Algunos amigos me piden un recuerdo de navidad,
algún relato entrañable que nos permita evocar los dulces tiempos de la
infancia, de esa niñez generalmente feliz. Como fuere que desperté alegre y que
mi memoria se pretende agradable, reflejaré en estas páginas mi recuerdo más
lejano que, precisamente, ocurrió en estas fechas navideñas, un recuerdo que a
algunos parecerá exagerado, quizás falaz, una fábula real que sería impropio
relatarse por el carácter de lo que se cuenta, pero que, sin embargo, se me
ocurre como un especial relato sobre el día que se inició mi existencia. Tal
cual.
   Mi canción
de navidad se inicia el veinticuatro de diciembre del año cincuenta y siete del
pasado siglo, la noche en que se celebra el nacimiento en Belén del niño Dios,
de Jesús de Nazaret, un nacimiento que veneran millones de personas en el solsticio
de invierno en el Hemisferio Norte y otros tantos en el Hemisferio Sur que para
eso el Planeta Tierra tiene ambos y los lectores de este blog se reparten en
los dos ámbitos geográficos. Mi evocador recuerdo empieza tras los románticos y
sensuales susurros de dos amantes, mis padres, que tras la cena de Navidad se
encontraron para concebirme sin ellos pretenderlo, y que tras la coyunda y
despertar, pasadas unas semanas, tuvieron que celebrar mi concepción en la
incómoda espera de la llegada de mi persona, asunto que ocurriría casi nueve
meses después.
  Esta canción
tiene como escenario una casa grande, la casa familiar en una ciudad castellana
que fue capital de Imperio “cuando no se ponía el sol”, astro rey que raramente
aparece en una meseta fría como ninguna. Noche fría de Nochebuena… el Belén, el
árbol, la cocina, el comedor, unos que esperan, otros que llegan, algunos
cocinando, otros bebiendo, niños jugando. Los encuentros, los besos y los
deseos, las risas, la chimenea, la cena, los brindis, los villancicos, la
pandereta, la zambomba… no había televisión. Una epifanía anual en la que se
comía copiosamente un menú que casi cada año era el mismo esa noche: la verdura
lombarda, algo de marisco que se traía de Galicia o del norte cántabro,  almejas, cigalas, y el cordero lechal
de raza churra propio de nuestra región, que se asaba en fuente de barro en el
horno, sin especiarse, sólo con agua, sal y algo de manteca, acompañado el pobre
y exquisito animalito asado de una ensalada simple. Mi abuelo era de Burgos, mi
padre de Segovia, el resto de Valladolid, así que el lector se hará buena idea
del menú y ambiente, castellanos viejos, muy viejos, como ya lo indica, también,
el apellido del que esto suscribe.
    Cuando esta
cena que relato había de producirse yo no había nacido, pero pocas horas más
tarde empezaba mi historia.
Puedo decir ya en este punto que
soy un hijo no deseado, el efecto de un error en la aplicación del método de
prevención del embarazo de un doctor japonés, el doctor Ogino, método falible que
mi madre, como tantas señoras de la época practicaban relajándose en su calendario,
en la rigurosa utilización del mismo, relajación motivada por el despiste,
supongo, ya que tenía tres hijos mayores que culminaban su anhelo familiar y
ocupaban sobradamente su existencia. Cuando esta cena se produce en el final de
los años cincuenta de hace más de medio siglo, mi encantadora madre no pensaba
que yo pudiera ser engendrado, no entraba en sus planes. La relajación sobre su
propio calendario fértil fue fatal o fantástica; que la historia y el cielo lo
juzguen en su día, el día que personalmente llegue al Valle de Josafat y me
reciban Caronte o san Pedro, o quien sea que encuentre al llegar al purgatorio
o al Paraíso. Pero aún estamos en el Belén.
   La cena de navidad estuvo bien organizada y seguro
resultó estupenda. No tengo duda de ello. Pero sé bien que conmigo mi familia no
tenían plan alguno, no se contaba; por decirlo de alguna manera: conmigo no
habían quedado; ni de piedra había sido convidado. Pero aparecí, me reservé
tras los postres de aquella Nochebuena feliz,  que eso es lo importante, de lo que ahora se trata. Yo no
entraba en sus cálculos ni por asomo, y mucho menos para mis hermanos que ya
estaban algo creciditos. Que ese día se iniciase mi periplo en la Tierra no se
planteaba ni en los más candorosos sueños de aquellos que en esos momentos se
preocupaban por descorchar las botellas de vino rojo rubí y trinchar el lechazo
humeante mientras se cantaban los entrañables villancicos. Que se ocupaban en
la elección del mazapán y del turrón, que veían sonrojarse las mejillas con
mostos y viandas, o elevaban el espumoso a la altura de sus frentes y miradas
expresando toda clase de deseos permisibles.  Yo no estaba en el plan de la noche, ni de aquellas
navidades, ni de nada en el futuro inmediato, pero me había de hacer presente
en las entrañas de los anfitriones, mis padres.
   No deseado,
había de ser una sorpresa. Luego sí, luego dirían otras cosas muy educadas y
cariñosas. Posteriormente, pasados algunos años, ya jovencito y olvidado el
disgusto que mi aparición en escena produjese, todo el mundo me dijo que claro
que sí, que había sido celebrado, deseado, esperado, esas cosas que se dicen
para no traumarte, para que relativices el poco caso que te hacían tus padres
muy mayores entonces, y hermanos que iban a sus asuntos sin especial interés
por el que venía detrás y que tendría que “buscarse la vida”, como es lógico y
natural por otra parte. Para mis dos hermanas, dos damiselas  adolescentes por muy filántropos que
éstas fueran, y, sobretodo, para el tercer señorito que era mi caprichoso
hermano, al que había de destronar. Mi presencia en la vida era una impertinencia
por no decir una excrecencia (sustantivo que sería muy fuerte y que nadie
expresó de esta manera en mi presencia). Un estorbo, eso es lo que era, alguien
a quien tenían que prestar una atención en ayuda de mi madre, atención relativa
por cuanto se contaba con el apoyo inestimable de mis ancianas abuelas y del
servicio de entonces. Pasó el tiempo y -más que menos- me hice querer. Siendo
ya adolescente me juraron (y perjuraron) que sí, que me querían mucho muchísimo,
que era la alegría de la casa; que si un querube, un serafín, el niño de los
peines, un muñeco. Ya sabe el lector lo que les gusta jugar a las jovencitas
con pelos y peinados, y a los chicos los flequillos y señales… las marcas que me
dejaban los cachetes que mi hermano me daría en cada pasillo cuando con él me
cruzaba. Mi hermano, cuyo cristianísimo nombre era el de Jesús, siendo muy querido
y fraternal, no paró de acosarme la infancia entera, y hacerme berrear como los
corderos que sacrificaban antes del tiempo de adviento que ahora se recuerda en
estas páginas.
   ¿Mis padres?
Siempre dijeron que me adoraron desde mi anunciación, y no lo dudo, es verdad.
No tenían por qué mentirme como yo si tuve que hacerlo por distintos motivos
que no vienen al caso. Pero en los tiempos de esa tiernísima infancia a la que
me estoy remitiendo, fuera de las fotos anuales en el despacho de mi padre con
todos los hijos uniformados, y alguna otra con mi madre sujetándome de pie
encima de una cómoda, no tengo mayor referencia del caso que se me hacía en
aquellos primerísimos años. Yo pasaba el tiempo con mis abuelas, que como en
algún otro artículo he comentado, eran tres, o con el servicio que tampoco
parecía interesarse mucho por mi personilla, y sí lo hacían por el temprano
pecador procaz que fue mi hermano, con el que tenían sus particulares
relaciones, algo que era costumbre en la época. No, no dudo que no se me
quisiese en casa, pero la realidad objetiva es que llegaría a la historia de la
familia con cierto retraso, que era un trastorno, que ya eran otras las
ocupaciones y preocupaciones, y que, por consiguiente, mis encantadoras abuelas
tuvieron que educarme enseñándome las lecturas en iluminados libros de geografías
y aventuras, que era lo único que me interesó desde muy niño, por encima del
piano que aprendería a tocar –decían- maravillosamente, para luego olvidar su
musical ejecución per in secula seculorum.
Observando estas circunstancias,
este ambiente, y rebuscando en la memoria, habiendo olvidado, o habiendo tenido
que hacerlo, uno accede a recuerdos sorprendentes, y en una suerte de afable venganza
(por lo que se refiere a la intromisión en la intimidad de mis padres en el
esclarecimiento de mi aparición en la escena de la vida), -una venganza cariñosa
y feliz-, me he acercado hasta el momento preciso de mi concepción,
aprovechando que, como me sería confirmado por sus sujetos agentes, mis queridísimos
padres, fui concebido el día de navidad, anuncio que me hicieron años más tarde,
quizás para compensar esta relativa frustración de no haberme podido eludir, de
esa gestación no esperada.
Algunos me tacharán de absurdo, de
trastornado, de charlatán. Otros me dirán que algo parecido comentó Salvador
Dalí en expresión de algunos de sus delirios surrealistas, de su extravagante dictum. Pero ahí va mi caso. En mi
memoria, que recreo con público placer,  tengo retenido el momento de mi gestación, -y es la mía una
buena memoria aunque desafortunadamente esté “trufada” por un adenoma que me
provoca distintas dislexias-. No, no se asuste el lector, seré breve y somero,
e insisto, esto también les ha ocurrido a otros, no es nada fantasmagórico.
    Ese
veinticuatro de diciembre fui concebido tras la cena en la que mis padres
ingirieron el cordero pascual (cordero de
Dios que quitas los pecados del mundo
), habiendo bebido sendas botellas de
Tinto Valbuena de Vega Sicilia, que es con lo que se cenaba siempre en aquellas
fechas, y tras tomar unas riquísimas frutas escarchadas de Aragón, quizás algo
de champán y escasos licores, pues de ello no teníamos costumbre, y no pudiendo
precisar si fueron a la misa del Gallo, tanto es el frío que en mi levítica
ciudad de origen impide salir a la calle por las rigurosas heladas (y eso que
vivíamos al lado mismo de la catedral herreriana, rodeados de más de una decena
de iglesias, barrocas todas). Y el asunto fue de la siguiente manera, común por
otra parte.
He de suponer que mis padres
fueron los últimos en retirarse, animados y satisfechos por la cena. Tras
despedirse de los familiares que hubo convocados, y que algunos vivían en el
mismo caserón que nosotros ocupábamos, siguieron sus pasos hacia el dormitorio
donde animados por la ingesta del delicioso vino, con el run run de los
villancicos y plenos de indulgencias, se dispusieron al acto amoroso de la
fornicación que había de engendrarme. Estoy seguro que aquella noche no fueron
a la misa del Gallo. Se fueron al dormitorio, a la alcoba. Noche de Nochebuena,
nacimiento del niño Dios, alegría, vino, familia, candor, amor… amor y
concepción maculada de mi madre del ser que ahora suscribe estas páginas.
Esa noche de fun, fun fun, (funny que diría un anglosajón), pandereta y zambomba, fui concebido
sobre una cama de nogal, bajo mantas zamoranas o palentinas y una gruesa colcha
rosácea tirando a rojo. Mi padre se puso encima de mi madre, como era el estilo
amoroso de la época, se abrazaron y dijeron lo mucho que se querían, su amor
profeso y lo felices que eran, lo bien que había resultado todo, procediendo,
seguidamente, al juego erótico de dos enamorados amantes como lo eran, continuando
tras el presuroso yacer enfebrecido a la penetración natural, que permitió que
el placer sensual liberase sus flujos y prendiese en el óvulo materno el
espermatozoide preciso que permitió mi engendro. Padres felices y contentos que
me gestaron sin quererlo en una noche de fiesta, de alegría… evangélica, de
adviento, la Epifanía. No me puedo quejar del origen de mi inicio.
Insisto en el tálamo. Pero es que
este recuerdo, el sentir la emoción de mis padres en esos momentos, me resulta
extraordinario y vital (entenderán el por qué: ¡empezaba mi vida!), y no me
importa narrar como comenzó todo. En lo más profundo de mi cerebro, cerebelo,
en dendritas y neuronas, en el profundo de mi trastornada hipófisis, resulta
preciso lo ocurrido sobre el lecho de mis padres. Sus miradas algo ebrias a la
luz de la lamparita de la mesilla de noche, los besos, las mejillas, las
palabras tiernas, la sonriente postración sobre la cama bien mullida, los
brazos y piernas entrelazados, las manos unidas, los susurros sensuales, los
dulces jadeos de mi madre, los roncos de mi padre; los “te quiero”, los “te
adoro”, las caricias. Sus movimientos pélvicos, sincopados unos, enervados los
últimos, la respiración de ambos, el revolverse entre las sábanas, el éxtasis,
sus miradas al cielo, al estucado de donde pendía la lámpara de cristal con sus
lágrimas de brillante alegría. Contentos de hacer el amor, no sabían de mi
germinación, no fueron conscientes de lo ocurrido, de lo que se les venía
encima. Encima el uno del otro, y separados después, se sumieron en el feliz
sueño de aquella Nochebuena, de lo maravillosamente bien que había acabado. Nada
imaginaron que de “la nada”, yo, quien había de ser su hijo, había pasado a ser
“algo”, a ser alguien que ni se hacían la menor  idea de la lata que les iba a dar. Había sido una noche de
amor, buena como ninguna.
¿Qué pecado iba a haber después
de haber comido “cordero pascual”? ¿Con qué “pecado original” había de ser
engendrado? Sin duda fue una concepción amable que tengo en especial consideración,
y que siempre he agradecido en la evocación de estos momentos vividos en el
minuto uno de mi vida fetal. (Esto de “el minuto uno” es una frase actual muy
socorrida, la realidad es que mi recuerdo alcanza, como he dicho –casi – hasta de
las conversaciones de aquella cena y a los prolegómenos del acto amoroso
practicado por mis progenitores). Puedo recordar sentados en el comedor a mis
tres abuelas, a mis padres en los extremos de la larga mesa cubierta con un
mantel blanco de hilo, la cubertería de plata, los vasos y copas fulgentes. A
las tres hermanas de mi madre, a sus tres maridos, a los tres hijos de dos de
aquellos matrimonios todos bien avenidos. A mis tres hermanos. A las dos chicas
de servicio yendo y viniendo. Faltaban los tres reyes magos que llegarían trece
días después. Puedo recordar la banda sonora que rezaba sobre peces que bebían en
el río como lo hacían todos en la mesa, de cómo se celebraba que el Niño Dios
hubiera nacido, que éste era muy pobre, que no tenía ni cunita. Sobre las
campanas de Belén, que los ángeles cantaban por ver a Dios nacer; acerca de los
pastores que por allí pululaban, avisando a María, madre del niño nacido, de
que otros se comían un chocolate inexistente en aquellos lares por tan antiguas
fechas; unos verbos y melodías eternos que no he parado nunca de escuchar en
toda mi vida. Como no había televisión, sonaba la pandereta permanente lo que
suponía un verdadero horror.
  
  Así son las cosas, así fueron. No fue mal comienzo
por más que no estuviera en los planes de nadie, de que no fuera deseado, que
fue un error de cálculo, y que en un principio hubiera de provocar determinados
rechazos de mi existencia en su mismísimo origen. Pero no puedo quejarme como pudieron
hacerlo ellos, mis padres y demás familia, con el embarazo, el parto y mi
primera tiernísima infancia.
   Del embarazo
no puedo contar mucho: sofocos, incomodidades, cuidados de mis abuelas a mi
madre; un invierno helado siendo yo muy pequeño, pequeñísimo en el vientre de
mi madre. Luego, en primavera, resulté más revoltoso, pesadísimo en el verano,
y nacido algo temprano, con cierta presura, el día uno de septiembre bajo el
signo de Virgo, algo que nunca me ha importado.
Bien, amable
lector al que felicito estas fiestas, acabo ya. Este ha sido mi recordatorio
navideño, mi “canción de navidad” para quienes hayáis tenido el gusto o el
susto de leer estos párrafos algo extravagantes, que sólo pretenden provocar
una sonrisa con la evocación de la noche feliz, una Nochebuena en que mis
padres concibieron al que esto firma y para quien estos hechos resultan fundamentales,
tan trascendentales como son la concepción, la concepción de uno mismo y del
concepto de las cosas que subviene de observar cómo fueron estos affaires del
inicio de mi vida. Del origen de la vida. También, deseo que suponga una
felicitación a aquellos bien nacidos o que tienen un sentido divertido de la
existencia.


Enrique López Viejo

Valladolid (1958)
Licenciado en Historia Antigua y Geografía por la Universidad
Valladolid, cursó estudios de Ciencias de la Información en Bellaterra
(Barcelona) y ha ejercido como docente, profesión que abandonó para
emprender negocios privados que le llevaron a Mallorca, donde reside. Es el
autor de Tres rusos muy rusos
(Melusina, 2008), Pierre Drieu La Rochelle, El aciago seductor
(Melusina, 2009) y La vida crápula de
Maurice Sachs
(Melusina, 2012).