La víspera de Navidad, Juana y Pablo decidieron viajar a Las Breñas, a pasar las fiestas con la familia y presentarles a su nieto Iván. Así que emprendieron camino hacia la terminal de trenes. Llegaron cargados con bolsos y el niño pesaba excesivamente para los delgados brazos de Juana. La temperatura alcanzaba los 38º grados y con solo respirar transpiraban. El lugar se encontraba atestado de gente ya no entraba ni un alfiler. Los trenes estaban demorados. Alguna empresa había suspendido el servicio porque sus trabajadores se encontraban en paro aprovechando estas festividades para pedir diversas mejoras salariales. Juana y Pablo seguían esperando la salida del tren.

Su esposo fue hasta la boletería a preguntar y le confirmaron que todos los trenes estaban demorados y que debían esperar un poco más hasta recibir novedades.

 El pequeño Iván estaba fastidioso, hambriento, tenía calor.  El tumulto de gente lo sofocaba, los viajantes comenzaban a ponerse cada vez más irritados, los pasajeros se fueron yendo poco a poco. En la calle un piquete empezó a quemar gomas de neumáticos y carteles. La situación se hacía cada vez más áspera y violenta. Enseguida llegaron los camiones hidrantes de la policía. Los rebeldes rompían las veredas y se apedreaban con la policía.

 La gente corría de un lado para otro. Un grupo de huelguistas se habían infiltrado y estaban haciendo destrozos por doquier, tiraban botellas, las ambulancias no daban abasto.

 Habían elegido un mal momento para viajar.

 Juana y Pablo temieron por sus vidas. La multitud corría, los cascotes volaban y las veredas estaban rotas. La gente empezó a gritar, los niños lloraban. Iván estaba aterrorizado. Juana y Pablo intentaron escapar del caos y, tras varias intentonas, lograron llegar a casa sin rasguño alguno. Grupos de manifestantes siguieron causando destrozos en la estación hasta destruirla. También saquearon los locales y los negocios.

Ilustración de Margarita Menéndez

 Al día siguiente, durante el almuerzo, alguien llamó a la puerta, ¿quien podría ser a esta hora? pensó Juana.

 Era Patricio. Juana sintió una inmensa alegría y se abrazaron con ternura.

 -¿Hasta cuando te quedás?, -le preguntó Juana.

 -Pensaba quedarme y buscar trabajo en Buenos Aires.

 Pablo estaba trabajando en una obra en construcción haciendo yeso en los techos. Como necesitaba un ayudante lo llevó y lo emplearon. Sin embargo, la obra no duró mas de cinco meses. Luego Mónica ofreció trabajo a Patricio en el autoservicio.

 Patricio bajaba al depósito y subía los paquetes de agua, gaseosa, aceites. Reponía los enlatados, los perecederos y hasta descongelaba las heladeras, cortaba fiambres, anotaba los pedidos y se los pasaba a Mónica. También limpiaba los pisos. Patricio era un buen muchacho, rústico y acostumbrado al trabajo rural. Estaba feliz cerca de su hermana y su sobrino. El muchacho vio la oportunidad de ahorrar un dinero que podía mandar a sus padres o para alguna eventualidad o emergencias.

Ilustración de Dr. Seuss

 Juana cumplió años y disfrutó de su familia unida. Su trabajo en la farmacia iba bien. Sin embargo, el país iba de mal en peor, se caía a pedazos, la desocupación aumentaba. La canasta básica alimentaria valía cada mes más…

 Un día que Juana esperaba ser atendida para comprar el pan, escuchó decir a una señora enojada al almacenero del barrio.

 -Esto es historia repetida. La situación es insostenible, la crisis avanza y el país se desangra.

 El marido de Juana perdió el trabajo porque la empresa para la que trabajaba cambió de dueño, y el dinero que Juana ganaba en la farmacia resultaba insuficiente para cubrir las necesidades. El alquiler era costoso y el sueldo no alcanzaba. Entonces se reunieron para pensar en una solución. La más coherente era comprar un terreno relativamente barato usando los ahorros, en un barrio inhóspito en la provincia y seguir viajando a la capital, Juana para trabajar en la farmacia y Pablo para seguir en el autoservicio. Mónica dijo que no estaba de acuerdo. Vivir en un barrio bajo era muy peligroso, pero ellos decidieron irse de todas formas.

 Embalaron las cosas, contrataron el camión de la mudanza, ubicaron la casilla de madera y, a su vez, comenzaron a edificar la casa. Poco a poco la edificación se adelantó bastante, el techo y las paredes fueron lo más barato. Lo más costoso es lo que iba dentro. Patricio también colaboró con materiales para techar con el dinero que tenía reservado.

Ilustración de Maurice Sendak

 La situación económica empeoró. Los indigentes se amontonaban en los supermercados exigiendo alimentos y menudeaban los saqueos. Juana, Pablo y Patricio veían por la ventana como sus vecinos corrían con colchones, electrodomésticos, jamones, cajones con verduras. También ellos estaban viviendo en una muy mala situación económica. Tenían lo justo, pero nunca se les había cruzado por la cabeza actuar de esta manera.

 Pese a todo Pablo fue llamado para trabajar en una empresa de pavimentación de rutas con un buen salario. Lo malo era que estaría ausente de su casa durante treinta días. Y con un poco de suerte veinte.

 Juana sentía ansiedad por el regreso de su esposo. Hace días, había confirmado la sospecha. Ya no cabían dudas. En su último encontronazo carnal estaba fértil.

 Cuando Pablo volvió tres días de franco, fueron a hacer la ecografía. El bebé quedó al cuidado de Mónica. Una vez en la clínica, el doctor llamó:

 -¡Mansilla Juana!

 Juana entró con Pablo. Al acostarse en la camilla, la madre intentó escuchar con atención los latidos. Estaba todo perfecto. Cinco semanas de embarazo y el detalle importante… se presenciaban dos latidos perfectamente claros. Fue un desconcierto saber que eran dos, estaban sobreexcitados los felices y ansiosos papás debían esperar hasta los cinco meses de gestación para saber el sexo de cada criatura.

Ilustración de   Rosemary Wells