Salvador Dalí. Anunciación

Juana corrió, corrió y corrió hasta sentir que su corazón estallaba y le temblaban las piernas. Cruzó la calle y aprovechó un embotellamiento de autos para tomar un taxi. El chófer del auto le preguntó:
-¿A dónde vas niña? ¿Escapas de alguien?
Juana contestó:
-Hasta Juan B. Justo y San Martín.
Apenas podía recobrar el aire a sus pulmones. Al llegar a destino Juana descendió del vehículo y le dijo al chófer que la esperase, y entró en el autoservicio de Mónica, su amiga.
-¡Mónica!
-¿Qué pasó Juana?,¡tienes una cara de espanto!
-¿Puedes darme un dinero para el taxi que está afuera? -Juana agarró el dinero y salió a pagar el viaje.
-Bueno, ahora contame que fue lo que pasó, ¡Juana por Dios me tienes mal!
-Es que la jauría se me ha escapado a la calle, no quedó ni uno.
-No, no puede ser…
-Sí y ¡tuve que irme!
Sonó el teléfono.
-No atiendas por favor debe ser la dueña -dijo  Juana-. El teléfono seguía sonando. Mónica desconectó el teléfono.
-¿Qué voy hacer? Si no consigue comunicarse ella vendrá por mi, trabajaré allí hasta morir de vieja -dijo Juana.
-Encontraremos una solución pronto. Ahora debemos calmarnos, ve detrás del mostrador y dile a Sergio que te prepare una tajada de mortadela y come algo. Come lo que quieras.
-Es que tengo un nudo en el estómago. Mónica, esa mujer me llevará a la cárcel.
Salvador Dalí. Los primeros días de primavera, 1929.
Aquella noche Juana se fue a la casa de Mónica. Su amiga le trajo una muda de ropa para que Juana se diera un baño y así lo hizo. Luego, sin probar bocado, se quedó dormida en el sofá. Mónica sintió lastima, la dejo dormir y la tapó con una manta.
Al día siguiente, Mónica contactó con una amiga para conseguir un nuevo empleo a Juana. Logró un trabajo en el hospital Santillán. Era un anciano que habían operado del corazón y Juana debía hacerle compañía de noche, más que nada para que el viejo no se quedara solo. Juana cuidaba a Horacio durante la noche y de día dormía en la casa de Mónica.
Juana trabajó el segundo día y, la tercera noche, mientras Horacio dormía se pasó al otro sueño.
Juana se sentía tan desgraciada, le contó a Mónica que visitaría a su tía Leonilda, así que Mónica le preparó un bolso, ya que todo lo que tenía Juana se quedó en la casa de los perros.
Juana llegó hasta la casa de su tía, insistió varias veces con el timbre, pero nadie abría. Sólo pudo entrar cuando una mujer abrió la puerta del edificio para salir. Tomó el ascensor hasta el piso 15, golpeó la puerta y tocó nuevamente el timbre. Salió Pedro.
-Soy Juana, ¿te acordás de mi?
-¡Ah!, Juana, pasa.
-¿Y mi tía? No está, ¿a qué hora llega?
-No, ella no va a regresar -dijo Pedro-. La tía se fue al reino celestial. Ahora me encontraste justo porque estamos terminado de embalar las cosas que han quedado, es que el departamento está en venta. -La muchacha abrió los ojos renegridos-. Mabel se llevó una caja que mamá te dejó a vos antes de morir.
Juana no podía creerlo. Tantas desgracias juntas… Se echó a llorar mientras pensaba para si misma “que habrá dejado para mi…”
Pedro llamó por teléfono a Mabel y le dijo que trajera la caja. Después preparó un té y se sentaron en la cocina. Mabel llegó con una caja de zapatos. Juana la tomó con cariño, preguntó si podía abrirla. Sus primos le dijeron que si con la cabeza. Juana encontró fotos dentro, fotos que alguna vez había visto, sabía que era ella de niña en brazos de su madre. Juana juntó prolijamente las fotografías, cerró la caja y se marchó sin tomar un sorbo de la infusión.
Al salir del edificio la muchacha caminó con la caja de recuerdos, ¡se sentía tan triste!. Caminó hasta toparse con una plaza, se sentó en un banco con la mente en blanco y a su vez con una sensación de incertidumbre acerca de su vida, y una fuerte angustia. Cuando se dio cuenta de que debía regresar, la noche ya había caído en la enorme cuidad llena de ruidos y bocinas de autos. La niña volvió a la casa de Mónica.
Salvador Dalí. Las hormigas, 1929

A pesar de que Mónica la trataba muy bien, ella se sentía un estorbo, inútil, la tristeza la invadía, es que con tan solo 16 años cumplidos estaba sufriendo por cosas que no le correspondían. Pensó que la vida estaba tomando una forma inesperada para ella, tal vez demasiado dura. Por suerte Mónica le ofreció dinero para que viajara a ver su familia. A Juana le cambió el semblante cuando pensó en su familia, pero simultáneamente respondió que no. Ella sabía que se sentía muy vulnerable y que no era buen momento para ver a sus padres ya que cualquier lugar siempre sería mejor que regresar a su casa.

Los días siguientes Juana ayudó a Mónica en el autoservicio, y otras veces prefería esperarla con la casa ordenada y la cena lista.
Una mañana, paseando por el barrio, Juana leyó un letrero en la vidriera de una farmacia que decía: “Se necesita empleada, consultar aquí”. Ella entró, la atendió el farmacéutico. Tímidamente, Juana se subió en la balanza para pesarse y al bajar le preguntó por el aviso de la vidriera.
-¡Ah si! Es para entregar los pedidos en moto.
-¡Yo no tengo moto!
-No, la moto te la prestamos nosotros, vos solo debes entregar los pedidos.
-Pero yo no se andar en moto, pero si en bicicleta.
Luis le ofreció una bicicleta para los repartos. El farmacéutico le preguntó: ¿Cuando podés empezar?
-Ahora mismo -dijo Juana.
-Te espero mañana por la mañana a las ocho.
Juana se sentía contenta, había visto el cartel casi de casualidad. Al día siguiente la muchacha llegó cinco minutos antes, todavía no habían levantado la persiana cuando ella llegó. La persiana metálica abría ni un minuto antes ni un minuto después.
La muchacha llevaba los pedidos en bicicleta y algunas veces limpiaba el piso o tiraba agua en la vereda, Juana era muy inquieta, Luis, el farmacéutico, estaba conforme con ella. Veía que Juana era una joven sin malicia y perseverante.
Pasaron los meses y la joven superó la tristeza lentamente al estar ocupada. Ella pensaba que tal vez seria cuestión de tiempo vivir sola. Para una casa grande no le alcanzaba el dinero, pero para un cuartucho pequeño si. En la farmacia venía un amigo de Luis a cebar mate, quien conoció a Juana. Él deseaba conquistar el corazón de ella. Juana intentaba esquivarlo porque no le gustaba y no era una cuestión de edad sino que era una cuestión de piel.
Salvador Dalí. La acomodación de los deseos, 1929
A Juana le gustaba otro chico, un chico que ni siquiera la miraba cuando ella pasaba cerca. Más grande que ella, trabajaba en una distribuidora de lácteos. Ella lo veía en el barrio cuando repartía los pedidos, era el mismo repartidor del autoservicio de Mónica así que cada tanto se cruzaban pero él no le hacia caso al pensar que era una niñita.
Así que en uno de su viajes de reparto aceptó una cita del chico que la pretendía con bailanta incluida. La previa fue una caminata por Lavalle y Florida. Luego fueron a una conocida hamburguesería norteamericana y para finalizar el joven la invitó a su casa y ella aceptó sin dudar. Estando en el departamento escucharon música y como quien no quiera cosa todo se fue dando entre gestos y besos. Juana se dejó llevar por sus hormonas, se relajó y se entregó por primera vez, experimentó el acto de sentir la piel del otro. Estas citas se repitieron una y otra vez, y como resultado de estos fogosos encuentros “la madre naturaleza aportó el polvo cósmico”, como había leído en una revista. Juana engendró el germen que latiría en sus entrañas y nacería nueve meses más tarde.
Juana sospechó del incidente y se hizo un test de embarazo. Juana entregó un pedido cerca de la casa de Pablo y se acercó para darle la noticia que serían padres. Pablo enseguida quiso librarse de culpa,
-¡No puede ser! -dijo Pablo-, yo tuve los cuidados necesarios para que esto no sucediera, ¿vos no te estabas cuidando?
-No, ¡si vos sabés que nunca había estaba con nadie!, -respondió Juana-. Pensé que vos cuidarías de mi.
Ella se fue preocupada porque él dudaba de su paternidad. Al terminar la jornada laboral se fue a su vivienda. Minutos más tarde Pablo apareció, se mostró preocupado por saber cual sería la decisión de ella. De repente esos encuentros pasionales se evaporaron de un día para otro, y “él desapareció como si la tierra se lo hubiese tragado” que decía su abuela al contar de un hombre que le gustó mucho.
Mónica se enteró de la noticia y le dio su apoyo. Juana aprovechó las vacaciones de invierno para visitar a su familia en Las Breñas, Chaco. Tras un largo viaje visitó a su familia de sorpresa, su familia se manifestó neutral, el único que se alegró fue su hermano menor, Pato. Ella se quedó cinco días y al regresar trajo el ajuar que le regaló su hermano.
Al regresar a Buenos Aires, Pablo reapareció en la vida de Juana, la excusa de su desaparición fue que “tenía miedo, estaba asustado”. Juana y Pablo se mudaron juntos a una casa cerca de Mónica. La futura madre sacó licencia en el trabajo y poco tiempo después nació Iván. Pesaba tres kilos y 850 gramos.

Salvador Dalí. Carne de gallina inaugural, 1928
Sandra Ávila

Buenos Aires, 1980
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