Foto de David Bailey


Lo conocí de casualidad, en una reunión. Éramos
amigos en la red pero nunca habíamos intercambiado palabras.  No sé
cómo consiguió mi mail, supongo que de la información de mi perfil. Enseguida   nos
empezamos a escribir, creó que  me enamore de él porque me escuchaba,
me entendía, en ciertos  temas de la vida sabía aconsejarme.
Una tarde le acerqué un libro, tomamos un café. En
un momento, unas fotos sobre la pared me llamaron la atención. Él se acercó a
señalarme quiénes eran, y en un momento inesperado… me besó… sentí miedo, temí
que me obligara hacer algo de lo que yo no estaría de acuerdo. Cuando se
abrazó a mí temblaba, lo sentí, me susurró que lo ayudara a vivir. Supe en ese
santiamén que no me haría daño, sólo atiné a irme, no me frenó. Me
fui  lo más rápido que pude, durante días esa escena se repitió en mi
cabeza una y otra vez, ese beso, ese encuentro, sus sensaciones, su ansiedad,
su apetito de amar, su necesidad física de estar. Tenía la edad suficiente como
para ser mi padre, pero no me trataba como a una hija, era un
trato cordial, y sus intensiones iban más allá de la escritura. Parecía un
tipo divertido, culto  e inteligente, no me equivoqué.
Nos escribíamos continuamente, varias veces al día.
En los mails siempre me contaba cuánto me deseaba, cómo me imaginaba, sentada
en silencio, leyendo, y hasta me imaginaba bailando, deseaba quitarme toda
la  ropa. Parecía que constantemente me estaba esperando. Lo volví a
ver, compartimos otro café, hablamos de Che Guevara, Sartre, y de Chopin. La
mutua necesidad de sentirnos amados, forjó el destino, nos acercamos. Esa tarde
fresca de otoño me aproximé hasta el piano y le confesé que siempre me hubiera
gustado aprender.
-Nunca es tarde, me contestó.  
Para romper el hielo toqué una pequeña parte del
“Feliz Cumpleaños”, hasta aquí llegó mi sabiduría, soy una burra, le dije, nos
miramos y nos reímos. Recordé que había aprendido a tocar esa pieza musical a
los 12 años de edad con el órgano de una nena que sólo tenía 6. Se acercó a mí
y me besuqueo y  yo también lo besé, nos estábamos acariciando con
desbordante pasión hasta que  sentí su erección. 
-Debo irme, le dije
y me fui.
Una vez más esa semana y la siguiente recapitulé la
escena en mi mente, pensé lo mal que hacía en ir a verlo. Camino a casa supuse
qué haría si mi esposo me descubriera. No me dijo nada porque no se dio cuenta
de nada. La semana siguiente  llamé a su puerta, abrió de inmediato,
estaba aguardando mi llegada.
-¿Alguien te vio entrar? me pregunto.
-No estoy segura, le respondí.

Foto de Sam Haskins

  De a poco me fue haciendo creer cosas que él quería
que yo creyera, de a poco me enseñó todo lo que él sabía, como si intentara
enseñarme la vida a través de la palabra, aprender la vida  afinando
el oído, con buena música. Me saqué el abrigo y lo tiré arriba del sillón,
cerca del piano. Preparamos café y en esa oportunidad hablamos del Gral. Perón,
de Cavallo y de Alfonsín. Saqué de mi maletín el Cd de The Beatles, el de Bowie,
no le gustó. Otra vez en el piano tratando de leer una partitura cuando él se
arrimo a mí y masajeó mi espalda y el cuello, yo me quedé porque estaba
tremendamente contracturada y tensa. Cuando llevó una de sus manos a mis senos
me excité, sentí el fuego en todo mi cuerpo, realmente me excité. Me levanté,
tomé  mi abrigo y me fui.  Sentí miedo de avanzar, huí despavorida. Fue una mezcla de
sensaciones y de sentimientos, de un lado el diablo que me alentaba a seguir y
del otro lado un ángel que me decía: “pensá lo que estás haciendo”. Era un
bombardeo continuo de lo que debía hacer y lo que no, me trabajaba la
conciencia.

Dos semanas me esperó y lo dejé plantado.  Le
puse excusas, las primeras que vinieron a mi mente eran: estuve enferma, tomé
una licencia bien paga. Por momentos no sentía arrepentimiento por lo
acontecido, pero sabía que lo que estaba viviendo después de tantos años sería
irrepetible. Había una atracción, creó que me incitaba pensar que él me
deseaba, aunque sabía que estaba mal. Y él me invitaba a gozar, a sentir
placer, a ser feliz.
Pasaron unos días y lo vi de nuevo, estaba
esperándome. Él sabía que yo iría. Esta vez no lleve ningún libro, ningún Cd.
Me recibió contento con café caliente, me ofreció los astros a su lado, yo le
dije que la felicidad no era aquello, pero tampoco convenía  poner
nombres a las cosas. ¿En serio pensás que tal cosa no existe? tomó mi mano y me
llevó a la habitación subiendo unas escaleras empinadas. Había
un  sillón rojo, un gato negro, una ventana  y una
biblioteca en ella ¿y esto qué es, qué es si no es felicidad? me dijo.

Escogió un libro del estante más alto y era
de  Rimbaud, comenzó a leer “El baile de los ahorcados”
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro…

Detalle foto de Reid Miles
-¿Te gusto? Él me
preguntó.
No sé por qué razón
me gustó el poema que hablaba de la muerte, Instantáneamente tomo otro libro
  ¿Conoces
las posturas del kamasutra?,
¡Claro que si! …era
mentira!
 Se río. Hojeamos las páginas y empezamos a hervir de calentura. Nos
quitamos rápidamente la ropa, estaba encima mío, de repente, estábamos en la
cama, no voy a dar detalles. Acto seguido me fui. En casa intenté disfrazar
la  experiencia, no sé si lo logre del todo, estuve rara. Me
replanteé ¿por qué a mí?,¿ qué había hecho? y a pesar de mis contrariedades, de
mis convicciones, de mi moral, me importó un carajo mi  esposo. Al
fin y al cabo sólo nos veíamos a la hora de la cena y hacía bastante tiempo que
él me ignoraba, eso me daba bronca.
Y esos eran motivos exactos para justificarme. Y así el tiempo, la
literatura, la política y la música alimentó nuestra fogosidad y locura.
El día de su cumpleaños sesenta y nueve, le llevé una torta que compré
en la panadería del centro. No pude quedarme mucho pero tuvimos tiempo para
saborear una porción de pastel de chocolate  e ir a la cama por un
polvo. Todo pasó rápido como una estrella fugaz, a lo mejor un poquito más
pausada, pero ese período lo viví tan intenso, que nadie lo hubiese imaginado.
Y las semanas pasaron, los meses pasaron. Llegó el verano. Y crucé una
vez por esa puerta tantas veces como otras, clandestinamente, sabiendo que esos
encuentros serían cuestionados. Aún así si se los contaba a mi mejor amiga, por
eso fue que todo eso que viví lo viví como lo que era: traición, no existía
otra palabra que se le arrimase.
Todo siguió su ritmo, pasó un año. Seguíamos compartiendo cosas bellas
de la literatura, recordando grandes éxitos de músicos que ya no estaban pero
que con sus obras están vivos. En las tardes de lecturas revivimos a todos los
muertos de la biblioteca. Lo que estábamos transitando se llamaba pasión, él lo
llamaba amor. -¿Qué? ¿No tengo derecho a enamorarme? ¿Un viejo no pude
enamorase? me preguntaba cada vez que intentábamos comprender  la
relación.  ¿Soy poca cosa para vos? ¡Contéstame! ¡Contéstame!  Tenés
que ser libre, libre como la brisa, tenés que ser feliz. ¡No tengas miedo
muñeca!, no sientas miedo corazón, el miedo siempre fue usado para manejar a la
gente, me decía.
Foto de Art Kane

Y me sentía tan dubitativa
que le planteaba cortar con la relación, y lo único que él me decía era: ¡Si me
dejás, se lo cuento a tu esposo y después me mató!
Eso me atemorizaba, no quería imaginarme el
problema   que sería todo aquello. Pero no era cierto, yo no
quería dejarlo, no quería perder a ninguno de los dos. Pero  mi
esposo no estaba enterado de nada y yo pensaba que si él estuviese al tanto de
la situación jamás me lo perdonaría.
El día que le quise confesar mis infidelidades, me llevó de viaje.
Después ya no tuve coraje para confesar. Cuando volvimos, mi amante y yo nos
volvimos a encontrar.  Él se enteré  que mi esposo y yo nos
habíamos ido de viaje y que las cosas estaban mejorando.
Por primera vez en tanto tiempo me hizo una escena de celos. Esa tarde
de verano hicimos el amor en la biblioteca y en la habitación de arriba,
estábamos bien, la luz del día iluminaba nuestros cuerpos.  Él me convenció  de a poco a que
continuáramos esa relación. Y aunque a veces yo le advertía que deberíamos
terminarla, él me decía, mitad verdad  mitad chiste, que si lo dejaba, se mataba.  No sé
si por  remordimiento o por culpa  fui entrando en un
estado depresivo y confuso, sentía inestabilidad, no sabía qué hacer con mi
vida ¿Cómo tomaría las riendas de nuevo?
Él siempre estaba esperándome.  A lo último era un acoso
constante por mail y por teléfono, yo sabía que el teléfono podía sonar a
cualquier hora de la madrugada o del día,  si  no iba a
verlo. A pesar de amarlo a mi manera yo sabía que había algo  ¿Qué
era? ¿era culpa?, ¿miedo?, ¿miedo y culpa?.  Por eso cada vez que pensaba lo que estaba haciendo quería
dejarlo antes de que las cosas avanzaran más, antes de que las cosas fueran más
lejos todavía. A veces pensaba que él se estaba obsesionando conmigo y temía
que esta historia terminara mal, como esos crímenes pasionales que se leen en
diarios y se ven en televisión. Había algo muy fuerte que me atraía de él, no
sé si era la diferencia de edad, su labia. Yo quería amarlo, pero sin
presiones, sin reproches, a mi modo, a mi manera, de la única manera que yo
podía.
Un mediodía de febrero me dijo que me esperaba con el almuerzo, le dije
que iría. Ese mediodía conduje mi auto hasta su casa, fui totalmente segura y
decidida a dejarlo, pero esa vez para siempre.
Imagine que como prueba de amor  nos
amaríamos por última vez, pero no fui así, ese mediodía de febrero no hizo
falta que yo lo dejase. Él me dejó a mí. Falleció durante el acto sexual.

Foto de Hans Bellmer
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