ENRIQUE LÓPEZ VIEJO




Pienso en el amor y todo lo que el amor conlleva. Y digo lo que pienso, o mejor lo que siento. Pienso lo mejor del amor amor, del amor fiel y sereno. De la pasión lo hago muy relativamente. No siempre pienso que la pasión sea lo mejor aunque entendamos sea esencial en el amor. 

La pasión puede ser caduca y, generalmente, lo es, y terminar, por muy fantástica, por muy divina y eterna que haya sido. Por muy febril y vehemente, continua y ascendente, acaba perdiendo su intensidad y fulgor.

El amor amor no. El amor mayúsculo tiene eternidad en sí mismo.
Generalmente la rosa roja viene a expresar pasión, eso dicen. Todo el mundo parece emocionarse con ella, con un ramo de rosas rojas. Al recibirlas, algunos inclinan su cabeza ante ellas, cierran sus ojos e inhalan su perfume. Otros se emocionan o, inmediatamente, se implican en una mirada seductora tras ellas, se hacen cómplices. Más vehementes, muchos las estrechan contra su pecho, a su corazón.
Rosas rojas, pasión. Será así, pero a mí no me ocurre lo mismo. A mí la rosa roja me abruma, me provoca un ligero espasmo, una cierta sensación desagradable, desasosegante. Me resultan más mórbidas que vivas, su presencia me puede poner nervioso, el efecto de su entrega lo siento más decadente que apasionante.
No me gustan las rosas rojas. Es un terciopelo que no.

La original rosa rosa sí, la de su propio color. Es dulce como la miel, tierna como una caricia, es la belleza amable, exalta la sonrisa y la alegría. Clásica y eterna, es perfume en sí misma. Es la más rosa de todas las rosas, y en inglés lleva sobrenombres tan divinos como Sexy Rexy o Lovely lady.
Rosas evanescentes, flores champaña, muchas doradas, muchas crema, como la que llaman la rosa nevada… tan divina ella. Las espléndidas rosas amarillas y las naranjas, la que llaman Remeber me, flores que son reinas coronadas en la exaltación de sus pétalos, alegres satinados para vestir momentos plácidos y tranquilos. Son flores de calma, pero también de placer.
Rosas azules, -que los floristas las han creado-. Hay rosas añil, muy atrevidas. Hay rosas azules con todos los tonos existentes en el firmamento y el agua. La rosa celeste que ilumina la nostalgia de la infancia, el recuerdo de los sueños adolescentes. Algunos dicen que las rosas azules evocan la ausencia o el deseo de presencia. El azul de las rosas a veces duele del anhelo y del recuerdo, por lo que muchas veces sólo trasmite tristeza. En días más optimistas, el azul de la rosa quiere confundirse con el cielo, ofrecerse milagroso cuando lo acercas a tu rostro respirando su perfume. Dicen que es la rosa azul es la flor del olvido, yo no lo creo.

Y como para no creérselo, (pero que casi existen), hay rosas negra s, origen de extravagantes leyendas. No son negras propiamente, pero sí muy oscuras, vienen del rojo de la sangre de la propia flor. Son un terciopelo casi negro. Sabáticas, perversas, malditas. Rosa negra en los sueños, en los deseos, en la piel, en la esquina de la noche. ¿Qué decir de una rosa negra?
Finalmente, es el blanco de la rosa blanca el más versátil, el más dúctil, tierno y condescendiente. Una luz, un pequeño sol en la mirada. Su aliento amoroso. Puede parecer seda o algodón, puede convertirse en un tul o una muselina, un organdí. Cuando brilla, fulge con la pureza más fascinante, siendo la imagen prístina de la belleza en esencia.
Amo la rosa blanca, el rosa blanco y la blanca rosa, la calma del amor reposado, del amor tranquilo, del que se pretende eterno, que no se altera. La pasión pasa, el amor es para siempre, siempre que sea verdadero amor. True love. Dicen que los poetas han de ser apasionados. A mí se ocurre que ello no es en absoluto necesario. Que no tiene por qué ser así. Que uno puede limitarse a observar.
Quizás ocurra que el poeta está cansado, fatigado de otras pasiones vividas. Uno puede pretender la calma de un verso, de un verso o dos, de un beso, de dos, tres, el dulce placer de besar el blanco de una blanca rosa.

*Hay nombres preciosos para las distintas clases de rosas, Troika, Marcangelli que los ingleses llaman snowball, bola de nieve. La Freedom, la sweet magic, pero el nombre que dejamos para este punto final, es la rosa Albertine, nos parece la más literaria.
* Dicen que las rosas evitan los venenos y nada más chic que un rosa en el lavamanos junto a los vasos en la mesa. Nada más elegante que a la derecha de la última copa del vino dulce que beberemos antes de los licores, esté dispuesto un pequeño bol con una rosa de cualquier color flotando en el agua. Es un buen consejo.

(El abuelo de un buen amigo mío plantó el jardín de las mil rosas en el Sardinero, ciudad de Santander.)


El jardín de las  mil rosas




Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).