ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

Y al niño o niña lo tira por una ventana, rompiendo el cristal de ésta, con la máxima violencia. Diecisiete meses tenía el bebé y lo estaba casi violando, y luego, a la joven madre la trata de matar. ¿Tengo yo que alimentar a este tío, a esta inmundicia, darle de comer de por vida y que pueda leer todo lo que no puedo hacer yo, que vaya a estar protegido como nadie lo estaría nunca en una estupenda celda del centro penitenciario que casi puede elegir.
Que me digan que le sentenciarán a Cadena Perpetua revisable o algo así. Que ese despojo humano pueda salir un día a la calle con unos ahorritos y, si quiere, sobrado de conocimiento, con sus estudios y una salud gimnástica. No, no puede ser. Esa mierda humana sufrirá apenas veinte años de prisión y luego como tú y como yo, mejor si él quiere tras una buena redención. ¿Para qué quiero yo su redención? Yo quiero que desaparezca de la faz de la Tierra. Semejante asqueroso. Tengo que decirlo y ser libre en hacerlo. Yo no veo la necesidad de reeducarle y que haga su penitencia. Yo quiero que sufra con dolor, con un poco más dolor que el que ha causado.
Dejémonos de tonterías. Tonterías de la modernidad y de la boba bonhomía de muchas religiones y filosofías. Si uno está en guerra con la humanidad, en las guerras se mata y se muere. ¿Por qué a un menda que comete semejantes acciones lo tratamos con la delicadeza que fiscales y jueces generalmente los tratan y que a la policía le obligan a practicar?
Así estamos. Todos los días. Algunos homínidos dicen volverse un tanto locos y matan a su mujer, a la cuñada, a la vecina, a alguien que pasaba por allí. Unos que descuartizan en sótanos secretos con cámaras frigoríficas, otros en plena calle, balcones, terrazas, en cualquier lugar y, para algunos, mejor si te pueden ver. ¡Joder que macho soy! O no, simplemente que perdí el conocimiento, que no sabía lo que hacía, que el alcohol, que la cocaína, que me puse súper nervioso… sabes, que no sabía lo que hacía. El caso es que si yo veo que estás pegando a una señora, particularmente, sí sé lo que voy hacerte: te mataría hijo de puta, y entonces a mí –sí- me caería lo más grande, acaso estaría recortando tu libertad de actuación del hijo de víbora con viruela asesino de débiles.
Todos los días tenemos una tragedia de este tipo. ¿Por qué? Ya sé que ha ocurrido siempre y que ahora tenemos más información de los sucesos, pero también sé que la estadística se ha multiplicado y que hay una extravagante búsqueda de la notoriedad perversa en estos seres de sangre podrida. A este paso y con esta concurrencia, empezaremos a hacer competición de maltratadores, de especialistas torturadores, de asesinos especialmente truculentos. Llegará un día que haremos academias para reciclaje de asesinos múltiples, master de homicidios, de asesinatos con o sin alevosía.
Vaya vaya, y como es un estado de derecho que garantiza lo mejor para el individuo, a estos individuos los tengo que mantener yo, y usted amigo. ¿Qué es esto? Por la tarde hay Gran Hermano, por la noche, Gran Hermano Asesino. Ya lo hay en canales americanos y supongo que en árabes y japos.
Ni hablar ya de los cobardes asesinos organizados que preparan sus artefactos y matan despiadadamente en aras de la política. Individuos asociados en su cobardía a colectivos cuyo lema y razón son el odio y un enfermizo complejo atávico. Un individuo que pone una bomba en un supermercado y mata a veinticinco, ¿merece que yo lo mantenga?,  y que, como sabemos, algún día incluso tenga la libertad y el placer de reírse del asesinado, de su familia, o de mí mismo. No, no, ¿pared y cal?
Que no se asuste el lector intuyendo una reivindicación de la Pena de Muerte. Pero sí reclamo que “ojito” con las sentencias que hay mucho estulto en la judicatura (con todos mis respetos) que no ha vivido nada y se dedica a impartir una justicia light, guay, cool. O tiene el miedo en el cuerpo, como también es común. Querría una justicia fulminante, pero me tengo que conformar con las perpetuas, pero a éstas las quiero perpetuas de verdad. Por supuesto que me gustaría exacerbar un muy buen funcionamiento de la Justicia, y el garantismo del reo. Pero quisiera el rigor necesario, el rigor verdadero,  que no permitiera que muchos de estos delincuentes se rían de la Justicia y nos hagan remover, literalmente, ríos y estercoleros con la utilización de dineros que salvarían cientos, miles de economías familiares. Y quiero Trabajos Forzados, en mayúscula, duros duritos, yo no quiero alimentar a ese hijo de puta, no tengo por qué.
Todos sabemos de lo que hablo. ¡Qué atraso! ¡Qué horror! Como me atrevo a sugerir lo que millones pensamos. Salvaje medieval. Enfermo inquisidor. Pero no, no es así. Yo no quiero que se torture a nadie, ni Auto de Fe alguno, quiero que delitos como los que estamos viendo y sufriendo, tengan su justa correspondencia, insisto, con exhaustivas garantías pero con un rigor suficiente. Esos asesinos específicos están en guerra con la vida, con la sociedad, con su sobrina o con el frutero de la esquina, y en la guerra se mata y se muere.
Mucha modificación constitucional y zarandajas para incremento del gasto y seguridad en el puesto político mientras se tramita, pero por qué no hablamos de una modificación seria – seria, por favor- del Código Penal. Que sea penal de verdad. Yo veo que excepto cuatro miserables, asesinos y sicópatas más que patológicos, aun siendo condenados, acaban paseándose por las mismas calles donde paseamos ustedes y yo, de quienes vive. El asesino noruego de la isla vive mejor que usted y que yo. Dan ganas. El asesino abertzale tiene mejor pensión que la del padre de usted o de su abuelo. Dan ganas. El asesino múltiple puede releer a Dostoievski, y para usted o para mí, ello es casi imposible. Mierda, dan ganas.
Y encima, que haya que decir todo esto con boca pequeña y que no te oigan muchos, ni pensar en dejarlo por escrito y menos reivindicarlo, que en este Occidente tenemos mucha libertad y fraternidad. Vaya vaya. Pero no señores, este no es un debate enloquecido por la religión como ocurre en muchos países que criticamos. Esto es la conclusión a la que se debiera llegar en casos tan evidentes como al que hoy hemos asistido, como a los que asistimos muchos días.

 

Es tremendo que yo tenga que ser el que cuide de un sicópata asesino asqueroso. Es terrible. Yo acuso a los que me obligan a ello.
Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).