Giovanni Battista Tiepolo. Alegoría de los planetas y los continentes

En el Cielo no sé exactamente con qué y con quién me voy a encontrar. Veremos. Tengo una idea de ello y concibo ciertos planes. Desconozco cómo estará organizado todo aquello, pero he de suponer que muy bien. (…)


Llevan años en ello, ya existía antes de la Creación, hace millones de años, de eternos eones, que es el término científico en esto de medir la Eternidad. Ante la perspectiva de mi llegada, espero que todo vaya bien. No tiene por qué ser de otra manera. Tienen que saber recibir como nadie, dar un trato inmejorable. En esta tarde nubosa, trato de pensar cómo será mi llegada al Edén, cómo estará el acceso, las presentaciones, las órdenes y disposiciones, que tiene que haberlas, el tipo de recibimiento que me harán. Quienes serán los primeros que salude. Todo eso. El ambiente lo imagino galáctico, cósmico. Sideral.

Supongo que primero procederé a la ascensión tras haber expirado consciente o inconsciente, que eso no sé cómo será por el momento. Sé que el cuerpo lo dejaré aquí en la Tierra, que en polvo se ha de convertir, y que subiré ligero de equipaje en espíritu, con alma, corazón y sin vida, con mis deseos y sueños, con el pertinente pasmo. Es pasmoso lo de morirse, pero glorioso lo de acceder directamente al Paraíso sin pasar por el Valle de Josafat para sufrir juicio alguno -que no pienso-, pues me parece un trámite penoso y tendría que esperar al Final de los Tiempos. No tengo paciencia, y tampoco esperaré al Apocalipsis y su follón. Y mucho menos pasar una temporada por el Purgatorio, que parecería prescriptivo para un tipo como yo, pero tengo muy claro que me escaquearé del agobio de la multitud allí reunida y expectante, cada cual purgándose penas y evaluando sus condenas. No tengo necesidad de pasar por él, no quiero, y voy sobrado de indulgencias, muchas de ellas plenarias. No tengo por qué penar nada y de nada me arrepiento. Además, en el Cielo me conocen y saben que conmigo no hay problema, que no les voy a causar dificultades de clase alguna, y que he sido buena gente. De hecho creo que llevan una temporada esperándome, aunque yo me he resistido: tenía algunas cosas que hacer en este mundo del que me despediré pronto. Cuando ascienda al reino celestial, no creo que tenga que llamar a sus puertas, estarán esperándome con ellas abiertas.

Earl Morán. Pin-ups, las tres gracias. 


La Santísima Trinidad y sus acólitos saben que estoy cansado de este Valle de Lágrimas, y se va colmada mi hartura del mundo, del demonio y la carne (de mi cuerpo enfermo, que no es que me haya hecho vegetariano). Decía Marie von Ebner-Eschenbach, austrohúngara escritora con un humor inteligente, que mucho peor es una enfermedad incurable que una terminal. Lo rubrico. Lo sé, he tenido mala suerte con la que me ha tocado. Aunque no puedo quejarme demasiado de mi vida en este mundo. Siendo un optimista y persona que se lo ha pasado muy bien, que no le han ido mal las cosas, afirmo sentencias tan clásicas como que la vida no es un camino de rosas. Por mucha suerte que tengas en todo, lo cierto es que te paren con dolor, la adolescencia suele ser horrorosa, mucho de la juventud es un desenfreno inútil y, a veces, angustioso; la madurez es relativa, con graves disgustos y sinsabores. La vejez no suele venir bien acompañada, se acentúan las servidumbres, no ofrece grandes esperanzas. En la vida humana siempre está presente la puñetera muerte y el maldito paso del tiempo con su inexorable y sicótico tictac. Es el gran hándicap, con la cantidad de cosas que hay que hacer, te tienes que someter a plazos, frenos y ritmos… las estaciones, los días, las horas, hasta los minutos te obligan. Ello me genera una desazón que me impide ser feliz del todo, como uno quisiera. Es tristísima la escasa esperanza de vida que tenemos los humanos, no te da tiempo a nada. A mí me interesa la Vida Eterna y lo que pretendo es ser absolutamente feliz, y creo que es en el Cielo donde mejor puedo serlo. Confío en ello.
El Paraíso se supone que es infinito. En un ambiente que todo se mide en distancias de años luz, y que todo es espacial y cósmico, vivir allí tiene que ser delicioso. Siendo sempiternos, como se dice, tendrán bien planteada la sostenibilidad de todo, de tan estratosférico espacio. La Galaxia. Constelaciones, nebulosas, soles, estrellas, cometas circulantes, planetas, satélites. Tiene que ser un espectáculo tremendo. Nubes divinas, soles tranquilos y amables, lunas románticas, millones de estrellas como velas al borde del camino, un flujo cósmico, disfrutando de un espacio infinito. Es todo el firmamento. ¿Agobio? Ninguno. El cielo es muy grande. Fabuloso. Melocotón, violeta, malva, fucsia, azules todos, y rosas, seguro. Así nos lo han mostrado durante siglos, con una belleza barroca y rococó exquisita, aunque puede que se haya actualizado mucho en estos tiempos modernos tan virtuales. Si el Cielo ya era virtual en esencia, ahora con las interferencias astronómicas, astrológicas y astrofísicas, con el tránsito galáctico que tenemos los terráqueos en la actualidad, el Paraíso rizará la virtualidad de lo virtual. (No pienso encontrarme con un ambiente “narco-zen” porque me daría algo, un síncope atómico. Las cosas como son: el cielo con nubes y querubes.)
A pesar de tan inmenso espacio, hay que suponer que el Cielo estará plagado de gente. Desde tan antiguo, tantas buenas personas que ha habido, tanto perdón y remisión de los pecados, propósitos de enmienda, tanta redención y penitencia, el tránsito con el Purgatorio, habrá llenado aquello de gente, gente, incluso, que no te quieres encontrar, los tontos de remate y peleles inevitables en todos los mundos. Pero quiero pensar que en aras de la Paz Celestial, lo tienen que tener todo bien estipulado para que reine la Concordia mayúscula. Tienen sobrada experiencia en acomodar excelentemente y evitar los litigios. Grandes anfitriones. Fijo. También habrá algunos malos que se habrán colado sobornando a serafines traidores, que los hay, y muchas malas, como es lo natural y celestial por otra parte. Bellas y perversas que, por sus artes, su influencia, o por ser verdaderos ángeles en la Tierra disfrazados de demonios, estarán allí prestas a saludarte y tomar un screwdriver contigo. ¿Por qué no?
Pero volvamos a la llegada tras la ascensión. ¿A quién encontraré? Por lo que imagino y he visto documentado, me recibirán media docena de putti soplando sus doradas trompas, angelillos encaramados en nubecillas que con sus brisas me introducirán tras los telones al Olimpo de los dioses, de los héroes y arcángeles. Supongo que me llevarán a los despachos de San Pedro, que es la mano derecha del dios que a mí me toca. El Cielo debe estar repartido en distintas áreas. Para los de Zeus y su inmensa banda grecorromana, ancianísimos todos; para los de Buda, Shiva, Krisna y los védicos, los infinitos aztecas y de por ahí, Ometeotl y Tonacacíhuatl, ¡qué sé yo! (Redundando, sabe Dios qué cantidad de dioses hay por allá.) Todos tendrán que tener su parcela cósmica, los que se reencarnan en vacas o en lechugas pacerán en los verdes campos del Edén. En la cósmica galaxia hay infinito espacio para todos, para que todo el mundo esté feliz y contento.
Así que bien San Pedro bien los santos que le cubran estas funciones serán quienes me darán la bienvenida formal y las indicaciones pertinentes. Dónde debo dirigirme, cual será mi ámbito. Entiendo que querrán saber cuáles son mis pretensiones, mi ideal de Vida Eterna. Quiero pensar que me consultarán sobre a quiénes quiero ver y a los que no. Pido tranquilidad. No voy a pedir mucho. Como lo he sido en la Tierra, seré austero. Mi solicitud será una biblioteca de libros divinos (como no puede ser de otra manera allá arriba), un poco de música celestial, una buena mesa, un diván y una cama turca. Una buena lámpara y una bergère Luis XV para pasar las tardes con un libro en la mano, un saloncito para las visitas, todo ello en una nubecilla malva o violeta. Les diré que mientras espero que mi mujer acabe sus días en la Tierra, me vayan presentando a algunas damas y otros protagonistas de la Historia que me apetece conocer, además de saludar a la familia, a mis abuelas y padres que murieron hace tiempo, y a los que tengo enormes ganas de ver, a mi querido hermano con nombre de dios, Jesús-Félix, a algunos amigos fallecidos.
Eso es. Solo quiero un rincón de lectura, unas tertulias y poder beber un poco, no tener servidumbres físicas, la ausencia de dolor. Siempre se nos ha dicho que en el Cielo no se sufría, que estabas en la Gloria y podías pasar la Vida Eterna la mar de contento, con amable diversión. La vida en este planeta nuestro ha sido un torbellino, todo ha ido demasiado rápido y, particularmente, me queda mucho por disfrutar, por conocer.
Jane Russell y Marilyn Monroe en “Los caballeros las prefieren rubias”


No sé si saludaré pronto a Dios. Estará muy liado. Tampoco quiero encontrármelo al principio, tendría que comentarle algunos respectos que me disgustan en el sistema terrícola, y evitaré provocar su animadversión a mi persona según me esté instalando. Él es todopoderoso y yo no, llego muy perjudicado como para que me haga una providencia y me envíe a una previa en el Purgatorio, del que ya he comentado mi fobia. Tiene que ser muy aburrido. Lo imagino tan tedioso como una exposición de arte abstracto, como el discurrir de un filósofo absurdo, como la música dodecafónica. Una granja para pollos. Sería una faena. Debo ser temeroso de Dios, es un consejo que siempre nos han dado.
Lo dicho, pasados los trámites entre santos y ángeles, saludar a mártires de interés, y ver la galería de los héroes y mitos de todos los tiempos que confío tengan expuesta, que me den “la comunión de los santos”, me encontraré con la familia y disfrutaremos del recuerdo y de las noticias que les lleve. Luego, a conocer gente que para eso hay un montón, a saludar a los divinos. En el Cielo tienes desde Lucy in the sky con diamantes, la australopiteca de Olduvay, a María Magdalena, que tiene que estar mayorcísima, o a Santa Teresa de Jesús, que vete a saber lo que te cuenta. A Cleopatra, que habrá purgado su suicidio, a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles, a la que rezo con cierta frecuencia, a muchas más. A todas las importantes.
Gene Tierney


No me pierdo conocer a Catalina la Grande, que sujétate los machos, a Marilyn Monroe, que nunca sabes si va estar bien o mal, pero que siempre está fenomenal. Ella me proveerá de benzodiacepinas para las primeras noches en las que seguro no podré dormir de los nervios. Quizás me ponga rápido en contacto con Billy Wilder y con el mayor de los Marx, Groucho, los más divertidos. Quiero hacerme con una buena tertulia y prefiero damas como la Pompadour, Lady Jane Digby, o guapas guapísimas como Jane Russell o Gene Tierney, a otras tan trágicas como Billie Holiday o la Piaf, por mucho respeto que les puedo tener. La Pompadour me presentará a Fragonard y a Quentin La Tour, con lo que me garantizo disfrutar de buena pintura en medio de las perspectivas galácticas que privan allí arriba. Pintores quiero conocer a Thomas Lawrence, a Singer Sargent y a Boldini, que me expliquen su éxtasis al retratar a las mujeres como lo hicieron, y en el caso de Giovanni Boldini, como pudo amar a tales y a tantas. A Ilya Repin, ruso que no puede gustarme más, a Alma-Tadema que con este nombre, y cómo pintó, estará omnipresente en aquellos lares. De igual manera, omnipotente y omnisciente, a Tiépolo: ningún cielo mejor que sus frescos.
¿A qué varones me gustaría encontrar los primeros días? Eludiré a muchos. Ya he soportado suficientes en la vida terrenal como para encontrarte con la tortura de tener que tratar con tantos hombres buenos como habrá en el Paraíso. Porque todos los dioses, exceptuando quizás a Alá, tienen la manga ancha y aceptan a demasiados en el Reino de los Cielos. En todo caso, también los musulmanes poseen su Walhalla, la Yana, paraíso con huríes muy colorido, y entre ellos, los ismaelitas con sus assessins, serán proveedores finos de su droga. De este ámbito celestial me conformo con las amigas turcas de Pierre Loti.
Francois Boucher. Madame de Pompadour

Lo que decía. No sé si pronto podré ver a algunos que me interesan. Precisamente, no sé si van a estar. Quisiera inclinarme ante William Thackeray, ver al Capitán Burton, sir Richard Francis, a Lawrence Durrell, que me explique cómo escribió su Cuarteto de Alejandría, qué tenía en su cabeza para crear esos personajes, a Truman Capote para que me lo cuente todo. Menudo Parnaso. No sé si voy a encontrarlos, puede que les tengan un poco ocultos. Pero seguro que sí a otros como Tolstoi, Proust o Carpentier; estos tendrán plaza fija, sus académicos sillones al lado izquierdo de Dios, pensando que en el derecho, a su diestra que dicen, estarán los coros celestiales dirigidos por Arcangelo Corelli, de nombre tan propio para llevar la batuta, con toda la familia Bach, ocupando la primera fila, con Haydn y Mozart, tan escatológico él. Con tantos. Imagino que Augusto el Fuerte, príncipe elector de Sajonia, rey de Polonia y Gran Duque de Lituania –nada menos-, monarca más divertido de la Historia, estará muy cerquita de Dios, de su trono, organizando estos affaires, que para eso fue mejor mecenas que ninguno. El Creador del Universo tiene que tener gente muy preparada a su alrededor. No creo que pase las tardes con personalidades menores que las de Miguel Ángel, Bernini, Cervantes, Shakespeare, Goethe o John Ford y Visconti, con otros primeros espadas, ya sin ellas, quizás tocando la lira o el arpa. Madame Récamier, la Du Deffand, o Ninon de Lenclos serán sus comadres vespertinas. No veo al Creador con otras.

Su hijo, Jesucristo, no me extrañaría que anduviese por aquí en la Tierra, pues se empieza a necesitar su Parusía, su regreso, que las circunstancias políticas y socioeconómicas del mundo le obliguen a él y a sus apóstoles a hacer campaña en breve, justo cuando yo esté llegando allí. Es por ello que quizá no me vea con San Pedro directamente al principio; quizá sean los arcángeles quienes me sellen la visa eterna.
Pienso, por otra parte, que antes de encontrarme con tanto dieciochesco y decimonónico, no serán una morena y una rubia mis ángeles de la guardia y me obnubilen con el opio que con tanta gracia deben repartir por allá. Además, llegar y pasearte con dos bellas señoritas provoca sus recelos. Buscaré a Johnny Cash, ghost rider in the sky, que sea él quien me ponga a tono y en órbita. Como es man in black, lo identificaré rápido en un ambiente tan algodonoso, tan de tules y muselinas. Estará provisto de las mejores anfetaminas, y será quien me conducirá por las vías lácteas, de una nube a otra, encontrándonos con aquellos a quienes quiero ir saludando, con los que pienso hacer pandilla.
Jacques Louis David. Madame Récamier

En fin, que ya me veo en el Cielo. Visitando a unos y a otros. Con las pastillas que me den Johnny y Marilyn, con el hachís de los ismaelitas, con los vodkitas que me tome con mis amigos eslavos leyendo sus novelas, con el champagne al que nunca renunciaré, y menos en tan celestial ambiente. Solo faltaba. No hay mejor éxtasis místico que disfrutar del burbujeante brillo dorado transluciendo el cuerpo de Raquel Welch (bueno, la Welch todavía está en este mundo, pero la puedo esperar). Ya me sitúo en el Cielo colocado. No tengo remedio. En relación con Morfeo, dios egeo que tiene gran influencia en la Gloria, ya he tratado lo suficiente con él los últimos malhadados tiempos, y quiero aprovechar la Eternidad en toda su Plenitud.
Concluyendo: como me queda muy poquito tiempo en esta Tierra, ya planeo estas cosas que les he contado, queridos lectores. Más o menos cómo va a ser mi llegada al Cielo, algunos con los que pienso trabar amistad y mi ilusión de Vida Eterna.
En un sms me envían un comentario que me ha hecho mucha gracia, muchísima. Es un genio el que se hizo esta pregunta que reproduzco sin saber a quién atribuir: ¿los vagos vamos al Cielo o nos vienen a buscar? Particularmente, me da igual, me voy encantado.
Buenas tardes. Para otro día dejo a los ángeles y serafines que vaya conociendo, gente muy singular. A tanto mártir como hay que reconocer y venerar, a tanto ilustre glorioso como me encontraré allá arriba. Ya, ya les contaré. Podré continuar eternamente.
Raquel Welch

Enrique López Viejo (Valladolid, 1958) es licenciado en Historia Antigua y Geografía por la Universidad de Valladolid. Cursó también estudios de Ciencias de la Información en Bellaterra (Barcelona) y ha ejercido como docente, profesión que abandonó para emprender negocios privados que le llevaron a Mallorca, donde reside. Es el autor de Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012).