ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

No soporto lo de “amor de madre”. Si hay algo que me repugna es ver un tatuaje que luzca esta leyenda, que rece esta chorrada.  Particularmente, no me gusta ningún tatuaje que no esté escondido en partes íntimas, y ni así. Pero cuando observo horrores como este tipo de juramento en una epidermis, generalmente en tabernarios bíceps masculinos, me entran pavores perdularios. Perdularios y patibularios.
         
Adoro, por el contrario, las expresiones que aluden a la maternidad. ¡Ay mi madre!, “madre de Dios”, “madre santa”, “tu santa madre”, “madre de mi corazón”, “madre del amor hermoso”, que suena con tanto candor. Hasta las más radicales, “te lo juro por mi madre”, “la madre que te parió”, “madre no hay más que una”, me parecen perfectas. Incluso el “tu puta madre” es una expresión que decimos sin demasiada mala intención, y ni qué decir tiene, que cuando calificamos “de puta madre”, estamos elogiando enconadamente el objeto de nuestro interés. Pero no me gusta lo de “Amor de madre”. Lo siento. Prefiero lo de “la cabra, la puta de la cabra, la madre que me parió”, aquella que se llamaba Asunción.
         
Me horroriza la frase “amor de madre, que todo lo demás es aire”, “amor que ni la nieve hace enfriarse”. Me dan escalofríos. Lo de “a mí madre ni la mentes”, provoca un serio recelo. Sentencias tan tiernas como absurdas, como la de que “Dios, al no poder estar en todas partes, creó a las madres”. O lo que decía Alejandro Dumas… “una madre tiene algo de dios y mucho de ángel” me parece de un cursi insufrible. Nada tan repelente como “a mi madre le debo todo lo que soy”, te convierte en deudor desde el nacimiento, y niega la inmensa generosidad que se presupone de la figura materna. Con expresiones así quedo patidifuso. Prefiero lo del “coño la Bernarda”, horrible expresión con distintos orígenes. Parece que la tal Bernarda era una alpujarreña santera con cierto furor uterino, que hacía milagros con la salud del que se atrevía a solazarse con sus partes íntimas. Una barbaridad.
         
En esencia y por razones mismas de la existencia, los asuntos maternales son muy socorridos en nuestras locuciones emocionales, en juramentos, en bendiciones, y en su contrario: en las maldiciones que se pueden proferir. Hay malas madres como buenas y maravillosas. No nos engañemos. Hurgando en la historia uno encuentra maternales sicopatías de todo grado, en todo orden y ambiente. “La mano que mece la cuna es la mano que mueve el mundo” se dice, y lo cierto es que uno piensa en ese movimiento del bebé en su canapé, en el silencio de una tarde de estío, arrullado con el susurro de una nana anónima… y puede ponerse muy nervioso. Se leen terribles noticias de madres perversas, y parece creciente el número de las que son fatales, horripilantes.  
         
Al hilo de ello, con todo el respeto para las mamás del mundo y para vosotros lectores, pienso que en estos tiempos lo de madre santa suena pretérito, por más que el esfuerzo que hacen la mayoría de ellas sea indiscutible. Las madres son sagradas, pero, ¿qué es la santidad? Puede que sólo sea una falacia, un asunto del pasado. No corren aires místicos en la contemporaneidad, ni dominan la bondad y la ternura en las acciones humanas, esa es la realidad. No es laicismo, ni su contrario. Es lo que hay. Ni santas ni santos; somos humanos, demasiado humanos, por mas que haya madres divinas.

Filippo Abbiati. San Pedro desenmascara a la falsa virgen…

Lo ideal sería empezar hablando de mujeres maravillosas, iniciar este artículo del Día de la Madre con la Virgen María como lo hicimos con San José, recordar verbos alrededor de la Madre de Dios, progenitora por la Divina Gracia, y madrastra de los seis hijos previos que su marido José había tenido en anterior matrimonio, cuatro hermanos y dos hermanas que Jesucristo tuvo, algo que discuten evangelios y concilios.
         
Esto no es una carta pastoral, ni soy yo quien para recrearse en estos recitados, lo que no es óbice para disfrutar con un breve recuerdo de la preciosa letanía lauretana, con las intercesiones a la Purísima, castísima, virginal… la Inmaculada. Letanía a María que es una oración en la que se han ido sumando  a lo largo del tiempo y en sucesivos papados, exquisitos epítetos y advocaciones de un gusto divino, que es lo suyo con el personaje. Divinas palabras.
         
Madre amable y admirable, Señora abogada nuestra, digna de alabanza, de veneración. Madre del Buen Consejo. Virgen prudentísima, virgen clemente, virgen fiel… “Espejo de justicia, trono de sabiduría, causa de nuestra alegría, vaso espiritual, vaso de honor, vaso insigne de devoción”. Torre de marfil, rosa mística. Casa de Oro y Arca de la Alianza. Rien ne va plus.
         
La Madre de Cristo, la mayor “top model” de todos los tiempos, la más de las más, algo que digo sin ánimo de ofensa de clase alguna. ¡Líbreme Dios! Es bien cierto que la Virgen María es una de las más guapas entre las guapas, verdadero modelo; la más retratada por todos los grandes durante siglos y siglos. No han sido Cecil Beaton, Irving Penn o Testino, han sido todos los grandísimos en la Historia del Arte, Leonardo, Velázquez, Rubens, Tiépolo… Mujer venerada, la más sagrada. ¿Qué me puede decir el lector de su ascensión a los cielos? Eso sí que es “top of the tops”. ¿Broma? No. Alegría, simpatía y buen humor. Es lo que tienen estos textos ligeros, su versatilidad y cierto ánimo que nos provoque algunas sonrisas.

Pedro Pablo Rubens. Ascensión de la Virgen


Cuán fabuloso sería proclamar a alguien todas estas alabanzas. Decirle a la señora que tienes al lado: “Puerta del Cielo”, “Estrella de la mañana”, “Salud de los enfermos”, “Refugio de los pecadores”, “Consuelo de los afligidos”… Reina de los ángeles, de los patriarcas, los profetas, mártires… de Todos los Santos. Tener alguien así cerca sería sentarse en un trono con mucho… tronío. Un mundo de gloria, gracia y belleza. Que bueno todo. Pero no. Ahora no se trata de ello. Hoy, desafortunadamente, vamos a hablar de otras, de las malas. Una pena. Pena, penita pena.
         
Continuando los artículos precedentes dedicados a los improperios, empezaremos hablando de pécoras, de malas pécoras, de harpías o arpías, que las hay con letra “hache” y sin ella; con los pendones, badanas, con las husmias, con el bestiario correspondiente, víboras de lengua bífida, vacaburras marimachos, con un relativo etcétera con el que nos entretendremos un rato. Que me perdonen las madres -la mía en el cielo-. Que me disculpe el género femenino del que soy un enamorado eterno, pero continuando a los santos Valentín y José, insisto en estas barrabasadas, plural de palabra estupenda y recuerdo del porfiado reo Barrabás, que tuvo la suerte de que crucificasen a Jesucristo y lo indultasen a él, preso famoso y contumaz. Pensará el lector que ando siempre con los evangelios en la mano, pero puedo prometer y prometo que no es así. Hoy mismo acababa la famosa novela “Allá lejos” de Huysmans, lectura que no puede ser más diabólica, indecente y decadente.
         
Empezamos el desfile con pendón. Un pendonazo. La RAE no reconoce este vocablo como calificativo de persona, que es sólo un estandarte, una bandera. Pero los humanos sí. Una pendón es una “mujer de vida licenciosa, de moral despreciable”, nos dice Pancracio Celdrán en su sensacional “Inventario General de Insultos”, editado por Ediciones del Prado, libro que hemos reseñado en artículos precedentes. La pendón no es específicamente una fulana, mucho menos una ramera en su plena acepción, sino lo que venimos en llamar un putón verbenero, que es adjetivo magnífico, lúdico y festivo. ¿Qué hay mejor en las noches de estío, que irse a la verbena y encontrar señoras estupendas? Pasear y bailar con pirilindas palomas y gachises peripatéticas. O su contrario… concitar galanes, chavales y jovencitos diversos.
         
El de peripatética es un adjetivo griego y filosofal para las profesionales del amor, hetairas, furcias, lumis, lumias, colipoterras y manflas o manflonas. Querido lector, ¿habíamos oído lo de manfla? El de colipoterra es un vocablo que tiene su complicación. Suena muy vasto, pero es contundente y resabiado. Significa puta o rabiza en sentido estricto, aunque evoque a un bicho rarito.
         
Sobresaliente es el de suripanta. La suripanta era la antigua corista a la que se suponía casquivana… “alegre de cascos”, señorita de moral sensual muy relativa. Es bueno lo de casquivana, es un calificativo mayúsculo, excepcional. Para la RAE es una dama que no tiene formalidad en su trato con el sexo masculino, lo que puede estar muy bien y muy mal. Lo triste es que jamás decimos a una mujer –y mucho menos a una madre- “eres una casquivana”, porque la palabra en sí es preciosa. De niño me gustaba este adjetivo que entendía relativamente; quería serlo de mayor y algo hemos podido hacer, aunque nunca lo suficiente.

Boucher. La odalisca morena. (Sra. Boucher)…
Como todos sabéis, sobre la profesión de meretriz hay cientos de vocablos y términos, exactos o referidos, un larguísimo etcétera para el que nos remitiríamos al insigne Don Camilo José Cela, q.e.p.d., que demostró saber un montón el muy cabrón, (que rima como a él le hubiese gustado). Lo sabía todo al respecto. De peliforras, esquineras, olisconas, yiras y volantusas, rondonas… de cientos.  
         
Muy cercano al pendón, en orden próximo, están las golfas, mujeres deshonestas de una manera u otra. “Hay mucha golfa”, como golfos, golferas y golfines. Las golfas suelen ser granujas. No es buena la golfería, aunque tenga sus momentos divertidos. No es recomendable, es peligrosa, aunque golfo o golfa son insultos que no están sometidos a la ley, como ocurre si a uno lo llaman gordo o faty, o su contrario: “eres un guiso de alambres” y le señalas su condición anoréxica. Ahora hay que tener mucho cuidado con lo que se dice, puedes encontrarte con que te interpongan una demanda, una querella. Estamos muy resabiados e insidiosos. El mundo moderno nos ha hecho justicieros, justiciables y, con frecuencia, pagamos justos por pecadores. Hay que tener más cuidado con lo que se dice que con lo que se es. Mundo hipócrita.
         
El de hipócrita es un insulto incisivo, elegante y muy griego también, crítico y dramático, un punto trágico. Ser una hipócrita es grave, muy grave. Hipócrita es el que finge sus sentimientos, algo terrible moralmente. Cuando se califica con este término, hay razones sólidas de enfado serio. Que te digan que “eres un hipócrita y un cabrón”, en masculino o femenino, mancilla y enfada. La hipocresía es un cáncer, pero no es palabra fea.
         
En la cuestión de lo políticamente correcto, ahora no puedes decirle a nadie que es un baboso, una canija, o un tirilla. Te expones que al proferir determinados vocablos te encuentres ante comisarios de comités con sus tribunales, que suele ser gente escrofulosa (¡maravilla de palabra!), o raquíticos mentales escasamente tolerantes, y te la cargues. Ya es que no puedas amenazar verbalmente, sino que decirle a una persona “eres una cabrona”, te hace susceptible de ser denunciado a una organización de defensa de los animales. Pero son verbos inevitables.
         
Ladina no tiene nada que ver con ladilla, que todo el mundo sabemos que se trata de un parásito, el huevo de un piojo. Una ladilla es una piojosa, una sabandija tocapelotas, una sanguijuela, una birria, por decir unos cuantos insultos seguidos y perfectamente utilizables en cualquier momento. Birria se decía mucho. A mí me gusta. La ladilla es insecto nocivo, especie que tiende a desaparecer según he leído últimamente, con las modas del afeitado integral y la depilación absoluta y continua. ¿Tendremos que protegerlas? ¿Quién nos iba a decir que nos asemejaríamos a los  marcianos que imaginábamos de niños en los dibujos y películas de ficción?
         
Ladina es la mujer taimada y astuta, una artera. Ambos, ladina y artera, suenan “muy especiales”, y dejan para el arrastre a las mujeres calificadas como tales. La ladina es mala como la ladilla. La primera es como antigua y malvada; la piojosa, más molesta y pingajosa. (No olvidamos que el ladino es lengua sefardí y preciosa variedad del Castellano hablado todavía en lugares como Estambul.)         

Karl Briullov. La mujer turca…

Junto a las golfas, a las “ligeras de cascos”, se da un sinfín de mujeres peligrosas que no tienen –precisamente- los fantásticos modelos de influyentes como la princesa de Éboli, (dama tuerta de la que siempre se dice “de rara belleza”), cortesanas como la Maintenon, finalmente casada con el Rey Sol (que tan alta opinión tenía de sí mismo); las recordadas en anteriores artículos, la soberbia mecenas marquesa de Pompadour, la arribista Madame du Barry, la singularísima Lola Montes, románticas espías como Mata-Hari, por traer a la memoria a divinas de siglos anteriores. Mujeres con mucho peligro. Mujeres que no fueron rosas místicas, estrellas de la mañana, vasos de oro. Que no son dulces gracias como las de Botticelli, nada que ver con las graciosas de Boucher. Hay muchísimas más desgraciadas. Ser una mujer desgraciada es una condición terrible, tanto si eres la causante o la víctima de la desgracia que se sufre. ¿Cuántas desgraciadas madres? ¿Cuántos amores desgraciados?
         
Hay desastres. Horrores. Las mamonas, las marranas, las guarrindongas, las hijasdeputa, las calientapollas, las bobas de baba, caracteres e insultos que no requieren más comentario por lo explícitos que son. Estos tipos de señoras son legión, lo que es una lástima, pues se multiplican en otras muchas… las zangarillejas, viles y villanas, zascandiles currutacas, las badanas, insulto poco común que se traduce en mujer cachonda y haragana, una joya.
         
Ser una cachonda tiene distintas acepciones y muchas muy buenas, significados que ahora no referimos por su extensión. Como otros importantes calificativos, “ser un cachondo”, es muy diverso. “Tú eres una cachonda”, “no te cachondeas de mi”, “cachondón”. Es un adjetivo que deviene en expresión de acepciones infinitas, un firmamento. Esto mismo que escribo es un cachondeo.
         
También son preciosos insultos los de barragana, que se refiere a la concubina fielmente amancebada; y el de ñordija que nos dice Celdrán que es palabra muy grosera en la que se califica a una dama como “una tía de mierda”. Ñordija, no lo había oído nunca hasta que lo he leído en voz alta. Ñorda es su masculino. Un ñorda es un ninchi, que suena como suena: ninchi. Mal tipo.
         
Perdón, pero sigo con pendón. Las mujeres pendones son también pindongas, busconas pendejas. Son lo que a veces llamamos pilinguis. Pilingui es de los insultos con plena letra “i”, siempre graciosos… pitiminí, tiquismiquis. Antes se decía mucho lo de “esa es una pilingui”. Como lo de “punto filipino”, expresión exótica en sumo grado.
         
El punto filipino puede ser masculino, y es aplicable a diferentes mendas y prendas, que a su vez los hay en ambos géneros. Prenda era un vocablo para dirigirse a un amante, un llamado amoroso. Pero hoy todos sabemos lo que es un prenda. Lo mismo del menda o la menda, unos cualquiera. Y no olvidamos al lerenda, que va siempre a la cola del menda.
         
Lo de ser un punto filipino no se refiere a un aborigen tagalo de las islas del extremo oriente que fueran españolas,  Mindanao, Luzón y siete mil más. El punto filipino es, generalmente, un sinvergüenza desvergonzado. Se dice que era como se llamaba a los vagos metropolitanos que habitaban en la colonia asiática, pero su acepción común es la de un “ser difícil” en distintos aspectos. Es “un elemento”, que tanto es un fresco como resulta persona peligrosa. La punto filipino puede ser de armas tomar. El varón suele ser un mero mandria o un simple gandul, pero muchas veces se mimetizan con macandones y mindangos, tipos de chulos y macarras que no incluimos en capítulos anteriores, y que tienen su “eme” inicial como mucha mierda de gente, la gente de mal fario, los malauvas, los malaleche, los malquedas y las malasputas. Todos malos por una razón u otra, todos ellos malquistos, palabro que queda como muy bien, pero que es justo su contrario. Malquisto es el que queda muy mal.
         
Antes de dejar a las mujeres malas, -muchas estupendas por otra parte-, merece la pena dejar constancia de la descripción que hace Celdrán de la mujer arpía, y lo hace en su acepción clásica, como ser mitológico, un buitre con garras y rostro de mujer con orejas de oso. Ahí es nada, vaya aspecto. A lo largo de esta vida, en sus distintas etapas, encontramos cientos de arpías, mujeres aviesas, muchas disfrazadas de aves del Paraíso, pero siempre odiosas. Desde verdaderas niñas en algún grado rijosas, a viejas decrépitas capaces de retorcerte la neurona o el cuello. Las podemos llamar también tarascas, que suena como suena, y que son el diablo hecho mujer, verdaderos demonios.
         
¿Mujer demonio? Para algunos exégetas y rabinos, Lilit fue la primera mujer de Adán. Anterior a Eva. Pero esta primera dama Lilit no quería yacer con el primigenio y se largó del Paraíso para encontrarse con un verdadero demonio, Asmodeo, un diablo de los judíos, con quien se convirtió en una tragaldabas devoradora de niños. El lector puede que se sorprenda de saber que Adán empezó con un divorcio previo, pero algo hay de cierto. Hay quien dice que Eva fue segunda esposa y origen del desastre iniciado con la ingesta de la puñetera manzana y el rollo de la enrollada serpiente, cuya consecuencia fue la expulsión de la pareja del terrenal cielo, condenándoles a buscar trabajo, con lo mal que ha estado esto siempre. ¡Vaya con el Edén, una se largó con un demonio con el rabo entre las piernas, y al otro le ponen a poblar la tierra, con los tráfagos que ello obligaba!
John Collier. Lilith…

La harpía es una mujer perversa para la RAE. Como vocablo y como mito, ser harpía tiene sus pelendengues, (palabra bailonga que evoca a una jota aragonesa), y tiene sus requilorios, extraño término que nunca había oído; “eres un requilorio” suena raro, muy raro. Lo de pelendengue ahora se escucha poco, yo lo sigo diciendo. “La cosa tiene sus pelendengues”.
         
Con la gran letra “hache” tenemos husmia, “serás husmia”, que es una mujer meticona para los diccionarios, pero que utilizamos como rácana, tacaña, roñosa. También es masculino. Un husmia es un cutre misérrimo. Como otro muy gutural y palatal, el de gurrumina y gurrumino, insulto amplio poco utilizado. Es un ser ruin y blando, un pusilánime que no sirve de ná. Un penseque. La gurrumina es una mezquina. El gurrumino es distinto, es quien actúa en exceso condescendiente con su mujer. Puede ser un maromo (que se escucha mucho), un jato (becerro, mero acompañante), un propio, o un lloramigas. No es un chulo putas, un macarra, un gigoló, mucho menos “un chevalier servant”. Es eso: un maromo que a veces resulta ser un palomo cojo. Hay mucho palomo en los cuellos de las mujeres. “Como serpientes” le decía Coco Chanel a su amigo Paul Morand. Sabía bien de lo que hablaba, fue gran amiga del ofidio Cocteau, y sufrió lo indecible al  inefable Maurice Sachs, (inefable por decir algo, que se podrían decir cientos de calificativos como en su día hice en la semblanza que de él escribí publicada por Editorial Melusina).
         
Un penco, una penco, tanto es una mujer escuálida, como una puta vieja. Una verdadera lástima, un ser que da pena. Es un insulto breve y sobrio, austero. Pero un penco es mucho. La penco –como otras- puede estar con un mondongo, individuo que nos recuerda a candongo pero que es un ser más antipático. Suele ser un canalla.
         
Mondongo a muchos les referirá a un embutido, a chorizos y morcillas. El otro día leyendo a Leigh Fermor en su viaje por las Antillas, “El árbol del viajero”, me encontré con los auténticos mondongos que recordaba de niño leyendo libros de geografía. Nos comenta el exquisito autor inglés, (q.d.e.p, desde hace bien poco), que los mondongos eran caníbales de tribus congoleñas, etnia especialmente agresiva trasladada al Caribe y protagonistas activos del vudú haitiano. Un horror terrorífico. Si un mondongo era oscurito, ¿cómo será la mondonga? Pavor.
         
“Una mala pécora” es un insulto ideal para mujeres, sean o no de mala vida, frecuente en las viperinas bocas de aquellas señoras con “garras de astracán”, como las llamaba el simpático Terenci Moix, (q.e.p.d. también). La pécora es una mala muy mala, tan horrible como –agárrese el lector— la rabiculindreja, la villana malvada y luciferina. Otra vez el diablo hecho mujer y sin la imagen de Marlene Dietrich, precisamente.
         
A las damas, señoritas o ancianas las podemos llamar de todo. Verdaderas animaladas. Reptil, víbora, serpiente, lagarta. Adjetivarlas como equinos con distintas acepciones. Un caballo de tía, una potranca, burra, burraca, burrancana, una mula, ofrecen distintos sentidos. Ser el híbrido bóvido que decimos vacaburra, un imposible de la naturaleza que se da en el género femenino. Una mujer chabacana. Lo de chabacana es mucho, son cuatro “aes” despectivas al máximo.
         
Las macizas y las macizorras pueden no estar mal, y de hecho, suelen estar muy bien. Las marimachos, que tienen su lógica psicofísica, las machorras (la suya patofísica), las tipejas y los esperpentos de horribles fisonomías. Marimacho es otra categoría que no requiere explicación para el lector. Como foca, morsa, o ballena que hay mucho cetáceo. Las focas suelen ser unos magantos, perezosas y holgazanas, vagas. De aspecto felino: gata, pantera, tigresa, leona, todos ellos con su erótica relativa. Pantera es lo más. Insectos… moscón, moscardón, mosquita muerta y otros conocidos testiculares. Aves, muchas. Cotorras y lechuzas. De zorras, zorrones y zorritas hemos hablado, de roedores también: los de callejón, las de alcantarilla. Arañas y escorpiones. ¡Qué decir de la mujer vampira! ¡Uf! Lo cierto es que brujas hay muchas y aquelarres pocos. Que hay más pendones, pécoras y pencos que diabólicas diablesas.

Hans Baldung Grien. Las edades y la muerte.

Si es dama grosera decimos que es una zarrapastrosa, un adefesio, y si además de fea es malvada, la llamamos comemierda, (algo bien expresivo). Adefesio es una palabra preciosa, antigua y con una particular eufonía. También están las piltrafas o las quita hipos que dan pánico. Hay mujeres que quitan el hipo por su belleza, pero ahora no hablamos de eso, sino de hidras con culebras en el pelo, de pólipos adiposos o incrustados, de monstruos, féminas terribles que provocan eructos o náuseas, cuando no mayores males, síncopes diversos. ¡Cuántos horrores se adivinan en la imagen en sueños de la máscara de una hidra desmelenada! ¿Cuánto el odio femenino cuando hay un desacuerdo grave?
         
Necesito aire. Pensar o recordar malas mujeres, a las mujeres malas, es un pérfido trasiego mental. Un cierto sopor aciago me enerva con estas hidras de hiel que no de agua, con esperpentos que no son ninfas, nereidas, ondinas, que sería lo suyo. Me relajaré, abro la ventana, que entre la brisa. Aire, necesito aire.
         
Fresca es lo más suave que se le puede decir peyorativamente a una mujer -y a un hombre-, pero es un insulto que no funciona en las peleas, apenas en las disputas menores. En una buena contienda se pasa rápido a las calificaciones de perra o zorra en el orden bestial, o pelandusca en el amoral. Pelandusca y pelandrusca (que lo hay con “erre”), son fenomenales, suenan relativamente finos y requieren cierta entonación, aunque califica a señoras o señoritas que son una malas putas, unas hijas de la gran puta o hijas de la gran chingada, si se dice con un tequila de más.
         
Más leves son las tolilis. Tolili suena a atolondrada. Su evolución es la de tolilidonga, que es mucho término, recuerda a un aborigen del Pacífico. Y tolondrón, que se oye más, con aire de jota (esta vez castellana), recuerda a majarona, a majara perdida, loca de atar. Tolón.
         
Ya en su día hablamos de tontos de todo tipo y condición, pero aprovecho el dominio femenino de estos párrafos para recordar lo que nos cuenta Celdrán que fue “la tonta del calendario”, la que inventó aquello de “atar los perros con longanizas”, muchacha que trabajaba para el suegro del pintor Goya, su maestro Bayeu. Una chica poco lista, una tonta de remate. Ahora dirían que fue una excelencia, palabra que oímos de continuo justo cuando habíamos suprimido el tratamiento de “excelentísimo”. Los seres modernos somos una cosa tonta. Decimos gobenanza en vez de gobierno. Así nos va. Una gobernanta con fusta les ponía yo a muchas y a muchos.
         
A tontas y a locas, vamos a despedirnos y rehuir el daño mental que puede producir recrearse con tantos improperios, abundando en estas cuestiones, en los caracteres de mujeres poco deseadas. Habiendo tantas mujeres buenas y damas estupendas, que me tenga yo que poner con las peores, ya me vale. Acabemos.
         
Como adiós, celebro que vivan las madres que parieron a las mujeres todas y a los hombres también. Me declaro con rubor ante su amor. Como un seráfico querube, angelote o diablillo, pretendido Romeo, pretencioso galán. Como lo que haga falta, que para eso hice profesión casquivana de fe… (Y una fe sin obras, es una fe muerta, nos decían). Que plazco de las letanías que la literatura ha dado en asuntos femeninos. Que opino que este lío de siglo que tenemos inicia el milenio del poder omnímodo de la mujer. Desde Eva y Lilit, primigenias en el Edén, hasta los lilipendones actuales, el género femenino es Principal con mayúsculas, protagonista fundamental. El sustento de la existencia en la Tierra, en la Naturaleza, en el Mundo Mundial y el Firmamento Celestial. Que los planetas van detrás de las estrellas. Que Vida es un soberbio y superlativo sustantivo femenino, ¡qué ya es decir! ¡Mamma mía! ¿Qué diría mi santa madre?
         
Ciao, lector. Pongo una flor en el ojal de mi chaqueta para encontrarme con mi dama, un clavel. O mejor buscaré una florecilla violeta de cardo, que es lo que se estila en Escocia, cuyo aguardiente beberé a la salud de todas las señoras estupendas en el Día de la Madre.

Enrique López Viejo

Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid, 2016) escribió, entre otros libros, Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009). La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012) y La culpa fue de Baudelaire (Desvelo, 2014).