James Dean. Foto de Sandford Roth

La noche del 30 de septiembre 1955
tras no hacer caso a las invitaciones a la prudencia que le dirigieron los
jefes de la Warner Bros, James Dean se mató su Porsche spyder en un accidente
en una carretera de California del norte.
La noticia, conocida en París el día
31, no suscitó excesiva emoción. Había muerto un joven actor de 24 años, eso
era todo. Han pasado seis meses, han salido dos películas y hemos aprendido a valorar
toda la tragedia de esa pérdida.
James Dean había sido descubierto
dos años atrás en Broadway, donde interpretaba el papel de un joven árabe en la
adaptación teatral de El inmoralista de
André Gide. Fue Elia Kazan el que le hizo debutar en el cine en el papel  principal de Al este del Edén. Luego Nicholas Ray lo eligió como protagonista de
Rebelde sin causa y, por último,
George Stevens lo quiso en Gigante, en
el  papel principal de un hombre
que vemos envejecer de los veinte a los sesenta años.
Durante la filmación de Gigante, James Dean no perdió de vista
nunca a George Stevens y la cámara. Cuando acabó la película, confesó a su
agente, Dick Clayton, un deseo: «Creo que sería mejor como director de
cine que como actor». Dean deseaba fundar una compañía independiente para
poder rodar los proyectos que eligiese. Clayton le prometió hablar de ello a
los jefes de la Warner Bros; en este momento Dean, que por cláusulas de contrato
no podía conducir su coche de carreras durante toda la duración del rodaje,
partió hacia Salinas para participar a un carrera.
«Creo que voy a dar una
vuelta con el spyder» dijo James Dean a George Stevens. Cerca de Paso
Robles, en la noche californiana, otro vehiculo le embistió de frente al salir
de una carretera secundaria. James Dean murió en el acto debido a las múltiples
fracturas y lesiones internas.
El destino hacia pasar a James Dean
antes de tiempo por la puerta de salida de los artistas.
James Dean (Pictorial Parade)
  La actuación de James Dean
contradice cincuenta años de cine: cada gesto, cada actitud, cada palabra son
una bofetada a la tradición sicológica. James Dean no llama la atención de su
papel a fuerza de sobreactuación de un  Feuillère, no lo poetiza como Gèrad Philippe, no juega con
ello al más malo como Pierre Fresnay, no está preocupado, a diferencia de los
actores que he citado, de mostrar que entiende perfectamente y mejor de
vosotros aquello que dice; él recita de otra forma lo que dice, recita junto a
la escena; su mirada no sigue la conversación, él crea una distancia entre la
expresión y la cosa exprimida como, por sublime pudor, un gran espíritu
pronunciará palabras importantes en un tono humilde, casi como si quisiera excusarse
de su genio, para no importunar a los demás.
En sus grandes momentos, Chaplin
llega a la cima mas alta del mimetismo. La interpretación de James Dean es más
animalesca que humana, y es en esto que es imprevisible: ¿cuál será el gesto
siguiente? James Dean puede, hablando, dar la espalda a la cámara y acabar la
escena de este modo; puede echar la cabeza bravamente hacia atrás o cabecear
hacia delante, puede levantar los brazos al cielo o lanzarse contra el
objetivo. Puede aparecer, durante una misma escena, como un hijo de Frankenstein,
una pequeña ardilla, un niño encogido o un viejo plegado en dos. Su mirada
miope acrecienta el sentido de rechazo entre recitación y texto: es una vaga fijeza,
un duermevela hipnótico.
Cuando se tiene la ocasión de
escribir un guión para un actor de tal naturaleza, un actor que recita
físicamente, carnalmente, en lugar de filtrar todo a través del cerebro, la
mejor manera de hacer un buen trabajo es razonar abstractamente, como por
ejemplo: James Dean es un gato o incluso una fiera, sin olvidar a la ardilla.
¿Qué pueden hacer un gato, un león, una ardilla que menos se parezca al comportamiento
humano? El gato puede caer desde muy alto sobre sus patas; puede pasar sin
demasiado daños debajo de la rueda de un coche; enarcar la espalda y
desarticularse fácilmente. El león se arrastra y ruge, la ardilla salta de rama
en rama. No queda mas que escribir, para James Dean, en qué escenas se
arrastrará (entre plantas de judías), rugirá (en una comisaría), saltará de
rama en rama, caerá desde muy alto sin hacerse daño en una piscina vacía. Me
gustaría pensar que así han procedido Elia Kazan, después Nick Ray y, espero, George
Steven.
El poder de seducción de James
Dean es tal que cada noche en la pantalla podría matar a su padre y madre con
la bendición del público, de todo el público, ya sea el culto como el popular.
Hace falta haber percibido la indignación de los espectadores cuando en Al este del Edén, el padre rechaza
aceptar el dinero que Cal ha ganado con las alubias -el salario del amor.
Mas que un actor, James Dean se
había convertido un personaje con tres películas, como Charlot: Jimmy y las alubias, Jimmy y el luna-park,
Jimmy en la escollera, Jimmy en la casa abandonada.
Gracias a la
sensibilidad de Elías Kazán y de Nicholas Ray, y su sentido de dirección de los
actores, James Dean ha recitado en el cine un personaje muy similar a lo que
realmente era: un héroe baudelairiano.
Foto de Sandford Roth
 ¿Las razones profundas de su
éxito? En el público femenino son evidentes y no necesitan ser comentadas. Para
los jóvenes, se resumen, creo, en el fenómeno de la identificación que está en
la base del éxito comercial de todas las películas del mundo. Es más fácil
identificarse con James Dean que con Bogart, Gary Grant o Marlon Brando, porque
el personaje de Dean es mas verdadero. Cuando se sale de una película de Bogart,
un espectador bajará el ala del sombrero y no será el momento más apropiado
para pisarle un pie. Otro, al salir de ver una película de Gary Grant, hará una
payasada en la acera; uno que ha visto a Marlon Brando lanzará miradas subrepticias
a las mujeres y deseará ligarse a las chicas de su barrio. Con James Dean, la
identificación es más profunda y total porque él lleva en sí, en su personaje,
nuestra misma ambigüedad, nuestro dualismo y todas nuestras debilidades humanas.
También en este caso, hay que
volver a Chaplin, o mejor a Charlot. Charlot empieza siempre desde el nivel más
bajo para llegar al mas alto. Es débil, humillado, despreciado, ignorado.
Fracasa en sus propios intentos y aspira a la agilidad corporal, pero luego se
encuentra en el suelo, y hace el ridículo a los ojos de la mujer que corteja o
a los ojos de la pobre desgraciada que pretendía rescatar. Y es en este momento
que interviene la astucia, que para Dean no es mas que el estado de gracia
recibido. Chaplin se vengará y triunfará. De repente se pone a bailar, a
patinar o a dar vueltas mejor que otros, y de golpe eclipsa a todos, triunfa,
desvía el rumbo y consigue atraer a todos los que se ríen con sus meteduras de
pata.
Lo que era inadaptabilidad se convienen en superadaptabilidad;
el mundo entero, cosas y personas, están en contra suyo y ahora se ponen a
su servicio, ciegamente. Todo esto vale también para James Dean si tenemos en
cuenta esta diferencia fundamental: en su mirada no se ver puede nunca el
miedo. James Dean está en todo, la esencia de su interpretación es tal que la
valentía  o la cobardía no tienen
parte alguna, así como el heroísmo o el miedo. Se trata de otra cosa, de una recitación poética que autoriza cualquier libertad e incluso la envalentona.
Interpretar de un modo justo o 
falso, son expresiones que ya no tienen sentido con Dean, porque de él
se espera una sorpresa a cada instante; él  puede reír allí donde otro actor lloraría y viceversa,
porque ha matado la sicología el mismo día que ha entrado en escena.
En James Dean todo es gracia en
todos los sentidos de la palabra. El secreto está allí. Dean no lo hace mejor
de los otros, hace otra cosa, o sea el contrario, y esto le da un prestigio que
desde este momento conserva hasta el final de la película. Nadie ha visto James
Dean caminar: se arrastra o corre como el perro del cartero (pensad al comienzo
de Al este del Edén). En James Dean
la juventud de hoy día se reconoce entera, menos por las razones de las que se
habla (violencia, sadismo, frenesí, bajeza, pesimismo y crueldad) que por otras
infinitamente más sencillas y cotidianas: pudor de los sentimientos, fantasía
continua, pureza moral sin relación con la moral corriente, pero mas rigurosa,
eterno gusto de la adolescencia por ponerse a prueba, ebriedad, orgullo y
amargura de sentirse «fuera» de la sociedad, rechazo y deseo de integrarse
y, por fin, aceptación o rechazo del mundo como es.
Por su modernidad, la interpretación
de James Dean inaugura sin duda un nuevo estilo de interpretación en Hollywood;
pero irremediable es la pérdida del joven actor, el más genialmente creativo y que
una noche fresca de 1955, encontró la misma muerte del joven americano de Los muchachos terribles de Jean Cocteau (1929).
«…el auto patinaba, se rompía, se estampaba contra un árbol y se
convertía en una ruina de silencio con una sola rueda que giraba siempre menos
rápido en el aire como una rueda de lotería».
Foto de Dennis Stock
                                         François Truffaut, 1956