GAETANO GANSOLFI. SAN JOSÉ




Habíamos acabado la
primera entrega de nuestro breviario de improperios invocando a san Valentín. Puede
que hayamos pasado treinta días teniendo disgustos, viviendo disputas, con graves
desencuentros entre parejas y hayamos tenido que proferir cientos de insultos.
Como fuere que llega el día del padre y así habíamos quedado, vamos a seguir
con el tema de las ofensas que algunas tienen su atrevido entretenimiento.
     Día de san José, padre
carpintero del Mesías salvador, de Jesús. José de Nazaret era un personaje
encantador, muy buena gente, un hombre del año cero, que se vio metido en un
fabuloso lío con el encargo que se le hizo de recibir en Belén, muerto de frío
y pavor, la llegada del Niño Dios, nada menos.
     Menudo follón. La cara que se le puso a José cuando se entero
de los acontecimientos que le tocaría vivir. Esposo virginal tuvo que escuchar
lo que le dijo su divina mujer, la Virgen María. Que la había visitado el
arcángel Gabriel, -importantísimo en su rango celestial-, y que iba a concebir
al hijo de Yahvé, de Jehová, de Dios. Que se preparaba la de Dios es Cristo. A
san José, el pobre, -no lo dudemos-, se le puso cara de gilipollas, y pensando
en ello, razonando, entiendo que a este padre primigenio, la historia le ha
tratado mal. A pesar de ser figura principal del Cristianismo, padre terrenal
de Jesucristo, ni la fecha de su muerte sabemos.
   Que era hombre buenísimo, artesano de familia conocida.  Habiendo aceptado la extravagante concepción
de su mujer de uno de los mayores superhéroes de la Historia, verse envuelto en
tamaña paternidad no le trajo grandes beneficios. A pesar de su mucha santidad
y excelente dedicación a sus labores, -un hombre ejemplar- , no se le dejó ni
el papel de triunviro, que se quedo en secundario, y tan siquiera pudo ser
galán, temiendo siempre que se le viniera el cielo encima. Después de la que le
mangaron la Santísima Trinidad y su seráfico ángel, san José merecería quizás
una mejor presencia para compensar tanto avatar, todos sus afanes.
     Tuvo que encomendarse al Santísimo que desde los cielos tenía
autoridad “suprema” y le controlaba mediante un ojo inmenso enmarcado en un
triángulo. Educó como pudo a Jesús, y no lo hizo mal (…era todo milagroso en el
muchacho, con un aura dorada encantaba a todo el mundo a su alrededor). Colaboró
estrechamente con el Espíritu Santo, algo por otra parte bien difícil dada la
invisibilidad del personaje. Cuando aparecía era una blanca paloma o una lengua
de fuego. Nada fácil. San Joaquín y santa Ana, los suegros, estaban alucinados.
     Bendito san José, marido célibe de la mejor de su país y de
la Historia mayúscula. Después de la Anunciación, la Concepción, y todo lo que
vino después, la encomienda que le pone la Iglesia que fundara su hijo, es la
de patrón de la familia, con lo complicado que es este asunto y tras la locura
que había vivido él. Para más INRI, como era artesano y tenaz, le encargaron
ser patrón del trabajo. ¡Menuda broma!, tener que animar a la gente a trabajar
en desiertos como aquellos. Finalmente, para colmo, le hicieron patrón de los
obreros, obligándole a soportar la dialéctica de las contradicciones en el
materialismo histórico, y un santoral con colegas tan relistos como Carlos Marx
y comandita.
     No hay ánimo de iconoclasia el empezar este artículo
recordando a este Santo Padre, que nadie piense que soy un ateo combativo. ¡Por
Dios! Afirmo que estoy bautizado en pila barroca, y que hice mi primera
comunión en el Santuario de la Gran Promesa, que era lo más para la época en mi
ciudad, siendo confirmado en el mismo acto por el obispo. Que de vez en cuando
pongo velas a san Antonio y a santa Rita de Casia, guapísima patrona de los
imposibles, y casi seguro moriré en la fe tomando la extremaunción o lo que haga
falta, con burbujas si puedo. Tengo que decir también, que soy hombre en la
búsqueda de mi tiempo perdido, que evoca a María Magdalena en las lecturas
matinales entre edredones, tras el desayuno.
     Lo ocurrido en Belén, cuando el Ángel del Señor anunció a
María por obra y gracia del Espíritu Santo, fue un faenón para nuestro santo
José. No sugiero que la Santísima Trinidad le hiciera una gran putada, “una
putada histórica”, pero sí me permite introducir el tema que dejamos pendiente el
día de San Valentín.
    Se puede pensar en la propia idiocia, en una imbecilidad
supina, al tratar este tema de los insultos, e iniciarlo con el estupendo José.
Debo decir que soy de los que piensa que “nada hay más feo que pegarle a un
padre”. Que me perdonen Abraham, san José y todos los padres del mundo, pero
son muchos los que han hablado de la necesidad de “matar al padre”. Psicólogos,
psicoanalistas, Kafka… No soy yo solo el que trata aspectos desagradables del
ser humano. Como no quiero asesinar a nadie, y 
son los insultos lo que tratamos – escribiendo lo que me apetece
escribir-, empiezo con un calificativo plural, el de idiota.
PAVEL FEDOTOV. LA NOVIA EN APUROS

En orden de géneros, éste
es un insulto fundamental. El género idiota. Somos millones en todo el mundo. La
idiocia es múltiple y está muy extendida, es histórica y transcontinental,
propia de la mayoría de los seres vivos. El ser humano, desde su principio como
homo sapiens sapiens, lo es, aunque los haya muy listos y superguays.
(Particularmente, odio a los guays.) El mundo está lleno de idiotas, de
imbéciles, que es casi lo mismo. De una manera u otra, muchos estamos afectos.
Es una verdadera lástima, pero es la realidad. ¿Cuántos padres lo son? ¿Qué
sucesión de imbéciles genera la herencia humana? ¿A quién no se le ha puesto
cara de idiota? ¿Cuántos lo somos?
    Explica Pancracio Celdrán en su interesantísimo libro “Inventario
General de insultos”, que el termino idiota pasó de la Lengua Griega, en la que
caracterizaba a un ser peculiar -a una persona “distinta”-, al Latín de los
romanos, que llamaron idiota al ignorante que lo es por carencia de facultades,
por su idiocia,  suerte de enfermedad
mental. Pero pronto idiota devino en insulto netamente despectivo. A pesar de
su acepción patológica, supone un improperio sobrio aunque, a veces, resulte
simpático, cuando “a tontas y a locas” te dicen “no seas idiota”. En ocasiones,
en el juego amoroso es como un halago, una carantoña. Pero no deja de ser serio
llamárselo a alguien. “Sois unos idiotas”. “Soy un perfecto idiota”. “¡Qué
idiotez!”.
      Dentro de la idiocia hay infinidad de insultos a proferir, es
un campo abonadísimo de caracteres de todos los siglos y ambientes. Con todas
las fisonomías, comprende a muchos tipos humanos. Veamos unos cuantos.
     Un vaina. Un veleta. Un tontito, tontolino, tontaco, tontaina,
cuando no tonto de remate o de capirote. Tontolaba, “tonto a las tres”, tonto
del culo, tonto de los cojones (que es más seria la cosa). “Qué cosa más
tonta”. Tontorrón no importa serlo si te lo dice una guapa señora, o te exige serlo
en la seducción. Como si te llaman bobales, bobilín o bobalías, un bobalicón. Puede
traer sus beneficios.
      Más adjetivos leves dentro del género idiota son los de
pánfilo, pamplina, alfeñique, melindres, chupatintas. Un paicebueno, un
sinsustancia. Un papirote, un pavitonto, un pavisoso.  El abrazafarolas, que tiene su explícita imagen.
Tan solo es un borrachín, pero es palabra divertida, puro documento gráfico.
Como las nuevas sobre tribus urbanas de perriflauta, gafapastas, bocachancla,
que me parecen vocablos fantásticos. Como la antigua expresión “eres un carrillo
de monja”, que aludía al atontado de inmensos
mofletes, como los tenía una religiosa que semejaba un basset hound.
     Insulto clásico es “el tonto el bote”. Viene del recuerdo de
un mendigo madrileño que tuvo la suerte de que un toro que escapó del coso no
lo matase, lo que le hizo famoso como afortunado personaje. Sobresaliente es
“el tonto que asó la manteca”, calificativo de una máxima necedad que se
utiliza desde el siglo XVII, Siglo de Oro.
También recordemos al bueno de “Perico de los palotes”, tan común. En
origen se le llamaba al tamboril que precedía al pregonero, y que solía ser un
pobre desgraciado con ínfulas bufonescas.  
    Están los sempiternos insultos rurales de palurdo, paleto,
pardillo. Garrulo o gárrulo. Con acento esdrújulo es un parlanchín, y sin tilde
es un cateto, me explicaban dos hermanos inmensos saliendo de La Pilarica en la
ciudad de Zaragoza.
     Están los insultos de fogón, mandilón y marmitón con su especial
sorna. Los dichos toponímicos, “estar en las Batuecas”, “estás en Babia”,
localidades salmantina y leonesa que, injustamente, por razones históricas,
hemos hecho refugio de pasmadotes. Los faciales “más feo que Picio”, con su particular
origen. Un zapatero granadino sufrió un desastre hormonal cuando fue indultado
camino del cadalso que le dejó la cara que no había quien lo mirase, repelencia
que provocó hasta su muerte, dándole el sacerdote la extremaunción a distancia
para no verle. Feo como un pavo, como Carracuca, que también. El de Coria,
Sevilla, bufón del Duque de Alba primero y de Felipe IV después, retratado por
Velázquez que lo eternizó magnificamente.
     Cara, carota, jeta, caradura, “un morro que te lo pisas”, “pero
qué morro tienes”. Los panarras, el desgarramantas. El carapapa. El paparote y
el papirote, que como dice el “Inventario” de Celdrán, son tonto el uno y
bobalicón el otro. El gaznápiro, vocablo que suena a ave rapaz o a planta
devoradora, pero que denomina a un bobo muy grande. Están el huevón y el huevazos,
que son calificativo del perezoso, del vago… El huevón es tranquilo; el
huevazos, menos. En relación a éstos,
tenemos mamón, mamonazo, los remamahuevos (que le quisieron joder la democracia
a un tirano venezolano harto de whisky a mediodía). En la misma línea, los lameculos,
que hay cientos, miles, corriente internacional que incluye a los comepollas,
lamechochos y, en distinto orden, a los lameplatos… que hay que estar
hambriento. Argumentando el miembro masculino también los hay graciosos y
expresivos: los pollaboba, los pingafea; el pichiruche, un verdadero
pichafloja. Pichabrava, pichaloca, que se explican por sí mismos, y que suenan
próximos a chorra al aire, rabo lechón, tonto polla. Todos ellos unos idiotas
redomados.
     El lector sabe de sobra que a los idiotas también se les
llama imbéciles. La imbecilidad es pura idiotez. Que a muchos idiotas se les
pone cara de imbéciles, y que en sus distintos órdenes -graves o leves- son
perfectamente equiparables unos y otros. En su generalidad son unos estúpidos,
calificación fina y tendenciosa.
     Que el mundo es estúpido. Que -en parte- la vida es una
estupidez, es tema filosófico de interés. Pero no es el objeto de este breve
repaso de caracteres. La estupidez es esencia de la existencia, y sus afectos o
afectados: omnipresentes. Llamar a alguien estúpido es descalificarlo con rotundidad
y cierta elegancia. Como llamarlo insensato.
     “No seas insensato”. Palabra noble, expresión muy correcta a
pesar de que se refiere a quien pierde el sentido, “il senso”. Pero, a la
postre, es un insulto múltiple en el que te están llamando tonto, bobo, loco,
imbécil e idiota, todo el conjunto y de la forma más delicada. No nos
engañemos, una insensatez es una idiotez, una estupidez. Hay que decir que son
millones los padres insensatos, al menos un tercio de la humanidad.
     Otro insulto correctísimo e híper culto es el de estulto. Puro latín. Existen miríadas de necios,
lo son todos los tontos del mundo, unos unidos, otros reunidos, y muchísimos
por separado. La estulticia es como la idiocia. No es común que te llamen
estulto y te miren de frente, “es de bofetada”. Es más probable que se pongan
de perfil. Nadie que te llame así es muy normal.
     Otro calificativo raramente utilizado es el de estafermo. Se
oye muy de vez en vez, pero tiene su gracia siendo una palabra que carece de
salud. Tiene la acepción del guiñapo de trapo al que se pegaba en la piñata, y de
la persona que es sumamente indolente.
     Es como estólido: dícese de una persona más que necia y
aburrida. Hay asuntos estólidos, aquellos que resultan ser los mayores muermos.
En un nivel simple de estólido, del simplón, es el modorro, el atontado
permanentemente somnoliento. Un pacholo. (En contradicción a lo que escribo, recomiendo
divertirse al lector con un estólido personaje leyendo “Oblomov” de Iván Goncharov,
sin igual escritor ruso que acabó loco perdido litigando con sus colegas de las
letras, especialmente con el gigante Turgueniev.)
CARL LARSSON. EL RINCÓN DEL VAGO

Tras estos últimos insultos
relativamente suaves y escasamente agresivos, comento uno que me encanta, pues
en mi casa se escuchaba infinitamente. “No seas incordio”. Para la RAE es la
persona o cosa incómoda, agobiante o muy molesta. Un verdadero incordio es un
horror. Se decía para protestar contra la cierta locura imperante en la casa
familiar, que “no había ni orden ni concierto”, siendo ordenadísimos todos, y
habiendo piano y músicas en cada rincón.
    Pasando a idiotas sandios están los lelos y los alelados. Los
pocacosa, algo que a veces se dice con cariño. El raro insulto de bausán, que
es otro puro necio. Los que son un desastre. “Eres desastroso”, o “eres una
nulidad”, que también es muy tajante. Es una descalificación de aúpa. Muy
despectivo es lo de que “eres un lila”, un tonto el culo, un tipo muy bobo. (Un
lila no es lo mismo que un liloi que es un loco extravagante y frivolón siendo
otro don nadie. Liloi se escucha poco, pero es muy chulo.)
      Un lerdo, es otra cosa. Tardo y torpe para la RAE, para
muchos es un tonto de fino bigotito bajo la nariz. El primo y el primavera. El
pinchauvas, “el bobo de la yuca”, rurales ambos. El tarugo torpón. Mendrugo, amorfo caraculo, carabobo, carabollo.
Matao. Calzonazos. El comemierda, que es insulto grave. Se trata de un
miserable sin dignidad, merecedor del mayor desprecio. Un cenizo si, además,
trae mala suerte.
     Cencerro. Chalado. Chiflado. Grillado. Pirado. Locos todos. Majara.
Majareta. Majarón, que es el trastornado muy activo. Junto a estos verdaderos imbéciles están el zote, el zopenco, el
zoquete, los zafios, los zamujos, que son unas mosquitas muertas; los zampabollos,
los zampatortas, los zampalimosnas. “Zetas” de todo tipo y condición, a las que
se une otra palabra con esta letra final, el muy existencial sustantivo
infeliz.
     “Ser un infeliz” es dramático. Cuando tras una pausa en la
conversación, tras una triste mirada, te dicen que eres un infeliz, un inútil
de pensamiento, sentimiento, obra o acción, es penoso. Ser un infeliz es
tristísimo. Es que eres un puto desgraciado. Los putos desgraciados son un
carácter muy extendido en los cinco continentes. La humanidad y el planeta
Tierra están plagados de putos desgraciados, por más que el gran hijo de José, el
Salvador, y muchos otros, se hayan empeñado en arreglar el lío que empezó con
Adán y Eva.
GOYA. LA CASA DE LOCOS
Seguimos en esta carrera
de insultos que se pueden proferir a progenitores y abuelos jóvenes o seniles.
Al amante, al amigo, al ex amigo, a todos los enemigos posibles. Insultos para
el niño y para la niña, para la novia y para el que pase cerca. Pilongos,
castañas, títeres.
     De nuevo, los don nadie, los buscavidas, el rastrero y el
arrastrado. ¡Qué bajo concepto del otro! Es de lo peor que puedes decir de
alguien: “ese es un don nadie”. Es terrible. Cuando así desprecias, no te lo
perdonan por más que jures bondad eterna, que seas el más conspicuo filántropo
altruista.
     Vamos con los gilipollas, que son muchos, muchísimos.
Carácter, comportamiento y calificativo muy comunes. “Este mundo está lleno de
gilipollas”. Es vocablo como ninguno, es gutural, lingual y labial. Tiene
especial fuerza y un inmenso territorio. Hay miles de grados y jerarquías, se
puede llegar a ser un gilipollas integral, al cien por cien.     
     Empecemos por un gili, que es un pequeño gilipollas, un gilipollitas.
Un gilí en caló, con acento, es un pelele. Hay gilipuertas que son gilipollas
menores con o sin librea. Pero un gilipollas tampoco es una calificación banal,
en absoluto. Puede ser de todo: un infeliz muy desgraciado, un cabrón. Lo son
el mastuerzo, el manta, el sonaja; lo son el pelma, el berzas, el berzotas, el
robaperas. Un alcornoque. El cabezón, el cabezota, un cabeza yunque. El cebollo
y el cebollino. El choriburu, el mediopolvo. Un sinfín. Puede serlo tanto un
listillo petulante como un pedante y peripuesto, un litri, “lo que se dice un
litri”.

    Hay gilipollas sosos y sosainas. “No seas sosaina” te decían
cuando eras niño para animarte, “no seas gilipollas” decimos ahora al amigo. Hay
mamertos, cerriles, cazurros, cenutrios, como los hay cagaos, acojonaos. Están
el cagón atemorizado, el cagarruta, que es como “una  mierda pinchada en un palo”, -que no puede
ser icono más escatológico-; un comemierda pejiguero, o un fantasma fantasmón, “un
verdadero fantoche”, matasietes fanfarrones y sietemachos.
     Gilipollas también son los calaveras, los que son una calamidad,
y los malandrines. Ser malandrín no está mal, puede resultar encantador y sexy.
Suena muy chino. Es romántico y suaviza las disputas. Es mejor decir “eres un
puñetero malandrín” que “eres una calamidad”. Hay mucho papá malandrín y mucha
paternidad despistada, progenitores del género pumba. Pumba pumba decía mi
hermano, padre múltiple.
DAVID TENIERS EL JOVEN. EL REY BEBE

Bufón. El cómico que
tiene que hacer reír. Su existencia tenía su interés en otros tiempos, y los
había en cortes y feudos, pero en la actualidad se dice del payaso en su
acepción peyorativa. El bufón es lenguaraz y pelafustán, fementido y lilipendón,
es “un figura” grotesco. Solían tener un importante defecto físico, -muchos
eran enanos-, a los que convertían en gamberros profesionales juntándoles con
lo mejorcito de cada palacio y taberna, príncipes y reinonas, nobles, juglares
y trovadores, cómicos, truhanes, y todo el etcétera del que tantos retratos
literarios y pictóricos tenemos. Son Siglo de Oro más que ninguno.
     El bufón es un histrión correveidile, sátiro farsante que
trata de ser graciosete. Suele ser un trapala y un bocazas. Claro que hay excepciones.
Por salirme un poco de este aciago discurso sobre caracteres, por alabar a
alguien, recordaré a uno excepcional, a François de Cuvilliés, enano en la
corte rococó de los bávaros Wittelsbach. Matemático y arquitecto, construyó el
riquísimo teatro que lleva su nombre en Münich, maravilla de maravillas.
   Dentro de los gilis veniales están los ilusos, los ingenuos,
los burlados, los inoportunos, los impertinentes… La impertinencia es
insoportable. (A los insoportables no hay quien los soporte.) Luego están los
impresentables, calificación que se ha puesto muy en boga. Lo mejor que podemos
decir de ellos es su definición académica: el impresentable es el inepto de
malas formas al que no se puede recibir ni presentar. No es fácil decírselo a
alguien, y sin embargo, se escucha muy frecuentemente, con lo que nos hacemos
una idea de la escasa sociabilidad actual. Remitiéndonos al día de hoy, cuántas
veces la gente evita presentar a un padre impresentable que los hay abundantes.
     Extremo del impresentable es el indeseable, un ser casi
perverso, pura maldad. Particularmente, opino que medio mundo lo es, que sobran
humanos, que hay mucha mala gente, pensamiento que tiene su lógica acorde con
el tema tratado: el insulto, el improperio, la injuria; la disputa, la refriega,
la pelea.
     ¡Qué día! ¿Día del Padre? 
¿Del Obrero? ¿El Trabajo? ¿La Familia? Todo me parece mayúsculo. ¿A que
venía el bueno de san José con todo esto que llevo escrito? ¿Por la cara que se
le puso con el sorprendente embarazo de su esposa? La que le hicieron Jehová y
el Espíritu Santo. Pero dejemos a José con su letra “jota” de jodido, y
volvamos a la “ge” de gilipollas. Que no habrá indulgencias en este texto por
volver a recordar al santo.
     Tenemos
más. Los gañanes y los ganapanes, que son dos clásicos que no podemos olvidar
en este breviario. El gañán es un perillán y el ganapán un mancebo que se las
trae. En tiempos pretéritos, ambos calificativos eran muy utilizados. No así el
raro insulto de gualdrapa que es un calandrajo… ahí es nada con estos dos
vocablos: gualdrapa y calandrajo.     
   Hay descalificativos como membrillo, melón, memo, metepatas,
metomentodo; “metesillas saca taburetes”, mierdecilla, maula, “eres un maula”,
tipo desastroso, inútil despreciable y, además, cobarde y tramposo.

     Al maula no podemos confundirle con el maleante, con el chorizo.
El maleante supone una condición legal que se unía a los vagos. No era difícil
verse inculpado como tal yendo a tomar la última copa a la estación de tren. Se
le asocia con cientos de personajes del cine negro y la novela detectivesca, géneros
que tantos malos han observado y miles de tiros han hecho disparar. No es lo
mismo disparar que disparatar, decir algo fuera de razón o norma. No es bueno
ser un maleante, pues, en definitiva, es ser otro absoluto gilipollas. Tampoco lo
es ser un disparatado que no hace más que gilipolleces. Claro que también hay
genios del disparate y disparates geniales. (Recordamos al otro Marx, Groucho.)
     Antes de pasar a mayores, con maleantes, bribones, bandidos y
otros, quiero recordar entre los imbéciles más o menos leves, a los cursis y
cursilones, a los repipis, epíteto antaño muy común. Son los resabidillos pedantuelos
de expresión insufrible. Insoportables en su mayoría. Según épocas los hay más
o menos; según las tendencias, como se dice ahora. Ahora hay gente fofa, fofi,
ful, pura filfa, gente muy flojita. Miramelindos. Según el ambiente. Sus
correspondientes más próximos son los extraordinarios tiquismiquis, palabra
divertida donde las haya, que define al ridículo escrupuloso. El tiquismiquis
es “muy tiquismiquis”.
     Gilipollas más graves: el gorrón. Muy extendido en la sociedad actual, carácter del hombre intensamente
desarrollado en sociedades marxistas, en las capitalistas, en las tribales, en
todas. Porque en las africanas menudo morro gastan, y qué decir de los de
Papua-Nueva Guinea y su despliegue labial. Dice Celdrán que el gorrón es un tipo
humano eterno y atemporal. Es cierto.
El gorrón es un guarro astuto como un zorro. No es el gorrino,
que es un cerdo marrano puerco. Aunque sea igualmente hediondo, es peor. Como
lo es el marrullero, embaucador que siempre está enredando. Fullero, chapucero
y fulastre. Para injuria rara con la letra “efe” la de fuñique, que es el que
no sirve de nada. Fuñique: inútil. Otro gilipollas.
       El longui sí se escucha. El longui simula ser inocente
pareciendo bobo. Pero no lo es tanto. Uno se puede hacer el longui y cometer
delitos varios, generalmente menores. Un longui nunca deja de serlo. Es un mangante,
como lo son el julandrón y el julay, vocablos que vienen del caló, del romaní.
Aunque muy actuales se decían ya en el siglo XV. Se ha utilizado mucho y de
forma trasversal, en distintos ambientes describiendo personalidades varias. “Eres
un julay” tiene significados sucios, turbios y despectivos; un julandrón, en
principio, es un mariconazo.
        Bandido es otra cosa, tiene varias acepciones y se utiliza de
diferentes formas. Es malo ser un bandido, y antes era mucho peor. El bandolero
tenía un pase romántico, pero la comisión de delitos le convertía en bandido,
en un ser peligroso, en un facineroso del que en su día hablamos. Pero todo
cambia. Ahora, cuando te dicen “menudo bandido estás hecho”, puede no estar del
todo mal. Se puede ser un bandido solitario y malvado, se puede ser elemento
perteneciente a banda, lo que suele ser peor y muy condenable. A mí sólo me
gustan los bandidos en las baladas Country, esos “outlaws” a caballo en altas
mesetas.
        Antes, que te llamaran bribón, era muy grave, pero ahora lo es menos,
de hecho el barco de regatas de nuestro monarca español se llama así y a nadie
asusta. Pero este adjetivo apunta cosas severas, un bribón es un ser malo,
peleón, entregado a la briba, de la que dice la RAE que es “darse a la
holgazanería y picaresca”. Lo de ser bribón tiene su “punto” también, “menudo
bribón estás hecho”. “Bribonazo”, se dice y a veces seduce. (Sabíamos lo de
darse a la bebida… ¿y lo de darse a la briba?).
 Junto a éstos, suelen aparecer los energúmenos que es el
plural de un insulto fenomenal. Un energúmeno es una suerte de ogro, de
monstruo, un verdadero mostrenco, violento y pendenciero con malos modos. Son
insufribles hasta decir basta. Cuando el monstruo carece de vida es una momia. Los
energúmenos están mejor así. Debiera haber más momias.

ILLIA REPIN. LOS COSACOS ESCRIBEN AL SULTÁN TURCO

Entre
los graves y muy utilizados, en una suerte de parada de los monstruos como la
de “Freaks” de Browning, son los de feto, engendro, aborto, espantajo. Un
imaginario ofensivo fisonómico muy primario, evolucionado respecto a macaco,
monigote, monicaco, mono, monín y otros simios. Es doloroso que te digan que
eres un feto, o “un verdadero engendro”. Casi mejor es que te llamen chimpancé,
orangután, australopitecus erectus, cualquier clase de homínido, o que te
incluyan en significadas tribus históricas, mamelucos, jenízaros, mongoles.

   Continuamos: hay su bestiario. El
que es un percebe, el merluzo, el besugo, el borrego, el loro, el lorito, el
avestruz, el buitre. Cabestro, cabra, cabrito, choto. Cochinos, guarrazos,
gurriatos, que tanto son cerdos bebé como gorriones mínimos. Burro, asno.
Jumento, que le gusta mucho a mi mujer, se lo escuchaba a su abuela. Un jumento
es un asno torpe, un ignorante. Nunca me lo llama y se lo agradezco. ¿Cérvidos?
Hay muchos cornudos, padres, hijos y espíritus santos. Casi nadie te dice
“estás echo un tigre”.

    Ser
un bicho, un mal bicho, un bicho malo, un bicharraco, es horrible. Asquerosos
insectos: chinche, cucaracha, chupóptero, ladilla. Abejorro, moscón, moscardón,
mosca cojonera. Araña. ¡Vampiro! “Maldito roedor”, rata, rata inmunda, algo
terrible, húmedo y oscurito.

      Oveja negra, que ya es. Perro verde que no es tan raro con los tintes y
tatuajes actuales. Tiburón (malo malísimo de las finanzas, desafortunadamente
comunes), marrajo, que no es un escualo mediterráneo, sino un cabrón dañino.
Pajarraco, pajarito, pájaro de cuentas, buitre carroñero. Cernícalo. Capón.
Gallina, cuando eres un cobarde. (El piernas es el cobarde pusilánime; le
siguen los pendejos y pendejas, que ambos coexisten y son muy comunes).
Zopilote, que suena a cómic. Sólo se libra el ganso, el amante de la sandez. De
la flora sólo recordaremos al tristísimo garbanzo negro o a una manzana
podrida, fruta de la discordia. Al capullo, al cardo borriquero.
      Para terminar, -que tanta gilipollez cansa-, lo hacemos con la “zeta”
que ofrece adjetivos de distinta condición, todos ellos muy sonoros. La “zeta”
tiene mucha gracia y con ella rubricamos como el bandido bribón “el Zorro
californiano”. Encantadores son zángano y zangolotino que se dicen de abuela a
nieto. El zángano es un vago, el zangolotino es casi lo mismo, más infantil. El
zascandil y el bergante son seres del género de los pícaros, de los granujas y
granujillas. “Serás bergante”. “No seas zascandil”. Precioso lo de zascandil,
soberbio.
       Con
la “zeta” también hay dos maravillas de insultos que tengo que dejar constancia
en estas páginas y que servirán como colofón final. No se oyen jamás. Son el de
zarracatín y el de zurriburri, que suenan a vasco o a noble carlismo patillero,
pero que califican al hombre servil y despreciable. Zarracatín y zurriburri
debieran considerarse entre los insultos extraordinarios que encabezaron el
artículo dedicado a San Valentín, (aquellos fabulosos de pelafustán, bultuntún,
ñiquiñaque), y son con los que acabo estas páginas que se iniciaron con la fabulosa
concepción de Jesucristo y la cara que se le puso a san José que no era ni un
zarracatín ni un zurriburri.
        La
“zeta” ha sonado profusamente, pero no puedo por menos que despedirme con las
palabras zorrón, zorrona, zorrita, fiera corrupia. Aviso que seguiré, que
visitaremos a las pécoras, a las harpías, pencos, a los husmias… será el Día de
la Madre, en mayo, mes de las flores.
       Insultar es liberador. ¿No insultaríamos sin límite, a placer, a todos y
cada uno, a los muchísimos que se lo merecen? Resulta una preciosa catarsis,
quedarse a gusto insultando a diestro y siniestro, en línea, en serie, de
frente y por detrás, con el alma, la mente, el pensamiento, el espíritu y el
corazón. Con la mirada y con la voz, con la lengua, con una lengua viperina.
Con la Lengua Española como lo hacemos en estas páginas.

        En
cualquier caso, queridos lectores, os deseo lo mejor y que la virtud prospere
contra el vicio en todo orden y desorden de vuestros días.