Entre los muchas obligaciones que necesitamos cumplir hoy día se encuentran los deberes saludistas que bajo la excusa de defendernos de nosotros mismos en términos de salud, nos dictan una serie de normas que convierten muchos placeres en delitos.

Esta nueva ideología mundial, como todas, comienza con un objetivo loable: “una vida más sana para que usted viva mejor un mayor número de años” o dando la vuelta a la conocida frase del cineasta Nicholas Ray, «haz ejercicio, muere anciano y deja un cadáver sano” .

De este modo, estamos obligados a cumplir con una serie de mandamientos que van desde hacer ejercicio diario, una alimentación sana, beber con moderación, no fumar…

El bombardeo mediático es diario y en todos los lugares se suceden las noticias y estadísticas que demuestran que tal o cual cosa es mala para nuestra salud. Así, el comité supremo de la Organización Mundial de la Salud, el sanedrín saludista, nos advierte: “Al menos un 60% de la población mundial no realiza la actividad física necesaria para obtener beneficios para la salud”. Y añade: “Esto se debe en parte a la insuficiente participación en la actividad física durante el tiempo de ocio y a un aumento de los comportamientos sedentarios durante las actividades laborales y domésticas. El aumento del uso de los medios de transporte “pasivos” también ha reducido la actividad física.”

 

De este modo, sólo los que se pueden permitir el lujo de ir andando a su trabajo o los deportistas tienen derecho a comerse hamburguesas de media libra, fajitas de frijoles, queso y carne y buenos helados.

Puestos a prohibir tampoco se puede prohibir todo. Por eso la función de estos avisos parece ser la de crear un estado de alarma permanente y confuso, ya que lo que hace un tiempo era malo ahora es bueno y viceversa, como ha sucedido con el azúcar y sus sustitutivos, el café o cierto tipo de ejercicio físico.

La coartada saludista para dictar modelos de conducta se basa en que nuestra salud ya no depende en exclusiva de nosotros, sino de organismos o ministerios de Sanidad que vigilan con fruición para que no quebrantemos las reglas básicas de la convivencia saludista, pues muchas enfermedades se pueden evitar con un régimen de vida saludable, con el consiguiente ahorro del gasto público. Eh, si, tu salud es cosa de todos.

Desafortunadamente, aunque caminemos diez mil pasos diarios, eludamos productos cancerígenos y cumplamos a rajatabla los cánones saludables, la muerte sigue estando presente en nuestras vidas, tal vez porque lo más daniño no es tanto el sedentarismo al que nos obliga nuestra actividad laboral, sino lo que rodea el trabajo en sí mismo, las estrecheces económicas, los disgustos de orígen variado, el consumismo desaforado o las prisas con que nos movemos.

 

 

Cierto es que se vive más años que antes y si nos preguntamos la razón, los científicos nunca dirán que se ha conseguido porque se fuma menos (teniendo en cuenta además que la esperanza de vida lleva creciendo desde hace varias décadas atrás) si no por un número menor de conflictos bélicos, los adelantos en la medicina, la ciencia y otras cuestiones que poco tienen que ver con el seguimiento de una dieta sin calorías.

Encima, parece que todo lo que te puede gustar es perjudicial para la salud. Si, incluido el sexo. Si se practica a menudo se llama adicción sexual y lo mismo que cualquier droga hay numerosas clínicas destinadas a desintoxicarte no te vaya a ocurrir como el actor Michael Douglas que culpó a su cáncer de garganta al exceso de sexo oral.

Por todo ello si no cumples con los preceptos saludistas serás visto con malos ojos por los testigos de tu fechoría sin faltar el aviso de alguien cercano que nos pondrá en guardia en contra de nuestra imprudencia.

De ilusiones vive el hombre, y no es menor las de creer que obedeciendo el mandato saludista podremos alcanzar los ciento tres años en perfectas condiciones físicas y mentales. Al contrario, dudo que sin dar rienda suelta a nuestros pequeños placeres podamos sobrellevar nuestras duras existencias por mucha agua mineral que bebamos.