Julio Cortázar


“La vida hay que soñarla para que sea cierta” A. Tejada Gómez
Con las
últimas almendras masticaba una vez más el fracaso de la espera, pero esa tarde
se me reveló. Yo había bajado al baño a refrescarme los ojos cansados, y volvía
a mi mesa, la del rinconcito donde hallé la distancia justa para que nos
miráramos. Ahora no solo estoy segura de que él leía mis pensamientos, sino
que, además, comprendía hasta lo ilimitado por qué yo lo esperaba escribiendo,
soñando.

Cuando
entren, fíjense en mi mesa; es la que está junto a la puerta de la esquina,
frente al espejo y con la mejor vista hacia la placa conmemorativa, a cuyo lado
supo estar su foto, de traje y corbata, fumando, y con el ceño fruncido, entre
curioso y cuestionador. Fíjense bien, pero después… no me den detalles.
Yo
siempre me ubicaba ahí. Siempre. Y cuando encontraba mi mesa ocupada, maldecía
de pie, expectante, hasta que la dejaban libre. Los mozos sabían que ese era mi
lugar y más de una vez con una actuación para el aplauso, convencían a
cualquiera para que abandonara ese sitio. Y yo, feliz… ¡como loca! Porque con
su complicidad recuperaba el rinconcito de Avenida de Mayo y Perú, para
encontrarme con él.
Café London. Foto Superstock
La
cuestión es que la última vez que fui a la London, en cierto momento,
advertí cómo el ambiente se iba poniendo distinto. No siendo la hora del
cierre, era rara cierta impaciencia mal disimulada en los mozos; y el murmullo
habitual de sillas, copas, bandejas… había cambiado. Yo había pasado las
horas como siempre, café tras café, anotando algunas palabras, distrayéndome
con las burbujitas que se forman en el agua, que nunca tomo, y contemplando sus
ojos, tan despiertos a pesar del vidrio que cubría la foto…
Ya había
pedido la cuenta y estaba por irme con la asumida desilusión, pero llevándome
unos versos, algo nuevo… Pero cuando dejé de contar la plata y levanté la
vista pensando que era el mozo, me encontré con su imagen. Tan alto,
elegantemente desaliñado, apretando con naturalidad el cigarrillo con su boca
perfecta; y la mirada… fascinante y atemporal. No dijo nada; y yo, que
tanto tenía para decirle, quedé muda
. No es extraño… Siempre nos habíamos
comunicado así. Se sentó frente a mí. Me imaginé roja, naranja, violeta; pero
no pude revisar si mi habitual expresión de desaliento había transmutado en
loca feliz. Porque con su espalda ancha, con su estatura impresionante, tapaba
el espejo. Se sirvió el agua y la bebió toda mirándome a los ojos, tan
profundamente… Luego, mis borradores se hicieron pequeños en sus manos. Por
entonces yo escribía cuentos. Leyó algunas páginas sin detenerse, sin una
acotación siquiera, sobre mi letra y desprolijidad. Finalmente, eligió una de
mis hojas… ¡la única poesía que había escrito en mi vida! Y se la guardó en
el bolsillo del saco.
Después,
me quitó mi libro fetiche, ya saben… “Los premios”; y con ese
maravilloso tono afrancesado, me dijo en voz baja… “No son tiempos de releer, son tiempos de escribir…”.
Enseguida
tuve que desviar mi vista hacia el mozo que esperaba para cobrarme, y
entonces… sucedió algo terrible: Julio ya no estaba. Lo busqué entre
todos los presentes, mesa por mesa, y bajé hasta los baños, y entré también en
el de hombres. Después corrí hacia la calle. El mozo me siguió hasta la puerta,
más preocupado por mí que por la cuenta sin pagar. Debe haber notado mi
angustia, porque me tomó del brazo con suavidad y me llevó a mi mesa. Quiso
servirme agua, pero encontró, con sorpresa, que la jarra estaba vacía. Antes de
que fuera a buscar otra, que tampoco iba a tomar, le pregunté…
–        ¿Y Julio?
–        ¡Ah, la foto de Cortázar! Se cayó hace
un rato, ¿no escuchó el alboroto? Se rompió el vidrio, pero le prometo que para
mañana lo tenemos de nuevo ahí, ahí mismo.
Le pagué
y me despedí como siempre. Pero nunca volví. Después de aquello, no puedo
terminar mis cuentos y cambié la London por los bares de San Telmo.
Ustedes vayan. Y si quieren, siéntense en mi mesa, pero después no me cuenten
nada.
No quiero
saber qué pasó con su foto.

  Nora Coria (Buenos Aires), escritora, profesora en Castellano y
Literatura; dirige el “Taller literario Identidad-Literatura en acción”,
proyecto cultural inclusivo e itinerante para la promoción de la lectura y el
desarrollo de la expresión literaria. Ha publicado Versos Vitales (2012) e Identidad
(2013)
y varios cuentos y poemas suyos integran más de diez antologías. Sus
textos han sido publicados en revistas literarias de Argentina, Chile, España,
Uruguay y Colombia, entre otros, y en su blog www.noracoria.blogspot.com. “Yo no tengo sed” aparece en “Encuentros en la calle y en el café”
(Asociación Tango al Mundo).