Buque de la Compañía del Oeste, siglo XIX. Anónimo

Cada vez que leo que reeditan alguna obra de Emilio
Salgari, me acuerdo del mundo de este peculiar escritor que, en cierto modo,
eligió morir de una forma parecida a la del japonés Yukio Mishima, sólo que sin
ritual alguno y con una navaja de barbero con la que efectuó un hara kiri defectuoso en un bosquecillo
torinés el 25 abril de 1911, a los 49 años antes de degollarse.
Lo que nunca he entendido es por qué el prolífico
escritor veronés, campeón de la imaginación novelística popular y autor
predilecto de muchas generaciones infantiles del pasado siglo, no ha conseguido
el reconocimiento oficial de sus indudables méritos como autor de numerosos best seller cuando aún este concepto no
existía. So pena de equivocarme, pocas son las lápidas, estatuas o bustos que
perpetúen su memoria en Italia y en el mundo, lo que no ocurre con el otro
grande de la literatura popular y rival suyo: Julio Verne, aunque en números de
ejemplares editados y vendidos deben andar a la zaga.
Desde luego el autor de «El Corsario negro»
no fue capitán de arbolados bergantines ni desembarcó en el archipiélago de
Sonda. Fue un teórico de la aventura a cuyo relato se consagró con minuciosidad
burocrática y ratoneo de bibliotecas. Salgari fue todo lo mas tenedor de libros
y estudiante de contabilidad «con algún provecho» en la Escuela
Comercial de Verona. Sus contactos con el mar se limitaron a frecuentar durante
dos años, como alumno oyente, la Escuela Naval de Venecia. Fracasó como dueño
de una biblioteca ambulante y como propietario de un establecimiento de
alquiler de bicicletas. Por la puerta del periodismo, como cronista del
periódico veronés «Arena», entró en la vida literaria. Una vida que
le convirtió para siempre, desde los veintiún años de edad, en un forzado de la
pluma. Ciento cinco novelas y cerca de doscientas cuentos y otros trabajos,
escritos en dieciocho años, lo demuestran con creces.

Ilustración de la novela de Emilio Salgari, El León de Damasco. Anónimo

Dueño de la técnica de su oficio, Salgari vivió
entregado a su labor no tanto por entusiasmo literario como por hacer frente a
sus necesidades familiares, a pesar de que en el apogeo de la fama no fue un
escritor mal pagado para aquellos tiempos. De su matrimonio con la actriz Aida
Peruzzi, que terminó en un manicomio debido a sus trastornos síquicos, tuvo
cuatro hijos a los que puso nombres extraídos de las páginas de sus novelas sin
que ello les sirviese de talismán para defenderse de los genes familiares. Así,
Fátima murió de tuberculosis a los 23 años, Romero y Omar acabaron suicidándose
y Nadir contribuyó a divulgar la obras apócrifa de Salgari una vez muerto este.
Aunque el creador de «Sandokan» y
«El Tigre de la Malasia» no siguiese el camino del rigorismo
científico como Julio Verne, no por ello desdeñó la documentación en el relato
de sus aventuras. A pesar que sólo entendía la acción novelística como
emboscadas, persecuciones en la selva y duelos con medios desiguales se
preocupaba de documentarse bien en la bibliotecas donde transcurría casi toda
la mañana. El resto del día, hasta las dos de la madrugada, lo empleaba en
escribir cuartillas y mas cuartillas sin apenas corrección. La inspiración la
encontraba en la historia o en los acontecimientos de la época y las
sublevaciones indígenas en las colonias.
El escritor veronés trazaba
previamente el esquema de sus complicadas novelas en lenguaje telegráfico y en
una docena de líneas. Expeditivo en cuanto al ropaje literario, Salgari
procuraba ser minucioso en la documentación topográfica. Como entonces no
existía Google maps, ni la Wikipedia,
antes de empezar a llenar cuartillas dibujaba los mapas del lugar o lugares
donde había de transcurrir la acción de la novela sin olvidar el menor detalle
geográfico. Este detallismo informativo lo completaba con las descripciones de
los marineros que llegaban al puerto de Génova desde Oriente. Con sus bigotazos
ensortijados Salgari paseaba por el puerto genovés y se acercaba a los
marineros para hacerles preguntas como éstas: ¿Son muy feos los indígenas de
Borneo? ¿Es peligrosa la entrada al puerto de Saigón? Con las respuesta que
recibía daba los toques de ambientación a sus novelas de piratas y
filibusteros, novelas que aun hoy son capaces de despertar los dormidos
recuerdos de nuestra infancia.