Delito de vida. Autobiografía y poesía (Vaso Roto, 2018) es el título del libro en el que escuchamos, leemos, la multiplicidad de voces de la italiana Alda Merini, armonizadas por la pulsión vital y poética que la caracterizaba. Se cumple ahora un decenio desde su fallecimiento en la ciudad de Milán, y las fechas convergen para recordarla como lo hace el calendario cada 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía y aniversario de su nacimiento.

Este libro es un homenaje en el que Luisella Veroli, responsable de la edición del contenido, deja espacio para que la voz y la imagen de la poeta organicen el conjunto. En diciembre de 1994 Alda Merini se mudó al Hotel Certosa, donde se alojó durante algo más de medio año. Las visitas de Veroli fueron casi diarias durante esos meses, lo que generó un clima de confianza que se mantuvo también en posteriores encuentros también recogidos en Delito de vida. La propia Merini, tras ver el resultado de esas conversaciones publicado en la revista Fluttuaria, le propuso a su ya cómplice: «¿Y si sacáramos unas fotocopias y, agregando algún escrito mío, hiciéramos un pequeño libro para repartirlo en los Navigli? (…) El dinero [para publicar el futuro libro] lo hallaremos. Ahora escribo, le dicto mi autobiografía». Y así comenzó este proyecto que constituye una completísima aproximación a la figura de la poeta italiana más allá de sus libros, aunque contribuyendo, en todo caso, a una compresión y disfrute total de los mismos. Porque a Merini no necesitamos comprenderla, o no del todo, para sentirnos fascinados por la historia personal que marcó su poética igualmente cautivadora.

Son fundamentales los tempranos recuerdos de la familia y la constitución de su carácter a partir de unos afectos percibidos de manera muy potente: «Me afligía, por así decirlo, el amor tan grande que sentía hacia mis padres; su ejemplo no acababa de sorprenderme y buscaba entender qué era lo que unía a dos seres humanos en un amor tan perfecto». Sin embargo, la experiencia de la segunda guerra mundial cambia el curso de este agudo desarrollo emocional. Más tarde asimila la terrible experiencia de la guerra a otras etapas oscuras de su biografía: «El fascismo fue una tortura más que disfruté». Anuncia así de contundente entonces la miseria y el miedo que padeció durante aquellos años, pero también en toda su etapa adulta, con continuos internamientos en clínicas de salud mental, que terminarían por infundir en ella un intermitente «sentimiento de ansia de retorno, conocido en la jerga analítica como destrudo», es decir, un intenso impulso destructivo.

 

Aldo Merini

Son dos los polos en torno a los que gravita todo este Delito de vida: ese amor-pasión inicial que luego recuperará en las relaciones sentimentales y la figura del poeta. Ambos se presentan enmarañados en la red de la locura. Para Alda Merini el loco es un poeta, un versado en la grandeza. Así fue ella desde niña, cuando preguntaba a su padre no solo por el significado, sino por el origen de las palabras, y desde entonces se dejó incendiar por ellas, como reconoce en estas páginas. Fue precisamente su inclinación literaria la que le permitió mantener el anclaje con una realidad menos nociva, a pesar de las etapas de internamiento, y por eso muy en contra del tópico ratifica: «La idea de que el poeta tenga que padecer para poder cantar es la idea más tonta que jamás haya escuchado. Y lo mismo se aplica para el amor: la idea de que el amor se tenga que padecer es estúpida». Entiende finalmente lo poético como una resistencia ante la destrucción que impone la poderosa ignorancia de los demás. Por otra parte, lo erótico tuvo un gran protagonismo en la vida de la poeta, siempre enamorada («¡si estuviera aquí y viera que me enamoro a los sesenta y tres años!») y cuyo lema decía que negarse a la pasión es una perversión. En resumen, y tal como ella misma dijo: «La poesía la llevo en el cuerpo».

Además de este recorrido autobiográfico por el que el libro ya se nos impone gozoso, Delito de vida se completa con otra entrevista, algunos poemas escritos en aquella habitación de hotel y un conjunto de tres conferencias bajo el título de Génesis de la palabra poética(que incluye un Homenaje de la compiuta doncella a maestros y maestras, Temas y figuras del imaginario que suscitan la palabra poética y La pasión amorosa como experiencia emotiva e intelectual). La conclusión es que el tiempo de lectura se transforma en la asistencia a una conversación con Alda Merini. Pero también hay un apartado gráfico, una serie de fotografías tomadas por Giuliano Grittini, amigo muy cercano de Alda Merini que supo captar en esa complicidad algunos momentos muy reveladores de esos años noventa. Vemos así, en las últimas páginas, a la poeta frente al escaparate de una de sus librerías más frecuentadas, Il Libraccio; en las calles de Navigli, el barrio en el que residía; en compañía de amigos del mundo del arte; cruzando un puente que ahora lleva su nombre o también, en una magnífica imagen, al teléfono en su dormitorio.

Alda Merini se sabía de sobra observada desde el otro lado, juzgada, mal entendida. Por eso le gustaba recordar una anécdota: «Desde el alto muro que circunda el manicomio, un loco que trata de escapar ve la agitación en la calle y pregunta a un transeúnte: “¿Cuántos son ustedes en su manicomio?».

 

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