En una pieza de su exposición The Happy Show,  el extravagante publicista Stefan Sagmeister recuerda que, como todas las personas, tiene seis emociones básicas: la tristeza, la sorpresa, el enfado, la alegría, el miedo y el asco. De todas ellas, una es positiva, otra es neutral y el resto son negativas. Él mismo reconoce, por tanto, sentirse de manera innata «más atraído por las noticias negativas que por las positivas, como le ocurre a todo el mundo, algo que explica también por qué cada intento de publicar un periódico de noticias positivas acaba fracasando en pocas semanas». De modo que de las emociones fundamentales, un 66,6% son negativas (curioso número, por cierto). Sería esta una buena manera de comprender, por qué no, el modo en el que hemos recibido la obra de Emil Cioran (Rumanía, 1911 – Francia, 1995): su tono mayoritaria y objetivamente lúgubre se corresponde con nuestras inclinaciones elementales; su excesiva carga en ocasiones nos supera.

En plena primavera de 2018 llega a nuestras manos Extravíos, un texto hasta ahora inédito en castellano que Hermida Editores ha rescatado para su catálogo, que ya contaba con una reedición ampliada del más conocido Lágrimas y santos. Anunciado como «la más sombría y descreída» obra del  escritor rumano posteriormente autodeclarado apátrida, este libro destaca en primer lugar por su contexto: fue uno de los últimos que concibió y escribió en su lengua materna. A partir de entonces (y como Joseph Conrad, Vladimir Nabokov, Samuel Beckett, Milan Kundera y tantos otros) se planteó la necesidad de escribir en el idioma del país en el que residía desde 1937 y en el que finalmente pasó el resto de su vida: Francia. En este punto es inolvidable uno de sus pensamientos, marcado con el nervio aforístico que caracteriza su estilo: «Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una carta de amor con un diccionario», algo que, finalmente, pareció no dársele nada mal. En relación con esta adopción del idioma francés surgió una polémica relativa a su firma: hasta entonces invariablemente «Emil Cioran», su autoría cambió en las primeras publicaciones en francés, convirtiéndose en «E. M. Cioran». La explicación más extendida conecta esa ya mítica «M.» con la asunción de un nombre que probablemente sería «Michel», completando así el arraigo galo. Sin embargo, su amiga y traductora Sanda Stolojan afirma que la auténtica razón, expresada por el propio Cioran, era sencillamente fonética.

Extravíos es, en todo caso, mucho más que el último testimonio puro de la lengua rumana en la obra del filósofo, y destaca también por la calidad literaria que hoy consideramos constitutiva de toda su producción, aunque no fue verdaderamente apreciada hasta las publicaciones en francés (de hecho, el primer libro que escribió en esta lengua, Una breve historia de la decadencia, fue publicado por Gallimard y galardonado con el Premio Rivarol en 1950). Los temas de este libro son los que reconocemos como característicos de su obra completa, tratados en este caso con un desgobierno y comunión más llamativos: el tedio, el tiempo, la inutilidad de los actos humanos, la consciencia del dolor, la duda, los males del fanatismo, la idolatría y la superstición, algunas puntualizaciones sobre el trabajo asalariado, así como la errónea concepción de la centralidad del individuo, que es para sí «no un universo en miniatura sino el universo mismo», con todos los estragos que esto conlleva.

En las páginas de Extravíos están presentes todas las características que han hecho de Cioran uno de los abanderados del género aforístico y prosista de referencia en las letras del pasado siglo XX. Su formación filosófica marida a la perfección con una propuesta literaria de marcada personalidad: reflexiones de hondísimo calado expresadas a través de un estilo muy identificable. Aforismos, fragmentos en los que trataba de dar forma, por fortuna no siempre con éxito, a su «ideal de escritura: hacer callar para siempre al poeta que se esconde en uno; liquidar sus últimos vestigios de lirismo; ir a contracorriente de lo que se es, traicionar sus inspiraciones; pisotear sus impulsos y hasta sus muecas». Y aunque esa identificación se da casi siempre con la hipérbole, uno de los puntos más fuertes de la literatura cioranita es la capacidad de conquistar, a pesar de todo, a los lectores, que entramos en una atmósfera lúcida y poco familiar solo en la medida en la que la higiene mental nos impide habitarla de manera más persistente. Es cierto: qué exageradas resultan a veces sus afirmaciones; pero conviene no olvidar que, a veces, solo a través de la desproporción del pensamiento accedemos a algo parecido a la verdad (siempre con minúscula). Y en eso reside justamente el humor sutil, casi desapercibido e ingenioso que emana de sus reflexiones, un humor perteneciente al lado oculto de las cosas. La única salida para el ser humano atormentado es la risa, aunque sea a partir del ejercicio caprichoso de la amargura, de lo negativo. Porque el propio Cioran lo proclama: «Subvertir el mundo no podemos; aceptarlo, todavía menos».

 

Comprar libro:

https://www.amazon.es/Extrav%C3%ADos-Emil-Cioran/dp/8494836501/ref=as_sl_pc_qf_sp_asin_til?tag=linoal17-21&linkCode=w00&linkId=742c2cb564585680eafe1203f6a2d1d1&creativeASIN=8494836501