ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

El día de los enamorados, el día de San Valentín, es una fecha proclive para grandes promesas, románticas esperanzas, juramentos de amor eterno, y también, por qué no decirlo, de grandes conflictos. 

El amor es asunto hermoso, pero no lo es menos y en distinto orden, el lenguaje, y como aquí nos gusta rizar determinados rizos, vamos a recrearnos brevemente con un léxico adecuado para las peleas entre enamorados. 
Empezaremos con algunos insultos especialmente curiosos, sonoros y extraordinarios, de uso poco frecuente. Luego visitaremos distintas categorías que nos sirvan de arma verbal en sus variados grados y para diferentes enfados, que siempre hay de todo. En el día de los enamorados parece una barbaridad el artículo que os presento, pero estoy seguro que lectores como vosotros me comprenderéis, y espero poderos divertir un rato con el recordatorio de estos vocablos, sustantivos y calificativos, que tanto y tan comúnmente los utilizamos en esta vida. En un día tan candoroso como es este catorce de febrero, podrá parecer insidioso o desagradable recordar estos insultos que conforman caracteres, verdaderas categorías del ser y del sentir humano, pero proferirlos supone una manera de relacionarse como cualquier otra. Hay mucha gente que procede a insultarse sistemáticamente cuando se ve, cientos de miles de parejas de enamorados. Es triste. 
Todo ha venido a cuento de la lectura de un libro maravilloso. Inventario General de Insultos, un libro de Pancracio Celdrán Gomáriz editado por Ediciones del Prado, que ha resultado ser un verdadero placer, un tesoro. Una lección sin igual de nuestro idioma, con riquísimas y preciosas explicaciones sobre todo este asunto de las injurias. Pura psicología, sociología, antropología, lingüística, etimologías, una joya literaria con una jerga divina. 
Iniciemos el breviario y disfrutemos de pensar en insultar a alguien, al amante, al amado, al amor… o a otros, a quiénes queráis amigos. Allá vamos.
“Querido, tengo que decirte que eres un ñiquiñaque, un botarate, un mequetrefe”. El primero, ñiquiñaque, es un improperio raro y extraordinario, el segundo es relativamente común, y el tercero cada vez se utiliza menos. Los tres devienen en calificativos encantadores que definen a un ser despreciable. Utilizables para ambos géneros, femenino y masculino. 
El ñiquiñaque es un pamplina y un papanatas. Puede ser un pardillo y un patoso. Un ñoño mojigato, un chupacirios, un soplagaitas, un meapilas, un don nadie, (adjetivación sobre la que volveremos). El botarate, ya se sabe, un loco muy loco, una persona sin sentido, y el mequetrefe es algo diferente. Para la Real Academia de la Lengua, es un meticón de poco provecho. Pero todos sabemos lo que es un mequetrefe, palabra que hay que utilizar como se merece a quien se la diriges. Los tres son insultos estupendos con cuatro sílabas sobresalientes. Los tres son excepcionales. 

Otro improperio fabuloso y que estoy seguro casi nadie habíamos escuchado antes, es el de pelafustán. “Mi vida, tu lo que eres es un pelafustán” es algo que nunca vamos a escuchar. ¿Alguien lo conocía? ¿Qué opina, querido lector? ¿Divertido? Aunque pudiera parecerlo, un pelafustán no es el jefe de un clan nómada euroasiático o mongol, no, no es un hombre a caballo, no es un caballero. Un pelafustán es un vago y un holgazán, un haragán, un mandria, un gandul. Un mandria es un inútil, suena muy mono, como mandril, como macaco. ¿Un gandul?… pues un tunante, lo sabéis. Un gandul siempre “está hecho un buen golfo”.

Quienes hayáis empezado a leer estos párrafos, observaréis que unos insultos nos llevan a otros. Sus trasuntos pudieran no tener límite y podríamos escribir sólo improperios, uno detrás de otro, pero ¡uf!, esto sería muy arduo y, en consecuencia, aburrida su lectura. Pero maravillas como este insulto no se escuchan todos los días. Con pelafustán hemos entrado en la categoría de los vagos, grupo amplio y diverso, que comprende a los jetas y a los caraduras, cuya indolencia, pasividad y, como poco, desinterés por todas las cosas, suponen un normal motivo de litigio entre las parejas: -que si uno, que si otro-, “que si estoy harta”, que si “estoy cansado de hacerlo yo todo”. 

En este ámbito de los haraganes y la holganza encontramos entre muchos y variados a los zalameros, a los chirimbainas y chiquilicuatres, a los orates, y a los candongos. A éstos, a los candongos les tengo una estima especial. Mi padre me llamaba candongo, me decía que “tú eres del género candongo”, que aunque parece como africano, Celdrán, en su fabuloso Inventario de insultos, nos explica que el candongo es un adulador lisonjero, un astuto remolón. Es un ser que, casi siempre, le importa todo tres cojones, que se la trae floja, por decirlo de una forma muy directa y con sus pertinentes letras “jota”, pero que se tira el rollo muy bien. El candongo es un cachondo. Suele ser un simpático.

Respecto de los orates, no son gente que reza precisamente, sino aquellos que pierden el juicio, la moderación o la prudencia, como explica el diccionario de la RAE. Los orates, generalmente insoportables, pueden caer graciosos, resultar divertidos. La bohemia está llena de ellos. Las artes y la cultura, desafortunadamente, también.
CARAVAGGIO. LOS JUGADORES DE NAIPES

Otro adjetivo que me gusta excepcionalmente es el de mentecato. “No seas mentecato”. Es un epíteto encantador. Ser un mentecato es ser un insensato irresponsable osado y gilipollas. Es otro clásico, como lo son los calificativos de mamarracho, majadero, la gente como Abundio.

El mentecato es un osado muy tonto, un fatuo loquito. Y Abundio… Para ser “más tonto que Abundio”, hay que ser muy tonto y muy bobo, las dos cosas, casi en grado de idiocia o imbecilidad, cuestiones que trataremos en próximas entregas. Famoso este Abundio, tenía su particular locura. El figura pensaba que con su inmoderada dipsomanía, con su sed, su alegría y estando afecto de una desmesurada incontinencia urinaria, podía regar su cortijo cordobés, sin necesidad de otro medio de riego ni encomendarse a las nubes del cielo. Ya le valía. Pobre de Dios.
Tenemos otro buen insulto especial y superlativo que es el de badulaque, otra ofensa verbal que tampoco escuchamos jamás de los jamases. Para éste palabrón, Pancracio Celdrán ofrece significados distintos en diversas geografías, pero todos califican a una persona sin entidad, de escaso fundamento, incumplidor, inconsistente, persona nada seria. El badulaque es otro don nadie, como lo son los mindundis, los chisgarabís, los quídam. Como lo es un pelele, persona idiota cuya calificación como insulto era antaño muy utilizada y con pictóricas evocaciones goyescas.

Pelele, de niños se utilizaba mucho, era un insulto de patio de recreo y, aunque grave, estaba permitido desde la tierna infancia. “Eres un pelele”, “no seas pelele”, al menos en mi generación, era muy común. Pelele es de los insultos que yo llamo “Siglo de Oro”, pues me parecen perfectos clásicos de la calificación. Hace falta ser muy tonto para ser un pelele. “Hacer el pelele” es ser un verdadero idiota, un guiñapo. El pelele era un muñeco de trapo, un andrajo, una suerte de espantapájaros con el que se jugaba y servía de mofa en fiestas y carnavales. Humano, figurón o maniquí, es un desastre ser un pelele. (Peor es ser -o que te llamen- meliloto, un extraño insulto que significa lo mismo. Pero es raro que esto ocurra, que traten de ofenderte llamándote meliloto… no es un insulto que conozcamos, no nos lo sabemos nadie.)

Hay que señalar que las tres vocales “e” y sus dos “eles” que conforman el vocablo pelele, lo hacen sonar de forma muy especial, pues se acentúa en sus tres sílabas. Para un amante atontado por la causa que sea, un amor atolondrado, el pelele es una calificación bastante precisa. “Está hecho un pelele”. 
Recordaré al lector interesado, que hay una novela que precisamente trata este asunto de la guerra de los sexos en el ambiente español del siglo XIX, desde la perspectiva de un decadente belga y francés, el libertino Pierre Louÿs, escritor erótico autor de las novelas Bilitis y Afrodita. Su título, La mujer y el pelele, explica sobradamente su argumento. Hay mucho en la literatura, en miles de protagonistas novelescos. “Hay mucho pelele en todas partes”.
FRANCISCO DE GOYA. EL PELELE

Tras esta imagen eterna del cartón de Goya, queridos lectores, seguimos con más calificativos únicos, vocablos utilísimos para las disputas y los desencuentros amorosos, celebrando el romántico día de hoy.

Con la letra “pe” hay algunos muy utilizados y de gran interés, como lo son el pingo y el pingajo. Son cómodos, fáciles de decir. “Estás hecho un pingo”. O el de pringao. “¡Pringao, que eres un pringao!”, que es de rápida interlocución. Hay toda una serie de ellos: pelagallos y pelagatos, hay soplapollas, lamegaitas y pelgaitas, chorra al aire. Están los pelanas, los pánfilos, todos ellos verdaderos peleles, unos auténticos petardos. Ya hablaremos de palurdos, paletos, garrulos y gárrulos, que los hay esdrújulos. En su momento.
Hagamos una reflexión –para que no se olviden-, de los tres insultos estupendos que acabamos de citar antes de referirme a los peleles, los de mindundi, chisgarabís y quídam. Los tres tienen su enjundia y sabor, propios de una rica facundia, de una divertida elocuencia. Son taurinos y cañí, son de paseíto con bastón y resabio clasista. El último, quídam, sólo lo dice el señorito fino. Mindundi y chisgarabís se manejan muy bien, y son lo suficientemente despectivos. Quídam no es una alusión, es la elusión del personaje. 
Mindundi vuelve a tener mucha actualidad. Se está volviendo a escuchar con frecuencia, siendo muy común en la época de nuestros padres. “Ese… ese es un mindundi”, se decía casi siempre de terceros y, aunque sus sílabas sean muy musicales, la descalificación es realmente seria. También lo de “ese es un pinta”, y peor aún… “ese es un paria”. Un chisgarabís es lo que es, muy poco, nada, eso, un pobre chisgarabís, la misma palabra lo dice con sus cuatro graciosas sílabas. 
Quídam tiene su misterio, su elusión en sí misma como palabra y en su significado. Un quídam es al que se quiere ignorar, al que no se quisiera ver. Generalmente un ser despreciable, menos que un don nadie, que un cualquiera, que una cualquiera, (algo fatal en masculino o femenino). Un quídam es peor aún, eres nada para quien te lo llama, para quien dice de ti que lo eres. Se escucha raramente y es bien curioso. 
Continuemos con otro agravio verbal muy especial, un insulto fenomenal, de máximo nivel, también muy sonoro y curiosísimo. Es el de bultuntún. Bultuntún dicho con precisión -que no como rima, al tún tún-, dícese del bocazas, del cantamañanas, (el singermorning), del que habla sin ton ni son. No es fácil decirlo: eres un bultuntún, un cotilla. Un chismoso charlatán que, como refiere Celdrán de un autor del siglo XVII, Martínez de la Parra, define al bultuntún como aquel “quien siembra la perversa cizaña de la discordia”. Y esta definición no puede ser más interesante… perversión, cizaña, discordia, lo ideal para el desamor y las obsesiones sentimentales.
   
Y como bultuntún, que tiene sus vocales y acento, tenemos otra maravilla con el vocablo pitiminí. Pura letra “i”. El pitiminí siendo una planta parasitaria que se nutre de la alfalfa, de ortigas y tréboles (si tiene mejor suerte), se dice del ser sin entidad propia, de quien carece de personalidad, alguien sin importancia, y que, además, es un cursilito, un cursilón, rarito, pipiolo repipi, un o una meapoquitos, un petimetre, (ambos adjetivos, estos últimos, que requieren una curiosa y extensa explicación que dejo para otro momento.)
     
Con estos insultos de bultuntún y de pitiminí, recordamos otros dos especiales e infrecuentes de estos líos del chisme y el bla bla bla, (el potin francés, que también suena como suena). Son los de fodolí y macana, inusuales también.
   
Un fodolí es aquel que lo enreda todo. El liante tergiversador. ¿Lo habían escuchado? Yo no. Fodolí… tampoco es fácil decirlo. El segundo, el de macana es el personaje que se harta de decir mentiras y patrañas, otro enredas. Un malediciente. Es poco probable que dos enamorados se llamen así, “tú eres un fodolí”. Raro, muy raro. Pero lo de macanas, en los tiempos modernos puede que resucite. Hay mucho mac ahora, siendo eterno el mac de macarra. Puede que en el futuro las mamandurrias sean macmamandurrias; de hecho, ya hay macmacarras.
   
Otro magnífico y sobresaliente es lilipendón. Imaginaros que te llaman “lilipendón, más que lilipendón”. Es improbable que ocurra, pero es innegable que es un insulto mayúsculo, que ofrece cierto placer al enunciarse. Pruebe a decírselo a una mujer, al esposo o al amante; al despertarse, o al descorchar una botella de vino ante la mesa puesta: “amor de mis amores, eres un lilipendón”. Con lo que estás llamando a tu partenaire redomado imbécil, o que piensan de ti que eres una perfecta idiota, que esa es su acepción real. Pero lo cierto es que nadie se va a enfadar porque lo llames así, tiene su fundamento frívolo, lo de pendón. Se puede perdonar.
   
Lilipendón es un insulto simpático, ofrece su alegría. Probad. Decírselo a vuestro amante cuando lo veáis luego. Como ocurre, con diferente sonoridad, con los de tararira o tarambana, que son caracteres humanos parecidos. Suenan a chirriante trompeta en la plazuela, a charanga y pandereta, a mucha tontería. Ya te vale si eres un tararira, pero si además eres un tarambana, mal asunto. Hay poco futuro para los tarambanas, y no son tiempos para tarariras.
    
Igual y con la letra “te”, el que falta es el turulato. Es terrible ser un tarambana turulato, un turulato perdido, un completo turulato. Pero si además eres un tararira o un tarambana sin solución, la cosa se complica. No future, ni en el amor, ni en nada. En términos sentimentales, para ambos géneros humanos, es fácil liquidar una relación diciendo, “querido, se acabó, eres un tarambana”, o el famosísimo, “tararí que te vi” que tanto escuchamos y tan bien utilizado es normalmente. Que la cosa está muy difícil. 
    
Una ofensa extraña, vocablo que me ha encantado volver a leerlo -que nunca lo he escuchado-, es fementido. Es aquella persona que falta a su fe, a sus juramentos y promesas, a su palabra, que no tiene honor. Ideal para romper un noviazgo de forma fina. Que tengas que escuchar…“tengo que decirte que eres un fementido”, es una faena, puede hacerte pensar que eres… así así. Como para llamar al psicoanalista, para pasar de perfil ante el espejo.
   
Rotundos son granuja y bellaco. Ser un bellaco es ser un mezquino y un miserable. Un bellaco es muy mala persona proclive a diversas calificaciones. Es un mal pájaro, un pajarraco marrullero y cabrón, astuto y sagaz, un mal bicho. “Mientes bellaco”, eres un bicharraco. 
   
Suele ser un insolente y un descarado. Como lo es el granuja, que es otro insulto clásico, menor en estas calidades de lo malvado. Un granuja es un pícaro, un pillo. Una granujada tiene su perversidad, pero no es como una bellaquería. El granuja es un rufián o un perillán, dos importantes tipos del género “Siglo de Oro”. Pero habiéndolos relativos, en distintos grados y ambientes, un granuja es un granuja y, generalmente, es un granuja cabrón. 
     
Como malo y perverso es el bellaco, lo es más el canalla, el ser un canalla. El canalla es mucho, es un eterno malvado. “Eres un canalla” es terrible en todos los órdenes: en la vida, en la cama, en la literatura, en el cine. Una canallada es asunto muy grave. “Todas las canalladas que me hiciste”, no puede ser frase más triste cuando no violenta. Un canalla es un vil supervil, un malo muy malo, un ruin y despreciable. Sin moral alguna. Es un tipejo téngase el aspecto que se tenga, que los hay muy atractivos.
    
El rufián es todo un clásico, insulto “Siglo de Oro”. Es el hombre sin honor, perverso y despreciable en la acepción que nos da la Real Academia. También es el chulo de mancebía, pero ya nadie lo entendemos así. Está con los del género pícaro, con la mala gente, los malafollá, los malasangres, los mal nacidos hijos de perra. Es muy masculino. Particularmente, nunca he oído que llamasen Rufiana a una mujer, aunque sé que las hay. Santa Rufina fue una mártir sevillana en los tiempos de Roma, patrona muy venerada, guapa y coquetona, muy cristiana y malquerida por su fe y por el obsesivo patricio pagano que la “echó” a los leones, enormes felinos que aún hambrientos la indultaron, y a la que tuvieron que cortar la cabeza fatalmente para conseguir acabar con su vida, como lo hicieron con su amiga Santa Justa, con la que vivía en su casita. Otras cabezas cortadas.
   
El perillán es un astuto relativamente simpático, es un tipo perfectamente homologado e instituido. También es muy masculino, pero siempre lo he escuchado en voces femeninas. La abuela riojana de una amiga me llamaba perillán, algo que ninguna otra mujer me lo había llamado antes. (Tampoco rufián, gracias a dios.) Rufián es grave, perillán no. El perillán es más un trasto, un trapisondista, un truhán, por recordar tres insultos con la letra “te”. (El truhán, ya lo dice la canción, se puede convertir en señor, así que tiene arreglo.) 

George de la Tour. LA BUENAVENTURA

A canalla, adjuntamos felón, traidor. Es un insulto con gran entidad. Felón no se dice en disputas normales, pero es muy literario e histórico. Es un insulto que con dos sílabas, se crece muchísimo, se hincha como palabra. Tiene poder. Más de dos décadas tuvimos a un rey felón, un Borbón, Fernando VII, tan goyesco también. La felonía es la deslealtad, la perfidia y maldad, fundamentalmente: la traición. La traición en el amor es muy nociva, es imperdonable, es veneno mortal. Una gran traición, marca una vida, y a veces, provoca desastrosos desenlaces, muertes pasionales. 
    
Felón y felonía suenan fantásticamente; fiscalizan. La felonía sentimental es muy propia de nuestros tiempos tan proclives al adulterio. No se utiliza en peleas que no sean entre intelectuales, nadie nos decimos cuando nos peleamos, “has sido un felón conmigo”. O felona, que también lo hay en femenino rimando con lo muy felino.
   
Y con la letra “efe” tenemos otro epíteto soberbio, el de facineroso, que es un agravio divino, y que es un ser todavía peor. El facineroso es un tipo peligroso. Es el delincuente irredento, múltiple y alevoso, contumaz y porfiado, lo dicho, peligrosísimo. Ser un facineroso es una categoría legal, es un fuera de la ley, puede ser un forajido. Cuando encuentras la existencia de uno de éstos hay que susurrar o emitir palabras mayores, aunque en parejas de enamorados, algunos modelos resultan tan encantadores como Bonnie and Clyde o Bucht Cassidy, Sundance Kid y su amor interpuesto, por acercarnos a otras praderas. Pero ningún amante le dice al otro “eres un facineroso” si no está muy dentro de lo delincuencial y teniendo plena conciencia de ello. 
  
También a este género “legal” de insultos pertenece patibulario, alguien que provoca horror y espanto, y que tiene la muerte próxima en un estrado, en un paredón, en la horca. Da escalofríos. Sólo una amante docta en derecho te diría: “aléjate de mí facineroso patibulario”. Si es así, mejor alejarse pronto de ella o de él… la cosa se pone más que seria, y en tiempos tan locos como los actuales hay que tener cierta prevención. Quien te dice una cosa así es de “armas tomar”. Tiene mucha mucha personalidad. 
   
Menos insidiosos y más elegantes, dentro de estos calificativos extravagantes y poco comunes, hay dos que particularmente me encantan: los de crápula y libertino, de significados muy parecidos. Ambos tipos humanos carecen de moral y tienen sus respectivos géneros en el cine y en la literatura. Los crápulas son abundantes en el Cine Negro; los libertinos tienen cumbres literarias tan magníficas como las Memorias de mi vida de Casanova, o Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos. 
William Hogarth. LIBERTINOS

Realmente, ser un crápula es asunto fatal, pero les hay muy divertidos. Su acepción actual es peyorativa, pero la real es muy entretenida: el hombre de vida licenciosa, la disipación, la ebriedad. La última vez que me puse a tratar este tema escribí cuatrocientas páginas sobre un ser paradigmático del género, Maurice Sachs, escritor parisino, alma de cántaro. 
    
Un libertino es calidad superior. Oro fino. Culmina este tipo humano en el siglo XVIII, con pelucas y a lo loco. El sin par Casanova, la corte de Luis XV en Francia, los festivos Augustos reyes de Polonia, Lituania y Sajonia; toda Venecia, la Pompadour, la du Barry, le marquis de Sade, rien ne va plus… son capítulo aparte. Libertinos hay desde la antigüedad. Se licencian en la Grecia clásica, se doctoran en Roma, bajo el Imperio, y se continúan hasta nuestros días, con épocas de alta especialización como las del divino rococó dieciochesco. 
   
El común del género humano tiene muy mal concepto de los libertinos. Es una lástima, pues son buena gente. ¿Por qué no? Seamos positivos. Aún limitando la tolerancia pública o privada, desearía se mantuviese el respeto hacia aquellos que “no saben decir no”. Quien estos párrafos escribe, valora a los libertinos como lo hace a los hedonistas o a los santos epicúreos. Los últimos latines y filosofías que muchos recordamos, son los de Carpe diem y ad libitum, antes del sit tibi terra levis, que la tierra te sea leve, el R.I.P del que no te levantas del camposanto per in secula seculorum.
   
Continuando estos párrafos, es una pena no poder hacerlo y extenderse con estos decadentes disipados, y tener que hacerlo con otro nivel de notables en este género de calificativos, el tener que hablar de los asquerosos, mucho más nocivos y repelentes que libertinos y crápulas. Pero así es la vida y es inevitable observar que con demasiada frecuencia los cónyuges, el marido, la esposa, el novio, la novia, el amante, el querido, los apaños, los maromos y hasta los flirts, son todos unos banda de asquerosos. Esa es la realidad.
     
El asqueroso es común, y es un improperio expresivo y muy útil en toda refriega. “Eres un asqueroso”, “que asco de tío”, “¡asco me das!”. Sabe el lector que con el asqueroso estamos hablando de una mala malísima persona, mala gente, malcriados, malencarados, malhadados, malasombra, malcontentos, malo todo; estamos refiriéndonos a una mierda de ser humano, de un elemento o un notas que, como dice el diccionario, causa repulsión moral o física. Que provoca, nada más y nada menos, que “un verdadero asco”. Menudo efecto imposible para el amor.
   
Otro importante, y que tampoco podemos eludir, es el histórico maldito, el de “eres un maldito”. “¡Maldito seas!”. Exclamación eterna y muy cinematográfica, épica y muy trágica. La maldición implica todas las venganzas además de los peores deseos. La maldición es fatal y terminal. Se inicia en el mismísimo Paraíso Terrenal, allende por el río Eúfrates, con Adán y Eva, con Caín y Abel, con el mal carácter de Yahvé y sus amigos en la Tierra. Lo del “yo te maldigo” es bíblico y satánico. Desde Abraham y su banda, Belcebú y Lucifer y sus coléricos colegas, la maldición se ha practicado en todas las lides del amor. Una pena, un gran desastre. “Está maldito”.
   
Y respecto al asco, asunto vomitivo como no subrayaré más, está el determinativo de repugnante. “No puedes ser más repugnante”. Es un emético, es un “plus”. Como escoria. “Eres la escoria”. Basura. “Eres una basura”. Lo pior de lo pior. Excremento. Excrecencia. El asunto huele mal, es hediondo a más no poder. Si en una ruptura de pareja sale la palabra escoria, la cosa es que no tiene arreglo. Es muy grave. ¡Um!… 
    
Como cuando te dicen los clasiquísimos vil o villano, que eres un miserable redomado, lo que es peor que ser un redomado imbécil, que ya es. Vil es lo más malvado. Mezquino, lo más miserable, lo más ruin. 
  
Horroroso es ser un chulo o un perdis, otro insulto infrecuente, que es, nada más y nada menos, que un orate calavera, un trapacero, tramposo, falsario, farsante, “más falso que judas”. Los falsos son legión, faroleros y farfulleros de todo jaez. Lo de perdis no se escucha, no tiene suficiente fuerza, pienso.
    
El eterno chulo puede ser de distintas categorías: chulo putas, un chulo cabrón, un mero chulo, un chulazo, un chulapo, chulapote, chulito, chulo playa, un chulo piscinas, o un chulo de mierda, que resulta terrible. Chulesco es un estilo, una disposición vital. Rechulo se dice al otro lado del Atlántico con muy diferente sentido, con el que tiene cuando una cosa nos gusta, cuando decimos “que chulo es esto”. La chulería tiene su diversidad, sus ámbitos, su moral, su idiosincrasia, su indumentaria y hasta su “género chico” musical. Hay mucho chulo y muchos que “se creen o se hacen los chulos”.
  
Junto al chulo está el sinvergüenza, que no es un sinvergonzón ni un desvergonzado. El sinvergüenza es el que no tiene vergüenza alguna. Es del género de las malas personas, de las muy malas. Esencialmente un amoral. Hay sinvergüenzas de todo tipo y condición, históricos, actuales y futuros, conservadores y progresistas. Todo o mucho en esta vida, en este mundo, es una sinvergonzonería. 
  
El sinvergonzón se avergüenza de la vergüenza que provoca; y el desvergonzado, generalmente, es un alegre libertino desde joven. Los sinvergüenzas son un calificativo superior, genérico y transversal. Son bribones, golfos, a veces bellacos, a veces, canallas. Unos caraduras, personajes o personajillos muy abundantes en estas lides sentimentales. Me recuerda un amigo doctor de esbelta y cervantina figura, que las maneras del caradura en los asuntos del amor, la interposición del morro en las relaciones, (morro que pueden llegar a pisarse), suponen una pandemia en nuestros tiempos. Suele ser gente aviesa, torticera y, en consecuencia, de poco fiar, huelga decirlo
   
Y está el macarra, categoría principal. El macarra es protagonista omnipresente en el mundo occidental, extendidísimo en el oriental, y en crecimiento en todas las latitudes. Desafortunadamente, se establecen millones de relaciones entre macarras sin fronteras, que provocan aún más macarradas, y arrojan un desagradabilísimo tufo en el contaminado aire del mundo contemporáneo.
     
El significado histórico de macarra es el del chulo putas, el antiguo rufián. Pero ha llegado a más, a mucho más. Su acepción moderna es muy amplia aunque se puede concretar bastante. Es el extremo de lo hortera. Del mal gusto, del más gesto. El hortera es un insulto antiguo que antes significaba ridículo, y que ahora trata de calificar lo mismo. La ridiculez de lo vulgar, feo o cursi. Su uso es continuo, común, diverso. “No seas hortera”, o… “serás hortera”. Pero no es del todo grave muy grave, y sí lo es el estatus de macarra. 
    
El macarra es un fantasma pendenciero y grosero. Es un ser singular y plural. Con mucha frecuencia es un julay y un cretino. Un imbécil que va de sobrao. El macarra suele ser un personaje turbio y, siendo normal o anormal, es un cabrón de mucho cuidado. La macarra lo mismo. “Esa tía está hecha una macarra”, es una apreciación horrible de cualquier mujer. Una fémina macarra es un nivel tremendo, y lo peor es que suele ser señora o señorita muy agresiva. No como una pantera, pero sí muy rata o incluso perra, siempre guarra, una cerda.
   
Finalmente, para acabar esta romántica serie, antes de empezar a decir animaladas, una última injuria fatal: el dimensionado hijodeputa. Un insulto fundamental, un calificativo rotundo, una categoría clave cuyas acepciones son todas graves y de la peor cualificación. El hijodeputa en el amor no tiene causa sentimental, testigo de cargo contra sí mismo, siempre lo hace mal, siempre es culpable. 
    
Se es hijodeputa por origen, formación y condición, por vocación, por malditismo, por estupidez. Por todo menos por loco. No hay enajenados hijosdeputa, aunque se diga comúnmente lo de que “eres un loco hijodeputa”, no nos engañemos. Un hijodeputa normalmente tiene sus facultades escasamente perturbadas, no suele tener justificación moral para sus actos. Un grandísimo hijodeputa es un cabronazo que abusa o agrede, mancilla y perjudica a las personas buenas, inocentes o ingenuas. Un perverso de marca mayor. Un cobarde king size.
    
A veces, hijoputa se convierte en una expresión somera aunque no deje de ser absoluta. “Serás hijo de puta”. Se utiliza muchísimo en las rupturas de pareja y en toda pelea entre humanos. Será uno de los insultos más utilizados en un día como el de hoy, San Valentín, “Menudo hijodeputa” es un pensamiento y un dicho vigente como ninguno. ¿Cómo se dice? Es trending topic.
    
Pero aquí termino por hoy. Con los hijos de su puta madre. Trataremos a éstos y todo lo injurioso alrededor de ellos, en la próxima entrega, en las fechas próximas al día del padre, para no herir maternales suspicacias, que a las madres ni mentarlas, los padres son otra cosa. Así que continuaré, mi estimado lector, (para quien no tengo más que loas y alabanzas, para los que no se me ocurriría proferir insulto alguno), en el próximo mes de marzo en las fechas referidas, cuando San José haya olvidado los devaneos de San Valentín.
Enrique López Viejo

Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).