Meteorólogos y meteorólogas unidos: si lo quisierais, jamás seríais vencidos. Sois muchos y necesarios; en vuestra calidad de (…)

oráculos, hasta el rumbo de la Historia podríais cambiar con tan importante tema como el que manejáis, la información que dais. Adiós a senados y casi que a parlamentos. Unidos constituiríais una corte imbuida de un poder básico, fundamental y extraordinario. Vuestro poder sería absoluto si vuestra ambición fuera otra. Que el cielo os juzgase después.

Sois muchos. Sois legión. Sois permanentes, casi inmanentes, omnipresentes en los medios, en todas las pantallas. Y, ¿qué es el mundo y la vida en la actualidad? Una pantalla, muchas pantallas. Sois los nuevos predictores, los augures, los profetas, quienes “visualizan y nos canalizan” la información tan necesaria para la vida cotidiana, en la que los humanos sistemáticamente nos preguntamos: ¿Cómo hará hoy?, ¿qué se puede hacer?, ¿qué nos ponemos? Sois parte del fundamento de la existencia. ¿Quién sale a la calle sin mirar el tiempo que hace?
El cambio climático, el calentamiento global, los problemas de la biodiversidad sostenible son algo que os mantiene en un constante brete, en una lucha contra los pronósticos y las predicciones que tan difíciles son, pues la cosa tiene su ciencia, pero una ciencia variable como el viento que rola, como las borrascas que se desvían, como los temporales que son o no son. El to be or not to be de una baja presión, el anticiclón cabrón que se resiste a dar de beber a cielos y tierra. La sequía, la gota fría, la galerna y la rissaga. Estamos en vuestras manos, pendientes de vuestros mapas y señales. Vuestros argumentos, ¿quién los discute? Solo vosotros conocéis la dinámica de la atmósfera, el devenir meteorológico. Quién se atreve a tratar de radiación solar, de rotación terrestre, de los nichos o nidos hidrológicos (como se diga), de lo que es aún más difícil, de lluvias orográficas y los pisos térmicos y bioclimáticos.
Sé que es dura vuestra vida; no es sencillo observar todo el espacio que hay sobre el planeta Tierra y hablar de lo que se nos viene encima a los humanos. Y, por otra parte, siempre estáis dando la cara (aunque también os dejen dar la espalda al telespectador), sugiriendo a la humanidad qué indumentaria ha de ponerse, qué puede hacer un día como hoy. Haciendo valorar el consumo eléctrico con el aire acondicionado, el gasto en ropa, el puñetero hielo que debes tener en el congelador, o si sacas las mantas ya o esperas, si vuelves a poner las alfombras. No es fácil. Sois determinantes. Vuestra responsabilidad sobre la dinámica socioeconómica y determinados aspectos psicosociales es definitiva. Hay que valorarlo. Que el cielo os juzgue, como se ha dicho, pero que venga Dios y lo vea, que observe la labor que hacéis con vuestros estudios sobre el “espacio intermedio” entre el cielo y la tierra. Que no es fácil, no, no, no lo es.
Siempre con un mapa detrás. Antes os daban un puntero como en las pizarras de los colegios. Ahora no. Os ponen un panel digital con nubes, soles, líneas y signos, y os las apañáis como podéis. Además, en casi todos los medios os obligan a mostrar las fotitos del aficionado emocionado, valorarlas y premiarlas si viene al caso. Cuando no os hacen recomendar una crema para el dedo índice del pie izquierdo o la lavadora que ni jabón necesita. Hasta sorteos loteros os he visto hacer entre la predicción de lluvias en el Cantábrico y los extremos calores de “la sartén de Andalucía”.
Es muy duro tener que decir a unos que se van a asfixiar y a otros que se queden en casa y el pulpo se lo cocinen ellos, y, mientras, versar sobre las ventajas de la energía que te vende la megaempresa que financia el programa o la crema de la multinacional cosmética. Antes, salíais mañana, tarde y noche. Bien. Ahora vuestra presencia es continua. Puede no haber acabado John Wayne de disparar a unos cuantos, que aparecéis, señores y señoras del tiempo, pero resultando tan pesados como las moscas del final del verano. Lo siento, pero es así. La tertulia puede que esté versando sobre los problemas anorgásmicos de la más tonta del barrio catódico, algo que interesa furibundamente a ese espectador conectado, que no importa para interrumpir el programa y dar un nuevo parte, el parte ochocientos del día sobre los millones de grados que va a haber, o que te prepares para la que te va a caer encima.
Este verano ha sido horrible teneros tan presentes, vuestras apariciones continuas, tanta información recordándonos que hacía un calor tremendo. Como si no nos hubiésemos enterado. Pero ¿qué vais hacer los pobres meteorólogos y meteorólogas? Pues informarnos mal o bien. Y digo pobres pues supongo que no ganareis mucho siendo tantos y habiendo tanta competencia.
Mujeres y hombres del tiempo: os perdonamos errores y desvaríos, pero también quiero deciros que algunos estamos un poco hartos, sinceramente, muy hartos. No podéis estar permanentemente en pantalla como lo estáis en estos tiempos. Haced alguna huelga o algo, una de punteros y plasmas caídos. Decid a vuestros jefes que no podéis decirnos permanentemente el tiempo que hace en Machamartillo de Arriba y en Zascarrillo de Martingómez de las Posadas.
Lo cierto y terrible es que nos advertís y avisáis, y no aprendemos, no aprendemos. Si puede pasar lo peor, aun siendo conocedores de la situación en los cielos, de lo que puede ocurrir… ocurren catástrofes que en muchos casos se pudieran evitar. Creo que era Aristóteles o quizá alguno de aquellos griegos tan listos quien decía que preocuparse del tiempo era de necios. Se ve que el filósofo no tenía campos de cultivo ni que salir a navegar, que con ser un peripatético alrededor de tres olivos le era suficiente al famoso estagirita (y suficiente trabajo le dio educar a Alejandro Magno, niño guerrero como ninguno). Pero también tenía mucha razón, la razón del relisto. ¿Qué puede hacer un humano corriente y moliente para cambiar el tiempo y el clima? ¿Quién le dice algo a Helios, a Eolo, a Neptuno? ¿Quién discute a un viejo con boina y rostro arrugado del páramo castellanoleonés, generalmente un poco sordo y de palabras escasitas, o quién se pone enmedio de una turba de maños y discute el Calendario Zaragozano?
Bien es cierto; no habiendo nada que hacer con el clima que te toca, ¿por qué preocuparse? También es verdad que nosotros los humanos, con nuestros inventos, las preparamos gordas, y que, efectivamente, modificamos el ambiente. Pero me temo que por mucho calentamiento global que provoquemos, si al norte de Siberia, en Kamchatka o en Yakutia, sucede una glaciación poco habría que hacer. Ahí tiene razón Aristóteles (o quien sea): preocuparse mucho del tiempo es un poco absurdo.
Por otra parte, si toda la ciencia fuera como la meteorología lo tendríamos claro (u oscuro, según brille el sol, haya nubes y claros, o se anuncien terribles tormentas). Porque muchas veces no dan una pero tienes que seguir fiándote de lo que te dicen, tú no estás en ello; el asunto meteorológico requiere estudios, observación continuada y reflexiones relativas. Mucho. Mucho y variable.
El zapping no ha servido de nada; aparece un meteorólogo donde vayas, como lo hacen los chefs que antes eran cocineros. Pero cómo eludes o discutes el parte necesitando saber si incluir gabardina en el equipaje o lavar el lamparón que tienes en los bermudas. Sois muy responsables de nuestro devenir cotidiano y, en consecuencia, del curso de la Historia. Lo sois del hambre y de la sed, del estado de ánimo de nosotros, los seres humanos, inmersos en la rotación de la Tierra y firmamento. Hasta la salud depende de vosotros. Si hay fríos, las gripes; si las temperaturas suben desmesuradamente, los pasmos de ancianos, enfermos y niños. Las alergias, las puñeteras alergias. A mí me tenéis frito sin tempura, con la temperatura.
Verdaderamente podríais no ser humanos, hombres y mujeres del tiempo, sois de una calidad excepcional, y, como se ha dicho, esenciales, omniscientes, omnipotentes, omnitodo. Meteorólogos y meteorólogas, os tenemos en muy alta estima y apreciamos lo que nos contáis; os necesitamos. Pero por favor, no lo hagáis continuamente. Es demasiado, de verdad. Haced lo que queráis, exigid más poder e influencia, más sueldos, más vacaciones… eso, más vacaciones, pero dejad que desconozcamos si en la tramontana hubo vientos de 90 nudos o suben las temperaturas de 37º a 37,5º o de amenazarnos con esas ciclogénesis que se han puesto tan de moda ahora.
Gracias a todos los señores y señoras del tiempo. Espero que mi reconocimiento sea de vuestro agrado y que procuréis que no os veamos tanto y tanto. Hay días que me hacéis preferir hojear las más aburridas páginas de las It girls de medio pelo teñido de colores imposibles, aburridas todas y que no cuentan nada. Esas son otras, tienen su capítulo, la glorificación del culo y la nada, asunto filosófico donde los haya.
Atentamente, muy atentamente, feliz otoño y deseadas borrascas.

P.D. Tengo tres amigas meteorólogas, Merche, maña, Ana, riojana, y Aline, francesa, a las que dedico este artículo pues son estupendas, y no me provocan escalofríos o sopores ni me deprimen con la llegada de una baja presión. Ni tan siquiera nos molestamos en comentar la ciclogénesis explosiva o agresiva -o como se llame-, que me ha tenido la noche entera asistiendo a un onírico festival de cacos invisibles entrando y saliendo por los vanos de la casa. En los distintos sueños de la noche pude pensar que nos estaban robando en casa, pero ello no me hizo levantarme de la cama, como le pasara a mi amado Lawrence Durrell cuando se produjo un incendio en su casa de Corfú, desastre que no impidió siguiera echándose la siesta.