Ilustración creada para el libro Gambit Wielopolskiego por Adam Przechrzta y editado por Narodowe Centrum Kultury.

Intentaré realizar un cruce de conceptos referidos a los diversos mitos que remiten a los orígenes, (…)


analizando las propuestas teóricas de los capítulos “La estructura de los mitos” y “Prestigio mágico de los orígenes”, del libro Mito y realidad de Mircea Eliade y llevándolos a la pragmática en los dos primeros capítulos de Popol Vuh, “libro del consejo” o “libro de la comunidad” maya guatemalteco e indagando en mitos fundacionales de distintas culturas.
Para comenzar, es importante hacer referencia a la concepción que ha prevalecido durante mucho tiempo y que Eliade considera como la “acepción usual del término” mito, concebida y expandida como cierta, principalmente en el siglo XIX y el viraje valorativo que los estudiosos occidentales han efectuado al situar su mirada de la misma manera que lo hacían las sociedades arcaicas. Este pasaje comprende desde la consideración de mito como “fábula, invención, ficción” a “una historia verdadera […], una historia de inapreciable valor, sagrada, ejemplar y significativa”. Indudablemente, esta apreciación se aleja de aquella que postuló Jenófanes (poeta elegíaco y filósofo griego; hacia 565-470), quien con sus críticas a “las expresiones mitológicas de la divinidad” de autores clásicos como Homero o Hesiodo, dio comienzo a una nueva significación del término mythos, incluso dentro de los griegos, que modificaron la estructura de su pensamiento místico-religioso a uno basado en el logos, es decir, inclinado al razonamiento y la reflexión, entendiéndolo como el polo opuesto de aquel de arquetipos principalmente espirituales. Incluso el autor declara que este modelo dominó el ámbito judeocristiano que “relegaba al dominio de la mentira y de la ilusión todo aquello que no estaba justificado o declarado válido por uno de los dos Testamentos”.

Si ha habido reformulaciones en torno al concepto de mito, definiciones diversas y aceptación o rechazo a cada una de estas, es porque el término en sí contiene la posibilidad de la multiplicidad de interpretaciones. Si bien hay un marco contenedor que se repite en casi todos los ejemplos -“el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento  que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos”-, el conflicto no es solo etimológico, sino que se anexa un aspecto para nada trivial: la profundidad de las consecuencias que la creencia de los mitos, ya no anclado en lo esotérico, sino como una realidad, algo verídico, genera o ha generado en determinadas culturas, modificando sus expectativas, diagramando el devenir de sus vidas. Intentando objetivar crudamente esta hipótesis, se puede decir que todas las culturas, sin importar de qué lado del meridiano de Greenwich se encuentren, ni cuánto hayan hecho mella en ellas las vicisitudes de la modernidad y la ciencia, conservan en sus basamentos ciertas tipologías estrictamente mitológicas o “irracionales”, en el sentido de la imposibilidad de una comprobación empírica, fundada en los conocimientos propios de la erudición. Así, en Europa y América –en apariencia desligada hoy día de los fundamentalismos de otras regiones-, sigue subsistiendo la veneración de un dios creador y de una cosmovisión respetada en ciertos estadios, a partir del Génesis bíblico. Eliade se pregunta: “¿acaso es posible encontrar una definición única capaz de abarcar todos los tipos y funciones de los mitos en todas las sociedades, arcaicas y tradicionales?”. Teniendo en cuenta los miles de años de existencia humana y la pluralidad de acervos culturales, unificarlos bajo un solo concepto abarcativo y generalizador parece imposible o ridículo.
Retomando el sentido de lo que se considera verídico o falso, Eliade dice que “en las sociedades en que el mito está aún vivo”, existe una distinción de los “mitos” como “historia verdadera” en contraposición de las “fábulas o cuentos”, que son situadas dentro de lo que consideran “historias falsas”. ¿Dónde se encuentra la diferencia? Sencillamente en aquellos que remiten a la fundación del universo y aquellos otros que “narran las aventuras maravillosas” de algún héroe o salvador. En la primera, la veracidad está apoyada en cimientos sobrenaturales (seres divinos, episodios celestiales) y en un tiempo remoto, desconocido; la segunda en lo profano que significa la inmediatez del tiempo, así como lo terrenal, físico y cotidiano.
El Popol Vuh, una recopilación de narraciones míticas, legendarias e históricas del pueblo k’iche’, el pueblo maya guatemalteco, comienza con la seguridad de quien está contando un suceso indiscutible: “Aquí comenzaremos la antigua historia llamada Quiché. Aquí escribiremos, comenzaremos el antiguo relato del principio, del origen […]”. En el capítulo “Prestigio mágico de los orígenes”, de Mito y realidad, el autor se detiene en el hecho de que “toda historia mítica que relata el origen de algo presupone y prolonga la cosmogonía”, entendida esta última como un sistema que trata el principio del universo y que a su vez debe contener cada una de las apariciones primordiales que “implican la existencia de un Mundo” tal y como lo conocemos. En Popol Vuh, son ulteriores a “la historia de cuando se acabaron de medir todos los ángulos del cielo”, la aparición de los elementos que completarán el mundo que los rodea y con los que sienten una identificación por ser el lugar que los incluye: “animal, pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranca, hierba, selva”.
La Biblia, desde el capítulo 1 versículo 1 del primer libro, deja a las claras el cómo y el cuándo de la existencia de todas las cosas al decir “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Como es de esperar, una vez que la esfera globalizante ha sido creada, esta propiciará la creación del resto de las criaturas, así como la aparición de los elementos y relieves. El Génesis nos comenta que los acontecimientos se sucedieron en siete días creativos, siendo el hombre el acto máximo de invención con un propósito preciso, el de “sojuzgar la tierra” y el de adorar a su hacedor. Estos dos sucesos en sí, se sitúan como los más significativos de todos. Claramente, la necesidad de dar respuesta a las preguntas básicas tienen un justificativo e inmanentemente un protagonista excluyente: el ser humano y el propósito de su existencia, sin dejar de lado el carácter divino que recubre a casi todos los dioses de todas las épocas y lugares, que es el deseo de veneración, tema que se hace recurrente con la aparición de ofrendas, sacrificios y plegarias. El Popol Vuh refiere una idea similar, cuando en el capítulo II relata de manera directa el deseo de los Espíritus del Cielo: “No tendremos ni adoración ni manifestación por nuestros construidos, nuestros formados, hasta que nazca el hombre construido, el hombre formado”.
Si bien a simple vista -quizá por el deslumbramiento que producen los nombres y lugares extraordinarios y de dificultosa pronunciación- los mitos que se refieren a la creación parecen radicalmente disímiles, tienen en realidad, leves diferencias, teniendo una base compartida, además de las ya mencionadas posiciones encumbradas del ser humano y de la alabanza al hacedor de la vida: entre los aztecas, existe un estado acuoso primigenio antes de la creación de la tierra, un mar inmenso habitado por un monstruo; entre los incas, el origen del hombre se suscita después de que Manco Capac y Mama Ocllo, hijos del Sol, salieran del lago Titicaca y formaran a los incas del Cuzco; entre los hindúes, uno de los más aceptados es el mito de Visnú acostado sobre un océano y sobre su ombligo un lago de donde nace una flor de loto y de allí el dios Brahmá que crea el mundo; entre los países nórdicos, se habla de una fuente de aguas heladas en un mundo primario llamado Niflheim, de las que, a manera de síntesis, surgieron gigantes que luego, formaron al mundo material.
Como se observa, el agua o un hábitat líquido son fuentes dadoras de vida, una fase preliminar al comienzo de los organismos vitales. “Que eso sea. Fecundaos. Que esta agua parta, se vacíe”, dicen los dioses en el Popol Vuh mientras celebran su asamblea originadora.
Este período, dominado por las aguas, es en sí un estado al que se puede llamar universo o mundo, aunque situado temporalmente en las vísperas a la aparición del mundo habitado por el hombre. Eliade se refiere a este respecto al decir que “un nuevo estado de cosas implica siempre un estado precedente, y este, en última instancia, es el Mundo. Es a partir de una totalidad inicial como se desarrollan las modificaciones” que el nuevo mundo contendrá. A modo de conclusión, en los relatos mitológicos observados se desprende la singularidad de historias a modo de explicación que cada cultura ha sabido narrar y sustentar con miles de años de tradición, de rituales y simbología. Esta singularidad no libra del hecho significativo de que los elementos se repitan, se yuxtapongan y se reflejen, con variantes, pero compartiendo una visión esencial. El ser humano, surgido del polvo como Adán o de los hielos o del fuego o del ombligo de un dios, siempre ha consentido en buscar su origen y el porqué de su paso por la tierra; de allí que tal búsqueda lleve consigo hermanadas ideas y el consabido deseo de construir un mundo que contenga sus propios hallazgos, construcciones y creaciones, sean en el orden de lo divino o de lo terreno.