ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

Jean Cocteau. Foto de Philippe Halsman

Todo lo que se hace en la vida, igualmente en el amor, ocurre en un tren expreso que conduce, indefectible e inexorablemente, a la muerte. Como todo en la existencia, verdaderamente. Todo es un tránsito. Hay unas vías, hay unas máquinas, unos vagones de la existencia, unos recorridos con sus estaciones y grandes centrales. Pero con el opio ocurren otras cosas.

Algo parecido discurría Cocteau en su libro sobre esta droga. Fumar opio, tomar morfina, el continuado consumo de cualquiera de los opiáceos, supone dejar el tren en marcha, apearse en una estación perdida. Quizás sea un triste intento de continuar el sendero de la vida dando un pretendido largo paseo con esa manera de vivir elegida, una forma que te esclaviza embelesado y maldito. Un camino que resulta raramente largo, como en principio se desea con la dilatación que del tiempo se obtiene, y que la droga provoca.
Ingerir de forma habitual y ordinaria opiáceos, te hace desocuparte de la vida para, desafortunadamente, hacerlo de la muerte misma que cada día te provocas con la ingesta del estupefaciente. De la muerte en vida. O de otra vida relativa, si se quiere. Una vida muy diferente, un  modo de vida parecido a lo que decía un poeta español, Luis Eduardo Aute, que no depende de las horas, que sólo la apuran los latidos. Tanta obnubilación te reduce a ser un mero corazón,  un río interior que te conduce tras un espejismo al paraíso del silencio y de la calma, al mar de las calmas. Una ciega mística, otra vida muy distinta. Ese dulce mal. No es una calma que preceda tempestad alguna, la marejada es interior.

Decía Trocchi, infausto drogadicto y escritor breve de vida desesperada, que con la droga uno se refugia en lo invulnerable del propio vacío, viviendo extasiado con el sentir del flujo de la sangre envenenada recorriendo tu cuerpo, en esa profunda soledad de quien únicamente escucha los latidos de su corazón, y apenas eso. Hay horas y días que los pasas sin tan siquiera sentir ese flujo, tan sólo, un cálido rubor bajo los efectos estupefacientes, ese sopor amable y, a la vez, el pálido terror de sus defectos.
Pierre Drieu la Rochelle, por su parte, en su novela El Fuego Fatuo, escribía sobre los adictos, los drogados son místicos de una época materialista que no teniendo fuerzas para vivificar las cosas y sublimarlas en un símbolo, las someten a un trabajo inverso de reducción y las usan y roen hasta alcanzar el núcleo de la nada. Se hacen sacrificios a un simbolismo de sombra para contrarrestar un fetichismo al sol al que se odia porque lastima los ojos cansados. Exquisito. Trés Drieu. Escribía sobre Jacques Rigaud, poeta surrealista débil, coleccionista de botones. Su muerte por sobredosis inspiró a Drieu esa triste novela.
Tarde morfea y juego de palabras. Verbos como  un solitario con los naipes. Opio y verbo. Un brindis para Quincey, para Cocteau, mi querido Drieu, aciago seductor, para el desgraciado Trocchi. Pero no es en ellos en los que pienso, no necesitan mis plegarias, ni mis oraciones. Lo hago en otros, en nosotros, tristes místicos o contemplativos en una era salvaje, en estos tiempos nerviosos.
Místicos de una era perdida o salvaje, o de tiempos tristes o nerviosos, que cogen el tren expreso que conduce a la estación final de la indefectible muerte, con un recorrido doliente en su indolencia y abandono, algo peligroso, ciertamente. El abandono de uno mismo. Sólo corazón, solo sus latidos, el flujo de la sangre envenenado, el tiempo olvida su paso y se pierde en el bosque.
  
¿Qué haré hoy al mediodía?

Jean Cocteau. Foto de Philippe Halsman
Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).