Llovía sin parar. En mi última visita a Roma no paró de llover
los cinco días que estuve, lo que supuso una suerte estupenda y un hándicap
relativo, (…)

pues me obligó a dedicar la mayor parte de mi tiempo a visitar
distintos museos y galerías de las que abundan en la Ciudad Eterna, algo que,
además, era mi objetivo prioritario. Puede parecer una tontería, pero hay
ciudades a las que el mal tiempo no perjudica, sino que excita aún más la
curiosidad del visitante buscando los palios pertinentes. Aquellos días de
invierno en Roma llovió sin parar: tormentas, trompas, chubascos y aguaceros.

Un paraguas como bastón, un buen calzado, gabardina y taxis te permiten
recorrer ese “paso a paso” que algunas calles en la capital italiana te obligan
a mantener cierta vigilancia por los peligrosos adoquines, los sampietrini.
Roma es una ciudad con mucho tránsito, no es una ciudad fácil, y es grande, y
son italianos.
Mi Roma había sido siempre de calor, de muelles, barcos y aeropuertos,
atascos y de tener que olvidarme de señoras estupendas que nunca pude observar
en su medida. Siempre de paso. He navegado por sus costas, pero la ciudad no es
lo que mejor conozco.
Retrato de Inocencio X pintado por Velázquez
Me invitan a que escriba sobre Italia. Lo haré sobre Roma, y
sobre esta ciudad bien se puede hacer visitando uno de sus museos, en este
caso, el delicioso Palazzo Doria-Pamphillj. Roma lo tiene todo en sus
calles y museos que cuenta por centenares. El Doria Pamphillj, siendo un
palacio y colección particulares, cuenta con un contenido sublime,
sobresaliente.
Y elegir mi visita a este museo, tener un momento italiano, ha sido por
el placer que fue poder visitar aquel palazzo en solitario, un placer
extraordinario cuando de la contemplación de las artes se trata. ¿Quién duda de
ello?
Antes de nada debo “situar” al lector: este museo contiene el “Retrato
de Inocencio X”
, pintado por Diego de Velázquez, lienzo ubicado en
una salita sorprendentemente pequeña, cuando el espíritu del cuadro, el retrato
del papa y el pincel del artista español suponen una verdadera conmoción del
más alto nivel sicológico, una “anunciación” artística, algo verdaderamente
grandioso. El personaje retratado es tremendo, la obra es sensacional. ¿Qué
decir de la pintura del sevillano? Ya saben mis lectores cómo me gustan los
calificativos totales y de este retrato se me ocurre decir que es una obra
fantástica, siendo de lo más realista.
Esta vez venía a Roma en invierno, solo, y dispuesto a ver unos cuantos,
muchos, cuadros. Albergué en la casa donde viviera Bertel Thorvaldsen,
el grandísimo escultor neoclásico danés, en una pequeña habitación cuyo único
paisaje fue la lluvia tras la ventana. Ahora no recuerdo en qué calle. Es un hotelito
sin pretensiones, siendo mínima la habitación que me dieron, hasta el grado de
tener que escribir mis apuntes tumbado en la cama: tan pequeña era la mesa
escritorio. No sé ahora qué mes fue. Roma estaba en un momento turístico bajo y
encantador, los visitantes de salas y museos éramos escasos, tanto que se
produjeron distintas situaciones cómicas a este respecto. La gente no sale
tanto lloviendo y la “indolencia” y falta de ánimo que provoca la “baja
presión” se manifiesta en todos los ámbitos.
Roma estaba “vacía”, yo solo y en absoluto desesperado, nadie paseaba
tranquilamente por la ciudad, nadie hacía colas en los museos, pocos se
acercaban a las oficinas de turismo. Solo y encantado, sin dejarme vencer por
la suerte climática. Solo y en solitario mi elección el primer día fue la
Doria-Pamphillj y a primera hora de la mañana, y con su apertura me encontré
paseando por unas salas donde apenas se escuchaba el débil trino de unos pocos
pájaros mustios, y algún rumor ventoso que traspasaba del patio a las salas del
museo. El Palacio lo visité con la única presencia de dos o tres grupos
menores, unos españoles, que, como yo, discurrían cómodos y silenciosos por las
salas de exposición repletas de obras de grandísimas obras. Pronto, además,
desaparecieron de escena.
El Palacio Doria-Pamphillj, en la Vía del Corso, muy cerca de la
popularísima (y tan bella) Plaza Navona, sufrió distintas remodelaciones
para convertirse en un palacio barroco, con un final rococó en su fachada más
importante. El palazzo tiene la medida de los museos encantadores, esos
que te gusta recordar y repetir si puedes, algo que no ocurre en los Metropolitan,
British, Louvre y el resto de los gigantes que, sin embargo, te
obligan a revisitarlos dado el volumen de lo expuesto. (No merece comentar a
este respecto.)
Siendo un palacio particular, cuyos propietarios han seguido una línea
austera y en nada extravagante, un mantenimiento muy sobrio, es esta una de
las colecciones privadas mejores del mundo
. Su carácter de vivienda
familiar lo disfraza de cara al público con el acceso a algunas salas privadas
que completan la gracia del conjunto.
Nada más entrar, los ansiosos pasos te llevan a visitar el retrato de
Velázquez, de visitar al papa desde el inicio. Es lo primero que hacemos casi
todos los visitantes por la fama del cuadro, la magnitud de la obra, y por la
atracción del aire que se respira, del especial magnetismo que provoca el
semblante único de este papa del siglo XVII.
Parece que el papa te está esperando. Una maravilla en las
circunstancias que se daban, posibilitando el tener un largo encuentro sin el
agobio de otros visitantes, y tan solo con la lejana mirada de un cuidador
bostezante, un vigilante sentado de brazos cruzados.

Tras recorrer un ala del patio llegas al camarín donde está el lienzo,
un espacio pequeño, como muy íntimo. Emociona. No exagero si digo lo muy feliz
que me hizo el encuentro en ese “tú a tú” que impusieron la imagen del papa y
su rojo y blanco poderosos. Tan expresivo él, tan sorprendido yo. El papa
con toda su autoridad y carácter, el pincel de Velázquez, y mi sorpresa
contemplativa, la de un sencillo humano absorto en medio de aquel silencio, era
algo más que mágico.
Desconozco el tiempo que estuve maravillándome con
este lienzo de nuestro genio sevillano. El santo no se me fue al cielo, pero no
tuve premuras en la contemplación del cuadro.
El Doria-Pamphillj tiene mucho más; su paseo y contemplación de sus
obras suponen un placer real. No hay artificio ni excesos de uno u otro lado en
este museo. Un museo ideal para pasar aquella jornada ante las alegres pasiones
de los Carracci, los boloñeses Agostino, Ludovico y Annibale, este último
principal rival de Caravaggio.
Solo, solitario y con sonrisa extensa y amable, ante los cielos de los
frescos de Pietro de Cortona, amigo del papa y protagonista del palazzo,
pintor de los frescos vivos en lunetos y arquitrabes que son una colorida
fiesta del barroco galante. Y el gran Rafael, Rafael Sanzio, con el
retrato magnífico de dos intelectuales amigos. Las obras de otros grandes de la
época, siguiéndose unos a otros en la particular disposición de los cuadros,
que no se han movido desde que el museo, impulsado por el papa y las mujeres de
la familia fundó a mediados del siglo XVII.
Rafael Sanzio
La visita en solitario, con la banda sonora tras los cristales de una
grave tormenta, una tormenta romana, fue una experiencia única. ¿Se dice así?
Sí. Única. Yo repetiré. Mi jornada en este palacio fue la del disfrute del
mejor arte sin tiempo y en silencio. La colección es grande y muy variada, pero
para un diletante profano como soy yo, como lo son algunos de ustedes lectores,
es suficiente con ocupar un día completo. No se necesita más.
El origen de la familia Pamphillj era del milenio, aparecen en el año
1000, pero fue en el siglo XV cuando se fueron haciendo fuertes hasta llegar a
ser condes del Sacro Romano Imperio Germánico. Una política matrimonial
les unió a lo más granado de Italia, lo que no fue óbice para que la rama
masculina de estos Pamphillj se extinguiera siendo asimilados a los almirantes
Doria, espadones navales unas veces al servicio de Francia, otras de Italia, de
España con Carlos I también. Su máximo representante, Andrea Doria
(1466-1560), fue el látigo longevo de otomanos, berberiscos y armadas de toda
condición.
Heredero de los Borgia, el papa Inocencio X tuvo una intensa vida
diplomática, con los vaivenes políticos tras la Paz de Westfalia (1648),
momento fundamental de la historia europea. También como mecenas construyendo
este y otros palacios y plazas como la Navona, remodelando sus fuentes con ese
esplendor barroco, y con la concurrencia de las mujeres de su familia se
dispuso a formar la fabulosa colección que hoy podemos disfrutar.
Religiosamente proscribió a los jansenistas que eran otro lío dentro de la
Iglesia que rebasaba el siglo desde el Concilio de Trento y se sumergía en
todos los problemas luteranos. Dicen que este papa tenía una personalidad
brava, tosca, endemoniada, un carácter tremendo. Su rostro y expresión así lo
afirman; su semblante no lo dice todo, pero te deja bien advertido. Tuvo que
ser un personaje de cuidado. Lo cierto es que no lo sé bien; te encuentras
muchas sorpresas. Me interesaré.
El palazzo ofrece la visión de obras únicas y extraordinarias.
Además del panteón glorioso de Velázquez, nuestro “superdios”; están Bernini,
dios mismo, también; Borromini el espíritu santo; Cortona un
fastuoso artista. Estos fueron los amigos del papa. ¿No es el mejor retrato de
Velázquez el de Inocencio X? ¿No es para algunos el mejor retrato de la
historia? ¿Exagerado? Puede.

El palacio en el que se sitúan el museo y la casa de la familia (parte
de ella aún vive en él), se articula en torno a un patio al que convergen las
tres salas de exposición fundamentales, además del salón de los espejos
venecianos, que tiene su especial gloria por la riqueza de los mismos, y
algunas otras salas más pequeñas como un salón de baile con una buena colección
de instrumentos musicales. Para las dimensiones del museo, que no es muy
grande, lo expuesto no deja de ser sorprendente, si se es propicio a las
emociones. Es mucho y muy bueno.
Ves caravaggios y a Parmigianino, a los Carracci,
a Guido Reni, Salvatore Rosa, y al Guercino, a muchos
otros. Al manierista Correggio, a Tiziano con una espléndida
cabeza de Holofernes en la bandeja de Judith. En el Doria–Pamphillj ves la obra
de holandeses, de los pintores de los Países Bajos que siempre lucen de la
mejor manera hasta en la batalla naval más oscura. Y más. Grandes como Filippo
Lippi
, Brueghel el viejo, Jan el joven, Giorgio Vasari,
Claudio de Lorena, Quentin Metsys, Hans Memling… De
escultores no hablo, apenas sé nada.
Los cuadros están dispuestos como se hizo en origen y que era la moda de
la época. Alrededor de 400 telas desde el siglo XV al XVIII, ocupándolo todo y
en bandas paralelas hasta el techo. Son tres salas al completo que culminan en
la sala Aldobrandini, donde se expone la colección de escultura de personajes
históricos de toda índole, sala de doble altura donde parece ser aún mayor la
soledad, al hacerse uno más pequeño ante la elevación de los muros mostrando
artistas y artes tan poderosos.

El recuerdo privado de esta visita al museo romano no será, mayormente,
de interés para el lector, pero sí le permite a quien os escribe estos párrafos
su recomendación: que cuando vayáis a Roma no dejéis de visitarlo. Me da
alegría aconsejaros conocer un lugar así, con tanta belleza. (Siendo un flânneur,
un paseante, ningún recorrido mejor que el de las artes… bueno, el de las artes
y el de las tabernas.)

PD. Como comentario social, como cotilleo. La situación del palacio,
museo y colección se ha complicado en este siglo XXI sobremanera al discutirse
en la actualidad el legado y herederos. La falta de varones durante
generaciones, las complejas adopciones de dos niños ingleses por parte de la
última descendiente dinástica, Orietta Pamphillj, la paternidad habida
de otros dos niños de su hermano homosexual casado con un brasileño hacen que
este momento de la historia Doria-Pamphillj sea de gran truculencia que, tras
observarla, no sabría qué opinar que no sea sobre las consecuencias, ciertas
extravagancias, del extraño trajín del mundo moderno.