Sol Toledo. Sin título. 1999

“Los mejores amigos, los mejores amigos
a veces son aquellos desconocidos”
Estaba tarareando bajito ese viejo tema de La Portuaria porque en un par de noches la iba a cantar con la banda. Y si los fenómenos de sincronicidad a lo Jung existen, me pregunto si en algún momento cualquiera no habrá sido (o ha tenido) un mejor amigo fortuito en uno de esos instantes que se instalan en nuestra biografía para siempre.

Un martes a la tarde, uno de los últimos, esperando el micro a Castelli para ir a tomar examen de Sociología. Esos 30 kilómetros por la ruta 2 son una buena oportunidad para pegar los ojos y cabecear tranquila por media hora al arrullo del zumbido del motor y el calorcito del sol de la tarde. Pero ese martes, el bondi se iba a atrasar y el destino o la causalidad empezaron a ponerse en marcha en el preciso instante en quién sabe qué misterioso lugar de dos vidas que se cruzan de improviso.

Harta de esperar y esperar me senté en el banco de la plaza que está en la plataforma de la terminal de ómnibus de Dolores. Abrí un libro para repasar los contenidos que iba a evaluar en menos de una hora y -no sé por qué- aunque soy la profesora, las mesas de exámenes me ponen tan nerviosa como si fuera alumna y me olvido de los temas que voy a tomar. Miraba para abajo, concentrada en intentar recordar en vano lo me había olvidado de la materia, cuando un flaquito que estaba entrando en los treinta años, de mediana estatura, se me acerca y me pregunta:
Sol Toledo. Sin título. 1999
– ¿Te molesta si fumo?

– No, para nada, estamos a la intemperie. Y allí nomás levanté la vista por sobre el marco de las gafas cuando caí en la cuenta de que era algo raro que alguien tuviera registro del otro en estos tiempos individualistas y fracturados. Y dije lacónica: Gracias por tenerme en cuenta. Es raro que a alguien le importe el otro.

– A mí, sí –me dijo. Y agregó: Yo fumo y no me gusta que me tiren el humo en la cara.

Gracias otra vez –y le sonreí.

Yo voy a La Plata y vos, ¿dónde vas loca?- me preguntó y quizá esa haya sido la llave que abrió las puertas de la sincronicidad. Mi espíritu de periodista no pudo con su genio e hizo la pregunta:

– ¿Vivís en La Plata?

– No, no, me vuelvo a La Plata con mi vieja porque me deliré mucho en Mar del Plata y ahora vuelvo con mi familia.

No hizo falta que me explicara a qué se refería, ni que yo le preguntara nada para que el flaquito con una calvicie incipiente me contara su rollo. Que se la había tomado toda, que estaba arruinado, hecho mierda, que había sacado un crédito de 12 lucas y que se lo había tomado todo en merca. Que esa no era vida, que sus viejos no le habían enseñado eso, que quería vivir, que se merecía otra cosa.

¿…?- Arqueé una ceja y, tras una pausa, le dije con alegría: !Qué bueno loco! Hoy empezás tu nueva vida y te aseguro que se puede. Lo bueno de ser humano es que podemos nacer muchas veces si nos animamos a hacerlo.
Sol Toledo. Sin título. 1999
El flaquito me miró y me preguntó si hablaba en serio. Absolutamente, le contesté categórica. Yo misma pensé que me iba a morir a los 25 años como Janis Joplin y mirame, 20 años después estoy yendo a tomar una mesa de examen, crié dos hijos, hace dos décadas que estoy casada con el padre de mis hijos y acá estoy por cumplir años en un par de días. ¿Y sabés qué?

– ¿…?

– Justo hoy a la mañana pensaba en éso, en cómo la vida nos pega tantas vueltas.

Uh, vino el bondi. ¿Viajamos juntos? Entre los a mí me tocó arriba y acá abajo está todo ocupado, viajamos separados. A la media hora, me bajé en Castelli, miré para arriba y allí estaba él, frente a la ventanilla, mirándome con una sonrisa pegada contra el vidrio.

Solo atiné a sonreírle, acercar mi palma abierta a la boca para tirarle un beso, cerrar el puño y llevármelo al corazón. Le guiñé un ojo y articulé despacito las palabras cuidate mucho, como para que me entendiera. Compartimos sonrisas y el micro siguió viaje para La Plata.

El joven de calvicie incipiente y un pucho a medio fumar se alejó inexorable hacia su nueva vida con un bolsito de mano, un atado de ropa dentro de una bolsa de consorcio y un atado de Marlboro por todo equipaje. Y yo, con mi carpeta y el libro de Sociología pegados al pecho, bajé la cabeza y me acordé del disco “Escenas de la vida cotidiana de La Portuaria” y me fui tarareando entre dientes:

“Recuerdo que una vez, una mujer me dijo que los mejores amigos a veces son aquellos desconocidos / La mujer que estaba sola sentada al borde del abismo dejó su bicicleta tirada en el cemento / Entonces pasó un hombre y le dijo: ‘Si te tirás, la bici me la quedo yo’ / Los mejores amigos, los mejores amigos a veces son aquellos desconocidos”.

Chan chan.
Sol Toledo. Sin título. 1999
Verónica Meo Laos es licenciada en Ciencias Sociales y Humanidades, periodista y docente. Escribe reseñas para Los Lunes de El Imparcial de Madrid; es corresponsal de la revista HABITAT de Arquitectura y Patrimonio y colaboradora de La Capital de Mar del Plata. Premio Ensayo Fondo Nacional de las Artes 2007.