Graham Greene. Foto de Lida Moser, 1954. National Portrait Gallery, London

 

La poetisa Edith Sitwell decía del escritor británico Graham Greene (1904-1991) que hubiera sido un sacerdote excelente, ya que entendía el pecado y la redención de una forma que el clero no comprendía. No le faltaba razón. Greene se movió a lo largo de su vida y obra en la ambigüedad moral. Maestro de infidelidades, no sólo amorosas, evitó encadenarse a cualquier atadura terrenal para no perderse en calles sin salida, según contó una vez.

Greene nunca estuvo tentado de vestirse la sotana porque, aseguró, “la castidad estaba lejos de sus facultades». Una vez, en Ciudad de México, visitó un monasterio y un burdel el mismo día, dos lugares que fueron habituales en su vida, como cuenta la biografía del académico canadiense Richard Greene, que no tiene ningún parentesco con el autor.

Fue el mejor escritor de libros de espías y creyó que la novela era antes que nada entretenimiento. En sus páginas abundan las pasiones y emociones con decorados exóticos que el escritor conocía bien, ya que fue un viajero impenitente, lo que también le servía para proporcionar una ambientación detallista y describir a personajes bien caracterizados.

Tuvo cinco hermanos y una educación convencional de clase media. Educado en una escuela donde su padre era director fue acosado por los otros alumnos que sospechaban que contaba sus secretos al director. Desarrolló capacidades de conservación y ambivalencia para sobrevivir al acoso. Depresivo, intentó suicidarse con 16 años con un puñado de aspirinas y alguna belladona. Su madre le envió a un influyente psicoanalista y espiritista londinense.

 

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Las aventuras amorosas de Greene comenzaron en la Universidad de Oxford. Se enamoró obsesivamente de la institutriz de sus hermanos pequeños, diez años mayor que él. Fue un día que la vio tumbada en la arena, con la falda levantada mostrando «un largo muslo desnudo. De repente, en ese momento, me enamoré en cuerpo y alma». Un amor que no tuvo nada de romántico ni fingido.

Se convirtió al catolicismo para casarse con una católica convertida, Vivien Dayrell-Browning. Ella sería su primera y única esposa con la que tuvo dos hijos. Un matrimonio que fracasó pero que no fue infeliz y que él compartió con otra amante. Según cuenta el biógrafo oficial de Greene, Norman Sherry, en su monumental biografía de tres volúmenes, recibió en 1946 una carta de su mujer que le contaba que una señora rica y casada, se había convertido al catolicismo gracias a sus novelas. Era Catherine Walston, una norteamericana atractiva doce años más joven que él y que acabó siendo una de sus grandes pasiones. En 1951 escribió El final del affaire (Libros del Asteroide, 2019) donde novela su historia con Catherine Walston que se negó a dejar su marido para irse con él.

La otra gran pasión fue la mujer con la que compartió los últimos 30 años, Yvonne Cloetta, una esbelta francesa de origen bretón a la que le gustaba la ropa brillante y bailar.

Famoso y célebre desde muy joven -su novela El tren de Estambul vendió 30.000 ejemplares cuando tenía 28 años y filmada como Orient Express-, podía pasar sin esfuerzo de un crucero en yate con Vivien Leigh a los barrios bajos de México o los campos de batalla de Vietnam.

 

Graham Greene y Yvonne Cloetta

 

Le encantaban la bebida y el opio, y era adicto al peligro y la aventura, así como a las mujeres guapas. De sus experiencias en México durante la Guerra Cristera, escribió la novela El Poder y la gloria sobre un sacerdote católico en el estado mexicano de Tabasco. El libro fue señalada por el Santo Oficio por una interpretación incorrecta del sacerdocio, aunque luego fue levantado el señalamiento. En la novela se trasluce el catolicismo greeniano que siempre consideró una cuestión privada entre él y Dios.

Fue amigo del dictador panameño Omar Torrijos, así como de Fidel Castro (del que luego se distanció) los sandinistas y otras causas sagradas del antiimperialismo progresista, aunque no por ello dejaba de elogiar el trabajo de los servicios secretos británicos M16, a los que definió la mejor agencia de viajes.

Un espía vocacional

Llevaba el espionaje en los genes. Su carrera periodística empezó como director del Oxford Outlook, un periódico estudiantil con mala salud financiera. Greene pidió dinero a la embajada alemana para escribir artículos críticos sobre la Alemania ocupada por los franceses después de la Primera Guerra Mundial y espiar para ellos. Pero también escribió al gobierno francés para tener una lista de los líderes separatistas para entrevistarlos y espiar a los alemanes.  A esto el mundo del espionaje se llama doble juego.

En 1925 se afilió al minúsculo Partido Comunista británico, como harían en la década sucesiva los cinco de Cambridge (Philby, Burgess, Blunt, Cross, Maclean). Adentrarse en la vida de Greene es hacerlo en un bosque frondoso y extensos. Todavía hay aspectos que se desconocen en profundidad, como un viaje que realizó a Estonia en 1934, donde se convirtió en amigo del hombre que dirigía el espionaje británico a la Unión Soviética.

 

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Entró en el M16 a través de su hermana que trabajaba en él. Los servicios secretos le enviaron durante la Segunda Guerra Mundial a Sierra Leona para espiar las fuerzas enemigas de la Francia de Vichy, en el África occidental y monitorizar la amenaza de los submarinos alemanes, al tratarse del punto más estrecho del Océano Atlántico. En este escenario se inspiró para El revés de la trama (Libros del Asteroide, 2021).

Dejó oficialmente el espionaje al final de la Segunda Guerra Mundial, aunque siguió enviando informes hasta su muerte el M16. En la posguerra estuvo como periodista en Praga y Viena. También residió en Indochina para cubrir la guerra colonial de los franceses en contra de los comunistas vietnamitas. De aquí surge su novela El americano impasible. De sus viajes a Cuba salió su novela Nuestro hombre en la Habana, y en la que predice la crisis de los misiles.

Kim Philby fue el jefe de Greene en el M16 durante la Segunda Guerra Mundial y mantuvieron su amistad incluso después de la traición de Philby. Greene visitó a su viejo y querido colega cuatro veces entre 1966 y en 1988, encuentros que calificó de privados. En alguna ocasión comparó la actitud del traidor con los católicos ingleses que colaboraron con España durante las persecuciones del siglo XVI. Incluso firmó la introducción de las memorias propagandísticas de Philby Mi guerra silenciosa (1968). En 1967 escribió El factor humano basado en el caso Philby y donde un agente de los servicios británicos se pasa los soviéticos. La novela fue publicada diez años después y se convirtió en su mayor éxito comercial.

A lo largo de los años siempre se mostró inquieto. Las depresiones daban paso a la euforia. Buscaba emociones fuertes, corría riesgos, era promiscuo y bebedor empedernido, y abusaba de las drogas, síntomas de trastorno bipolar.

Graham Greene siempre pensó que el paraíso nunca se encuentra a la vuelta de la esquina lo que le sirvió para no dejarse yugular por ideales políticos y encontrar la salida a sus laberintos emocionales a través de sus magníficas novelas. O como dijo el sacerdote español  Leopoldo Durán, que fue amigo suyo, una de las misiones de Greene fue enseñar  que la santidad puede coexistir con la avaricia, la cobardía, la lujuria, el odio interior y la incredulidad.

 

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