ENRIQUE LÓPEZ VIEJO


Escribir es una ocupación, una manera de pasar el tiempo y comentar algunas cosas, de entretenerse con ciertos asuntos, de observar lo que ocurre en este mundo grande o pequeño que se tiene cerca. O de lo que ha ocurrido, o de lo que ocurrirá. Realidad o ficción. A mí me gusta más la realidad y el pasado, el futuro no me gusta demasiado en la medida que no soy adepto al progreso por si mismo, no soy fans del avance ilimitado, me gustan a la par el progreso y la tradición, pero prefiero la lentitud que la aceleración y el futuro futurista no presenta muy buen aspecto ni tiene una estética que me seduzca demasiado.
La lentitud permite un mayor conocimiento de todo y un mayor disfrute de ese todo. Envidio a los lentos de pensamiento, aquellos que tienen un espíritu calmado, que no se precipitan y hacen del análisis y la reflexión las columnas de su pensar y proceder.
Fue sir John Franklin, el ártico explorador inglés de mediados del siglo XIX, un paradigma de la lentitud y un encantador adalid del progreso que para ello se hizo descubridor. Su mirada y pensamiento eran tan lentos que tras observar un perfil de costa determinada podía reproducirlo cartográficamente, y su conocimiento de cualquier geografía era providencial.
 Sir John Franklin
Fue un marino único. Como valiente capitán de sus expediciones, no puso freno alguno al riesgo del progreso que suponía un descubrimiento geográfico como el que pretendían, una de las aventuras principales del mundo de la exploración internacional que protagonizaba la Inglaterra Victoriana, y el sobrio Franklin apostó su vida en ello. La perdió, que fue lo propio y el inicio de una leyenda trágica, muy trágica.
De Tasmania donde tuvo un primer destino, en las colonias penitenciarias, fue enviado a buscar la quimera geográfica que era el Paso del Noroeste, una vía a través del mar muy por encima de los Grandes Lagos Canadienses, un canal practicable que atravesase el Círculo Polar Ártico y condujese al Pacífico. Franklin lo intentó y no lo encontró, murió, y como era lógico en él, lo hizo lentamente, congelado y a la deriva del hielo. A él tampoco lo encontraron y eso que tanto el Almirantazgo inglés, como la Real Sociedad Geográfica, además de su esposa, poeta y viajera, armaron distintas expediciones en su búsqueda. Su búsqueda fue un reto nacional.
La muerte de Sir John Franklin
Fue un héroe muy querido en una sociedad en la que los exploradores eran los protagonistas principales del Imperio que estaban creando, época de los grandes descubrimientos de los europeos en las regiones árticas y africanas, de personajes como Richard Francis Burton o Samuel Baker. Sir John Franklin fue especialmente querido por sus coetáneos, como David Livingstone poco más tarde. Decenas de preciosas baladas se escribieron en su recuerdo, la imaginación popular quedó cautivada por el héroe desaparecido y por la intensa búsqueda que suscitó, expediciones al Polo Norte que traerían un mayor número de catástrofes e importantes descubrimientos. Antes que Chaplin, fue “el hombre que se comió la suela de sus zapatos”, así imaginaron sus coetáneos el hambre que sufrieron. Un hambre diferente al de los pícaros y truhanes de las novelas de Dickens, al de nuestras joyas literarias del Siglo de Oro.
Hay un precioso libro que se llama El descubrimiento de la lentitud del polaco Sten Nadolny que trata sobre el concepto del conocimiento reposado y sobre este famoso capitán Franklin que fue en su día, en su época, una verdadera estrella… polar.





Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).