Cuentan algunos discípulos del escritor y filósofo inglés Alan Watts que su muerte por un ataque al corazón a los 58 años, en noviembre de 1973, se debió a que alcanzó el samadhi. En algunas religiones asiáticas viene a ser un estado de conciencia a través de la meditación y diversos ejercicios respiratorios y que permite fusionarse con el universo. Watts salió de su cuerpo, pero no supo encontrar el camino de vuelta. En cambio, para otros allegados, el alcohol y otros excesos también tuvieron una parte importante en su muerte.

A pesar de morir en California, Watts era inglés de nacimiento (6 de enero de 1915 Chislehurst) y actitud. Excéntrico, irónico y curioso, su  padre era representante de la empresa de neumáticos Michelin, y su madre una ama de casa cuyos vínculos familiares incluían a un misionero anglicano destacado en China. Esta mezcla entre lo práctico y la exploración espiritual preparó el terreno para el viaje filosófico de Watts.

Influido por los libros y las obras de arte asiático que su madre coleccionaba hizo suya la cultura asiática desde adolescente. La casa familiar estaba llena de grabados y objetos curiosos de China y Japón. Educado en el King’s School de Canterbury, una institución anglicana tradicional, no le gustó la rígida adhesión al dogma anglicano. En cambio, descubrió la obra del filósofo y erudito alemán D.T. Suzuki, cuyos escritos sobre el budismo zen le influyeron bastante. Tras dejar la escuela, Watts pasó una temporada en Francia, donde profundizó en sus estudios de filosofía y misticismo. A su regreso a Inglaterra, se matriculó en la Universidad de Londres, pero sus tendencias autodidactas le llevaron a estudiar por su cuenta filosofías orientales y occidentales. Esta educación autodidacta la reflejó en su primer libro, «El espíritu del Zen», publicado a los 21 años.

 

 

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En 1938, Watts se trasladó a Estados Unidos, donde se casó con Eleanor Everett, cuya madre era una figura prominente en la comunidad budista estadounidense. Esta conexión proporcionó a Watts acceso a una red de personas con ideas afines que exploraban las tradiciones espirituales orientales. También se licenció en teología y posteriormente se hizo sacerdote episcopaliano.

Nombrado capellán episcopal en la Northwestern University empezó a tener problemas con la jerarquía eclesiástica por sus opiniones y forma de actuar. Watts practicaba sesiones individuales de oración y asesoramiento con los estudiantes hasta un grado de intimidad tan próximo que acabó con su matrimonio y carrera eclesiástica al mantener una historia amorosa con una estudiante. Antes de ser expulsado abandonó el sacerdocio en 1950 al darse cuenta de que su vida estaba fuera de la religión organizada.

Instalado en California, Watts se incorporó al cuerpo docente de la Academia Americana de Estudios Asiáticos de San Francisco. En la década de 1950, California era un hervidero cultural e intelectual, y Watts prosperó en este ambiente. Rápidamente se ganó la reputación de profesor carismático y perspicaz, conocido por su capacidad para hacer atractivas ideas filosóficas complejas.  También se relacionó con personajes de la cultura beatnik como Allen Ginsberg y Gary Snyder.

 

Alan Watts en 1970

 

La producción literaria de Watts en este periodo fue prolífica. Sus libros, como «El camino del Zen», «Naturaleza, hombre y mujer» y «El camino del Tao», exploraban temas como la identidad, la conciencia y la naturaleza de la realidad. Estas obras fueron decisivas para dar a conocer al público occidental el budismo zen, el vedanta y el taoísmo. «El camino del Zen», en particular, se convirtió en un éxito de ventas y sigue siendo uno de los libros más influyentes sobre el zen en lengua inglesa.

Además de sus escritos, Watts era un buen orador. Empezó a dar conferencias públicas con regularidad y presentaba un programa de radio semanal. Su voz inconfundible de acento británico y su atractivo físico le convirtieron en una figura popular. Las conferencias abarcaban una amplia gama de temas, desde la filosofía oriental y la religión comparada hasta la psicología y las artes.

Watts defendía que la sensación de separación que experimentan las personas es una ilusión. Basándose en conceptos del budismo zen, el taoísmo y el vedanta, sostenía que el yo no es una entidad aislada, sino que forma parte de un proceso dinámico más amplio. Utilizó varias metáforas y analogías para ilustrar este punto, siendo una de las más famosas la idea de la vida como una danza. Según Watts, el objetivo de la vida no es llegar a un destino concreto, sino disfrutar y comprometerse con el propio proceso.

 

Allan Watts escribiendo ideogramas chinos en 1958. Foto de en Kay

 

Las enseñanzas de Watts también hacían hincapié en el concepto de «Wu wei», un principio taoísta que se traduce como «no hacer» o «acción sin esfuerzo». Explicaba que la verdadera sabiduría y plenitud proceden de alinearse con el flujo natural de la vida, en lugar de luchar contra él. Esta idea fue liberadora para muchos de sus seguidores, ya que ofrecía una forma de navegar por las complicaciones de la vida moderna con mayor facilidad y autenticidad.

En los años sesenta, Watts se convirtió en una figura destacada del movimiento contracultural. Su filosofía encajó bien en una generación que cuestionaba los valores tradicionales y buscaba nuevas formas de entenderse a sí misma y al mundo. Watts abogaba por un enfoque experimental de la espiritualidad, destacando la importancia de vivir plenamente el momento presente y de reconocer la interconexión de todas las cosas. Así escribió a los editores de la revista Playboy que era una revista filosófica más importante con sus chicas curvilíneas, aunque desaprobaba las tonterías de las conejitas.

Para sus detractores, Watts vendía a los incautos una mezcla de zen, taoísmo y vedānta, a la que añadía psicoterapia, psicodelia y física cuántica. Además, carecía de seriedad moral y prefería formas de religión que dieran más importancia a la percepción que a la conducta como camino hacia lo divino.

 

Alan Watts en el seminario

 

Si una filosofía de vida debe juzgarse por sus frutos, a principios de los años setenta las contradicciones entre su discurso público y la práctica privada crecieron muchos enteros. Casado tres veces, padre de siete hijos y con numerosos asuntos amorosos en la mochila, se había convertido en un bebedor riguroso que bordeaba el alcoholismo. Su mal estado era evidente en las sesiones en público donde podía permanecer lúcido en el atril, pero no era raro que se durmieses en las preguntas y respuestas, aunque sus admiradores creían que estaba conectando con otros mundos o pensando la respuesta.

Aún con todo, la vida y la obra de Alan Watts tiene un lado positivo que nos recuerda la profunda interconexión de todas las cosas y la importancia de vivir plenamente el momento presente. En un mundo que a menudo se siente como fragmentado y caótico, la obra de Watts invita a mirar más allá de las ilusiones y abrazar la danza de la vida con curiosidad y alegría.

 

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