a todo el mundo(…)

Decía, escribía el príncipe de Ligne, dieciochesco aristócrata belga, militar, bon vivant y fino escritor, observando un pensamiento fúnebre que no le era propio, pues era hombre alegre y con un sentido muy positivo de la existencia, envuelto, como estuvo en muy distintos affaires políticos, galantes e intelectuales. Goethe dijo de él que le parecía el hombre más feliz de su siglo.



El príncipe de Ligne fue un personaje anterior. Como militar participó en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), que se iniciase por la reclamación de una región, Silesia, y acabase siendo una verdadera guerra internacional en distintos continentes. Tuvo línea directa con la emperatriz María Teresa  de Austria, y con su hijo José I. Luchó contra los otomanos, y viajó lo suyo por Eurasia. Soportó la Revolución Francesa como pudo, sufriendo mucho menos que lo haría Chateaubriand, François-René, otro de nuestros favoritos en estas galerías. Ligne murió con la Restauración, tras el Congreso de Viena en el que participase, en 1814, habiendo vuelto cierta calma al solar europeo.
Este príncipe belga de espíritu francés, Charles-Joseph de Ligne, súbdito del Sacro Imperio Romano Germánico, entonces bajo el control austro-húngaro, fue un intelectual prominente que tuvo por amigos a Voltaire y a Rousseau (el sabio del analfabetismo como le llamó nuestro Julio Camba). También, y como otras figuras importantes de la época, estableció una preciosa amistad con la reina de las reinas, la emperatriz zarina Catalina la Grande, a la que –dicen- puso este calificativo. Y de remate, nuestro príncipe amable fue amigo de Giacomo Casanova, asunto difícil siempre, pues el trepidante veneciano fue pura controversia en sus relaciones.
La muerte de Chatterton. Henry Wallis (1856)
Iniciamos estos párrafos hablando de muerte, tema lúgubre que no corresponde bien al personaje que se presenta, tan activamente involucrado en su época, pero sus escritos suscitan esta graciosa controversia, con un interés que puede parecer frívolo, pero que es el que es. Para mí, muy serio.
Nos comenta lo obvio: que la muerte es una realidad siempre inmediata, un axioma, una gran verdad. Que pensar y hablar de ella resulta muy socorrido en los términos de los sentimientos y las emociones. La muerte, principal e inexorable, es la clave inevitable de nuestras vidas. Un final seguro, fundamental. No hay por qué tenerle miedo.
La muerte es un momento sombrío que debiera ser luminoso, que debiera serlo para muchos. Ligne acentúa este aspecto, el de su conveniencia. Escribe sobre lo mucho que puede gratificar la muerte a buena parte de los seres humanos. Apologiza sobre sus bondades y yo quiero compartir ahora esas virtudes de pensamiento, de pensar en ello y dejar sus recomendaciones por escrito con el grácil verbo que tenía.
Como no puede ser de otra manera, lo primero que se plantea es una reflexión muy manida. Que si eres creyente, te vas a un mundo mejor, tarde o temprano, y ello tendría que resultar encantador. Que es lo suyo. Lo propio. No entiendo la cobardía del hombre religioso, su temor. ¿Miedo a morir? Además de un consuelo, es una esperanza, una gran esperanza, puede ser una vida mejor. El famoso cielo que casi todas las religiones tienen.
Tenemos varias posibilidades. Creer o no creer, que tampoco es necesariamente la cuestión.
La muerte de Séneca. Manuel Domínguez Sánchez.
Si no eres creyente en vidas futuras, pues te resignas a la Nada, algo que tampoco está mal, que también está muy bien, te condenas al se acabó, polvo eres y en polvo te conviertes, sin mayor destino. Todo eso del Vacío Cuántico no puede estar mejor. Es la calma total y “te quita mucho peso de encima”.
Entre los reencarnados, los creyentes de esas cosmogonías orientales, quizá, con un poco de suerte y magia, puede que tengas felices vidas nuevas, te conviertas en capullo, luego crisálida y finalmente mariposa, en un lepidóptero de vida breve, en una orquídea o un alegre colibrí. Excelente. Si tienes ganas de vivir reencarnado mucho más, puedes hacerlo en tortuga, en elefante, en alerce, en secuoya si estás por la zona correspondiente.
En un alegato triste que, como se ha dicho, no le corresponde en su discurso vital y literario, el príncipe de Ligne hace su particular recuento de los beneficiados por la Parca. En su relación eutanásica, dice que las almas sensibles, dolidas por una pérdida romántica, esperan reunirse con la persona amada sin más dilación. Las insensibles, ¿para qué tener que vivir esta vida? Los felices… que lo serán aún más en los verdes campos del Edén. Los muy enfermos y muy pobres, quizá mejor que la vida sea breve si van a sufrir como sufren. A los muy graves sobre todo, a los extremadamente dolientes, para que se acaben sus sufrimientos. Vivir con extremo dolor es un horror. Lo sé. La pobreza es otra cuestión, esto no lo sé, pero la miseria lleva “eme” de muerte. Como “M, el Vampiro de Dusseldorf”, terrible film protagonizado por Peter Lorre, aquel personaje divino y miserable.
También merecen la muerte esos miserables, así como los malvados que los hay y muchos. Si hacen el mal de natural, mejor su inexistencia, su desaparición, una justicia real y verdadera. Como pisas a una hormiga, como matas a una mosca incómoda. (Vuelve Lorre, al lado de Sidney Greenstreet en “Casablanca”, matando moscas con la pala sobre la mesa del “Rick´s”).
El suicidio de la condesa. William Hoggarth
Escribe Ligne que la muerte también conviene a los sensatos, hastiados de ver tanto loco y a los virtuosos cansados de ver tan mala gente. A los justos que sufren viviendo injusticias, y a más, a los engañados y a los que engañan, a los hombres de guerra, a muchos y variados, al final, a todos. Los beneficios de la muerte son cuantiosos. Beneficios de la muerte, bien es cierto, que suponen el fin de tantos sufrimientos, y que habría que contemplarlos como una buena solución a los problemas sociales.
Más allá de la vida. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con quién? Seremos fantasmales con blancas túnicas, o celestiales como el candil iluminado por el rayo que dicen no cesa, un haz de luz eterno y candoroso. Si la vida resulta breve y rápida, pensemos lo que supone vagar toda la eternidad tranquilamente.
¿Qué hacer? ¿Serán los cielos inmensos salones y bibliotecas fabulosas? ¿Serán tan solo una sala de billar? ¿Un complejo ajedrez? ¿Serán ese mar de nubes altas entre el gran azul, las estrellas y el radiante universo? O la nada de nada cuántica. ¿El colibrí, el alerce? ¿Alguien la eludió? ¿Alguien evitó la muerte? ¿El Cristo resucitado? ¿El Buda? ¿Thor u Odín? No lo sé.   
  
La muerte es algo cercano, solución de nuestras vidas, conveniente más o menos, según los casos, según la entendamos. Charles Joseph de Ligne concluye sus reflexiones al respecto con una observación final, y es esta una de las mortuorias apreciaciones que más me interesa: que también la muerte puede seducir a los que están de vuelta de los placeres, que han saboreado la ingratitud, y que conocen demasiado bien a la especie humana como para apreciarla, a excepción de unas pocas criaturas privilegiadas.

Es morirse por desilusión, es la culminación del desencanto, es… me muero porque me aburro y estoy harto, el harto ya de estar harto, ya me cansé, muy común en la senectud o en realidades incómodas. Mejor, entonces, la Gracia mayúscula del posible Más Allá, con la excepción de si eres “criatura privilegiada”, o tienes la felicidad de estar con alguna de ellas, que son pocas. Si los ángeles te protegen, la vida se aguanta más fácilmente. (Yo, de momento, estoy conformado, un ángel me conforta.)

Pongo fin a estos pensamientos nada banales que me ha suscitado la lectura de los escritos de este príncipe valiente del que sus amigos decían tenía una cabeza que parecía un jardín chino de esos que juntan de todo lo que hay en la naturaleza y el arte ha inventado, grutas, minas, torrentes, praderas, montañas, templos…

La muerte de la princesa. Jean Françoise de Troy