Sin temor a ser injustos, podemos reconocer que pocas veces se han dirigido a nosotros de esta manera en un libro: «Eres un tipo muy especial de lector y desciendes de una genealogía de innovadores. Este diálogo silencioso entre tú y yo, libre y secreto, es una asombrosa invención». En los escasos libros que de veras nos interpelan ocupamos roles aleatorios, pero no es habitual ser para el autor un lector en esta clase de pureza. De ahí en parte la conquista, de la pertenencia a una misma hermandad, la de los bibliófilos. La cita está extraída de El infinito en un junco (Siruela, 2019), un volumen que, en efecto, nos hace partícipes, en una apasionante escucha, del origen y evolución del saber, del alfabeto y de los libros durante el período de la antigüedad grecolatina. Su autora, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) es doctora en Filología Clásica, divulgadora del mundo antiguo y autora de varios títulos de narrativa y ensayo. Estas facetas confluyen de un modo brillante en el ambicioso y reciente proyecto que ha recibido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019 y el Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020.

Si bien en caso de obstinarnos en clasificarlo diríamos que El infinito en un junco es un ensayo, hay pasajes deliciosos que responden precisamente a algo poco característico del género, la presencia de su autora a través de una primera persona que confía anécdotas personales al lector. Uno de los pasajes más memorables es aquel en el que narra cómo durante una época de estudiante en Florencia visitó la Biblioteca Riccardiana para consultar un manuscrito de pergamino muy valioso, un Petrarca del siglo XIV. Pero el motivo de su visita no era tal: «Lo cierto es que no necesitaba consultar ningún manuscrito para mi investigación (…) El objetivo de mi incursión era exclusivamente hedonista». Vallejo quería «rozar y acariciar ese libro, deseaba experimentar el goce sensual tan severamente custodiado por los guardianes del patrimonio», y así todas las notas que tomó durante esos encuentros con el objeto de deseo fueron sencillamente sus impresiones sensoriales. De esta experiencia, por cierto, nació El infinito en un junco.

El viaje propuesto se emprende como las verdaderas aventuras literarias: disfrutando cada página de una manera muy particular, con la tensión entre la avidez y la mesura, porque sabemos que será uno de esos libros que releeremos con la nostalgia del primer encuentro. En las páginas de este libro recorremos entonces con amenidad el detalle que, como se anunciaba, nos familiariza con la historia del nacimiento de los libros en el mundo antiguo. Todo el bagaje de la autora queda expuesto como si de un manual excepcionalmente atractivo se tratase. Y, a pesar de su extensión y su rigurosidad, la lectura se hace ligera gracias, entre otras razones, a su disposición informativa: dividido en dos grandes bloques –Grecia y Roma–, El infinito en un junco presenta sus capítulos integrados por epígrafes más breves. Contribuye también a esta lectura el estilo irrenunciablemente literario de Irene Vallejo, que emplea el lenguaje más allá de la función estrictamente comunicativa de los ensayos para traducir en palabras su mirada aguda y plena en la transmisión de conocimientos.

Otro punto fundamental si deseamos desentrañar el porqué de la fascinación que suscita El infinito en un junco es el puente que se tiende entre el mundo antiguo y lo más concreto de nuestra contemporaneidad. Así, acorde con su capacidad para hibridar géneros, Vallejo domina en este caso también la hibridación de tiempos y ejercita sabiamente su capacidad para explicar un pasado remoto a través de un presente que dominamos por inmersión. De este modo, relata y detalla acontecimientos de entonces apoyándose en el cine, en las maneras de entender la acelerada evolución tecnológica de hoy, en las redes sociales, en algunos libros imprescindibles del pasado siglo veinte, etcétera.

Y siguiendo la interpelación a la que nos referíamos al principio, la autora nos hace partícipes de la sorpresa epifánica ante ciertos hechos que quedan ya marcados en nuestra memoria al hilo de aquel origen: «Al acariciar las páginas del códice, vino a mi mente la idea de que aquel maravilloso pergamino había sido un día el lomo de un animal después degollado. En solo unas semanas, el ganado podía pasar de la vida en el prado, el establo o la pocilga a convertirse en la página de una biblia». Es inevitable compartir con Irene Vallejo esta fe en el libro que, como la antigua en la cultura, es otro tipo de credo religioso que nos hace ver más y mejor: «los libros, aire escrito».

 

 

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