ESTEBAN F. RIPA MASCARO


Milena había tenido siempre
un problema con la vocación. Nunca supo qué quería hacer con su vida. Pero este
problema era más profundo. Ella presume, ahora, más lúcida que entonces, que el
origen de aquello fue un grave conflicto de identidad. No podía ser ella. No
sabía cómo forjarse un yo. Aseguraba angustiada ante quien quisiera oírla que
ella había sido el resultado de las decisiones de los otros que ella
incorporaba como propias. Resignada, abatida, aceptaba el destino que cada
persona que la conocía le diagnosticaba cada vez que la veían apática, como
lejos de la realidad.
Primero había comenzado
imitando los movimientos de su madre, persona muy vanidosa, artificial.; luego
algunos rasgos de su hermana menor, Mariela: indómita, pasional, igual de fascinante
que la madre pero en versión más diminuta.
Un día Mariela, con apenas
cinco años, dijo que soñaba con ser verdulera y Milena, cuatro años mayor, dijo
que también. Después de más grande Mariela dijo que azafata, nadadora,
paracaidista, saltimbanqui. Y Milena iba siempre detrás de los caprichosos
deseos de su hermana sin capacidad para discutírselos o desestimarlos.
Luego Milena quiso también
ser bailarina de ballet como la tía Aurora, pero no pasaría de los primeros
intentos. Su cuerpo era muy caballuno, le dijo la vieja profesora con mirada de
acero luego de un ensayo en donde Milena se había caído para luego irse
llorando.
 Al entrar en la primera adolescencia, Milena
seducía a hombres y mujeres con igual dedicación. Se sentía atraída por una u
otra persona más allá de a qué género perteneciera. Por caso, una tarde invitó
a salir a su ginecóloga, una morocha de treinta y ocho años, de rasgos felinos
de la que se comentaba que era transexual.
Dicho esto cabe destacar que
Milena amaba los híbridos, las mezclas, lo inclasificable tanto en las personas
como en el arte en general: el hecho estético debe ser realmente estético, decía.
Cuando a Milena le
preguntaban ella afirmaba que ningún ser la conformaba del todo, nada era tan
bello ni especial. Qué es lo auténtico, qué es lo puro, se preguntaba. La
naturaleza se había encargado de engendrar seres imperfectos, inacabados, que
jamás podrían complacerla. Lo puro te restringe, te encuadra, es un espanto,
decía. Mientras tanto, no se cansaba de hacer degustaciones, sin suerte.
Esta tarea la dejaba agotada,
no hallaba nunca disfrute. Y con cada nueva decepción- cada jovencito de mirada
estúpida que la quería besar, con cada jovencita que la acariciaba con descaro
algún sitio recóndito de su piel-, se sentía estéril, inocua. Hasta que un día
Milena hizo una asociación muy simple que la dejaría perpleja.
Es que unos días antes de
aquel descubrimiento había visto una película que la fascinó: El corcel negro. Film de argumento
simple, cine liviano donde los malos eran verdaderamente malos y los buenos
infinitamente buenos y, por supuesto, con final feliz. Pero lo importante, lo
inquietante en todo caso, es que se enamoró del caballo, el verdadero
protagonista de aquella vieja cinta. Porque se perdió en él. Se aquerenció,
sintió por él y como él. Así fue que se dio cuenta de que deseaba a los
caballos como a nada en el mundo. Y se acordó de las palabras de la profesora
de ballet. Caballuna, ella era caballuna.
De este modo no tardaría
mucho tiempo en ir a realizar un acto impostergable: confrontar su figura en el
espejo. Así descubrió- o confirmó- que ella era de extremidades largas, piernas
y brazos fibrosos, nariz en punta en forma de hocico. Su piel era brillosa y
era elegante como un alazán. Fue ahí, ante el espejo de la puerta del armario,
que ensayó voces distintas, articuló sonidos varios hasta que consiguió dar con
algo parecido a un tímido relincho: un sonido seco y breve, como un estornudo
de felicidad incomparable. 
Hasta que un día consiguió ir
a la chacra de un pariente lejano, paseo familiar que hasta ese momento solía
rechazar. Una vez allí, y luego de dar un largo paseo visitando los terrenos y
las instalaciones fingiendo repentino interés en todo aquello; y una vez,
entonces, que estuvo ante una tropilla de hermosos caballos, ella comenzó a
correr a la par como si fuese una más de los equinos. Corrió y corrió sin medir
tiempos ni distancias. Toda su familia, parapetada a unos cuantos metros de donde
ella daba el insólito espectáculo, no llegaba a comprender lo que Milena quería
demostrar. No comprendían el significado de tanto alborozo porque jamás la
habían visto actuar de esa manera porque nunca, según ellos, había sido de ninguna manera.
Mientras tanto, ella iba en
sincronía con el galope de aquellos infatigables animales. Había dado con los
movimientos precisos, con el ritmo perfecto. Milena galopaba y se reía,
galopaba y vibraba de emoción, galopaba y se encontraba así misma en aquel
simple gesto de hacer los movimientos propios de un caballo mientras corre sin
propósito ni lógica aparente.
Hasta que, bajo los rayos
febriles de aquel mediodía, fue mutando en algo sorprendente. Se hizo caballo.
Se hizo mujer. Se convirtió en mujer-caballo y a su extraña manera se volvió
hermosa.

                                                                                      
Esteban F. Ripa Mascaro (La Plata, 1978). Cursó estudios de
Periodismo, Comunicación Audiovisual y Abogacía. Luego pasó por las carreras de
Letras en la U.N.L.P y el profesorado en Lengua y Literatura en instituciones
varias.  Publicó en  2016 su primer libro de relatos Caprichoso artista del invento en “Masmédula
Ediciones”. Coordina un taller de escritura creativa y ha colaborado con
distintos medios, entre otros llevó junto a Nora Montenegro, José Ponce y
Patricia Falcón el programa radial “Planeta literario” en FM Fundación.