El sonido del tic tac del reloj da inicio al cortometraje de Santiago Bou Grasso (…) 


-de seudónimo Opus Bou– llamado “El empleo”.
Desde el segundo número uno, se prevé que no habrá ni un atisbo de felicidad: los colores pasteles pintan una realidad solitaria; la hora (7:15 am) no es precisamente la más sonriente del día; el sonido de los zapatos, una monotonía agobiante y exasperante. ¿Es un corto divertido? No, no lo es (si tomamos los conceptos actuales de diversión: frenetismo, ruido, estridencia, alegría, violencia); no es tampoco un oasis (si tomamos los clásicos conceptos de oasis: un refrigerio para el alma, un descanso, satisfacción, calma); por el contrario, genera un malestar, una bronca contenida; la incomodidad propia de quien se ve plasmado en la obra, se sabe desnudo y descubierto, una obra que denuncia una época y nos denuncia a todos, señalándonos con el dedo, despojándonos de nuestra dignidad, lastrándonos un poco más el cuerpo.

Todos y cada uno de nosotros, habitantes de esta época dorada llamada Modernidad nos sabemos presas, ante todo, de un mecanismo rabioso. Nos sabemos esclavos y nos sabemos dominados. Nos sabemos usados y nos sentimos descartados. Pero aun así sonreímos, porque la lógica del sistema nos moldeó para ser igual a la matriz: nosotros también usamos y descartamos y rompemos y esclavizamos. Y en esos lapsos de simbiosis íntima, el sistema nos deja probar una esencia artificial, con colorantes y cerrada al vacío en un sachet de módico precio a la que le damos el nombre de felicidad.
El hombre que se levanta a esa hora, todavía dormido, puso stop a la fuerza al sueño que estaría soñando, o tal vez, automatizado como lo está, sus sueños casi de manera natural terminarían justo a horario con el primer sonido de la alarma: un sueño cronometrado donde las resoluciones se aceleran, donde los diálogos –se percibe- son forzados.
No hay música en el cortometraje, solo un ruido blanco constante, penetrante, de domingo por la tarde eterno. Solo que es día laborable y hay que salir a la calle. Pero los humores están vacíos de vitalidad, nadie tiene intenciones de salir de ese coma dominical.
Así como la angustia no espera para convertirse en atmósfera, tampoco lo hace la sorpresa. La lámpara que enciende en la penumbra de su habitación, es un hombre de camisa y corbata, parado con una tulipa en la cabeza. El espejo en el que mira su rostro carente de gestos al afeitarse está sostenido por otro hombre al que solo se le ven las manos y los codos. En el comedor la mesa y las sillas son personas; en la sala el perchero es una mujer; en la calle los taxis, los semáforos, las puertas son hombres.
En toda máquina, es necesario que los engranajes coincidan y se muevan ordenadamente con esa serenidad propia de sinfonía donde hasta el platillo del final ha sido ensayado miles de veces. El hombre que se levantó esa mañana a las 7:15 es el mismo que le sostiene el espejo y el mismo que le sostiene el saco y el portafolio. Todos están aceitados para pertenecer a la dinámica que no da respiro. Son un solo violín interpretando una balada en un funeral. Un réquiem para una consciencia todavía demasiado sensible. En este sentido hay un parangón evidente con otro cortometraje, en este caso “In the fall”, de Steve Cutts, donde el protagonista está ligado a su muerte desde el mismo comienzo, aunque al presentársele ante sus ojos los highlights de su vida, comprende que ha desperdiciado el tiempo, sentado detrás de un escritorio durante veinte años, produciendo para alguien más, dedicando toneladas de minutos, horas, días, meses, años a un sistema tan invisible como invisibles las cadenas que lo ligan a él. La diferencia entre ambos cortos es estrictamente técnica, es la velocidad con que se suceden los acontecimientos: mientras la primera pasea una cadencia agotadora, como de cumplimiento intolerable de una tarea no grata, la segunda gana en aceleración, la que inmanentemente contiene una caída. 
La modernidad predicó desde el principio el concepto de utilidad. Seremos valorados de acuerdo a si somos útiles o no para determinados intereses o para llevar a cabo eficazmente determinadas acciones.  No es casual que el ascensor sea elevado o descendido por un hombre con características de obeso, es decir, quien mejor podría desempeñar ese trabajo. O mejor aún, el hombre es el ascensor. Los hombres son objetos. Es cierto que el hombre como mercancía es una historia que data de miles de años: desde el relato bíblico de los esclavos israelitas en Egipto, hasta la Francia del siglo XVI y los Estados Unidos divididos de norte a sur por la abolición y la industria textil. Pero si algo ha logrado el sistema, casi con sigilo de cazador, es la aceptación popular de la esclavitud, un convenio tácito de convivencia mediado por la posibilidad de valerse de los servicios del otro.
Si relacionamos a la música y los colores vivos con la alegría, con la fiesta, con el disfrute, este corto hace prevalecer la idea de que no hay nada placentero ni nada que festejar; la miseria y el abatimiento son mensurables tanto en la superficie del mundo gris como en el ámbito del propio ser, que internaliza la languidez desde el paisaje que ofrece decepción tras decepción.
“El empleo” traza una línea perversa entre lo imperioso de usarnos y la poca o nula necesidad de comunicarnos (aunque la paradoja nos indica que los medios de comunicación y los artefactos están cada vez más presentes en nuestras vidas, comunicarnos no es conocernos). En el film no existen las relaciones humanas: las personas que comparten el ascensor no se dirigen la palabra ni la mirada, no hay intercambio social comunicativo entre el protagonista y el taxi (el hombre) que lo lleva al edificio donde trabaja ni en el resto de las interacciones, que se dan solo en el plano de la acción, del hacer, pero nunca del estar frente a otro, semejante, parecido, igual. Los rostros reflejan el cansancio de todos, como un bloque homogéneo, una masa que si comparte algo, es el sentido del cumplimiento del “deber”, de la responsabilidad pese al desgano: todos con sus lindas camisas y sus corbatas dirigiéndose a los quehaceres. Dead man walking era la expresión utilizada en Estados Unidos cuando los prisioneros condenados a muerte eran llevados de sus celdas hacia el lugar de la ejecución. Quizá ese sea el mensaje más perverso.
Y la luz, como siempre, al final del túnel. Aunque esta luz es tenue. Los instantes de conclusión abren interrogantes suspicaces, distraen con revelaciones que no son tales: ¿Qué piensa el protagonista cuando se detiene ante la puerta?; el que la cierra finalmente, ¿es el objeto de alguien más o es la punta de la pirámide? ¿Y el suspiro? ¿Y la lámpara rebelde? ¿Y afuera la máquina seguirá andando por cuánto tiempo más?