Foto de Eugene Richards

La vida de Patricio engañosamente simulaba ser  normal, pero se relacionaba con personas que lo hacían andar por el camino equivocado. Diferente al que él conocía. Él no era un mal muchacho, sólo que venia con otro tipo de costumbres de un pueblo pequeño y tranquilo diferente a esta enorme ciudad. Como era débil, con eso bastaba para flaquear y no quedar  como un cobarde “poco hombre” por negarse a  fumar un cigarrillo o negarse a  tomar alcohol.
 Un sábado Pato salió a bailar a uno de los boliches más conocidos de la zona. Esa misma noche  conoció una morocha de prodigioso cuerpo  que meneaba su cuerpo a son de la cumbia, la morocha de cabellera larga se encontraba  con un grupo de amigas. Patricio se acercó a ella y bailaron toda la noche y rieron. El encuentro se repitió durante los siguientes fines de semana en el mismo lugar, en la misma pista donde él la descubrió riendo a carcajadas. Empezaban a frecuentar el pub cercano al boliche  a tomar algo y quizás para probar su hombría terminaba en algún reservado o hotel barato de por ahí. En principio estas eran citan fervorosas y espontáneas para conocerse, pero todo  fue tan rápido la manera en que se conocieron y se flecharon o tal vez se conocieron de demasiado apresurado, que una  noche de esas Patricio le dijo a Fiorella  que le presentaría a  su familia para formalizar la relación. En cuanto su hermana regresara del hospital.
Los bebes de Juana nacieron en perfectas condiciones a pesar de ser prematuros. Tiempo después regresaron a la casa. Mónica y Fiorella estaban dispuestas  ayudar a Juana. Con Renzo y Ariana  los pequeños eran unos santos comían, dormían, el pequeño Iván estaba feliz.
Foto de Eugene Richards
Dos semanas más tarde Fiorella visitó a la familia y conoció a todos ellos, inclusive la nueva integrante. Mirta, la madre de Pablo.
-Juana ¿sabes por qué elegimos este tatuaje? -dijo  Patricio-. Quisimos sellar nuestro amor para  toda la vida. Yo te voy a contar: a Fiore le gusta mucho leer y me dijo que… un caballito de mar, monstruo y criatura marítima que desde todos los tiempos han hecho historia, sinónimo de la elegancia, confianza, también como insignia de fortaleza guía y transformación. Nos vamos hacer uno igual en la mano derecha. Somos de la misma generación, los anillos tienen el mismo significado que puede tener un tatuaje como éste, usaremos estos estigmas y tendrán mucho valor.
Mónica estuvo en la presentación de dicha formalidad. Juana escuchaba atenta, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Fiorella se adaptó bien a la familia. Le fascinaban los niños sobre todo los recién nacidos, cuando estaba en la casa de Juana la ayudaba.
Foto de Eugene Richards
Todo estaba en armonía… Juana tenía quien la ayudara. Mirta se entretenía mirando la telenovela mexicana.
Mónica venia de visita cada vez que se escapaba del negocio… Patricio quedaba a cargo de algunas tareas e incluso cada tanto separaba mercadería que luego  acarrearía a su casa sin que la dueña se diera cuenta porque siempre eran pocos productos fáciles de esconder en una simple mochila. Mónica lo había visto esconder productos desde el espejo de la góndola pero nunca dijo nada. Si ella quería podía vaciarle el bolso y agarrarlo justo con las manos en la masa…pero pensó que era humillante y vergonzoso. Si Juana se entera, lo asesina…y seria una gran desilusión
Mirta estaba viviendo en la casa de Juana, de gran compañía para Juana, tomaban mate, miraban televisión no mucho más porque la lucidez de la vieja iba en retroceso. Cada día estaba más perdida, aparte de la diabetes, la comida era un peligro. Mirta se estaba matando de a poco. Una vez se comió media tarta de jamón y queso. Cortó la tarta en  porciones y cuando se enfrío se devoró un pedazo tras otro. Después la vieja le dijo a Juana que el perro del vecino cruzó el tejido, entró y se devoró la tarta.
Como no creerle a la vieja todo era posible los perros cada tanto pasaban el tejido y hasta rompían las bolsas de basura.
Foto de Eugene Richards

Días después, Patricio robó en el supermercado, con otros dos individuos. Mónica no notó nada sospechoso. Ellos entraron en el último momento. Faltaba media hora para bajar la persiana. Tenían todo planeado los malandras. Empezaron a dar  vueltas por los pasillos de súper cuando, de repente, los tres se acercaron a Mónica. Uno de ellos se dirigió afuera. Los otros dos exigieron con brutalidad  que abrieran la caja: “la plata, la plata”… estaban apurados. Mónica estaba tan nerviosa, tan sorprendida. Les facilitó todo…Sergio no estaba. Tenía turno con el dentista. Patricio había trabajado por la mañana. Se fueron corriendo. Ni siquiera de dio cuenta de usar el gas pimienta que tenia  colgado a sus espaldas en la parte donde estaban los jugos en sobres. Cuando  se fueron ahí presionó  el botón de la alarma. El asaltante llevaba un revolver. Temblaba, estaba bajo los efectos del paco. Mónica le reconoció el tatuaje a uno de ellos de su mano, que por novato en la profesión el joven delincuente estúpidamente no supo esconder. Todos estaban encapuchados apenas podían verse sus ojos. Sus camperas también eran oscuras. Era igual a la que Pato un día mostró en casa de su hermana.
 La policía los persiguió. Ambos se enfrentaron a tiros. Finalmente los malviventes lograron escapar…pero la vida de Patricio corrió otra suerte. No imaginaba que fracasaría en el intento por escapar con el botín, mucho menos  que encontraría la muerte. Pato recibió una  balacera por la espalda, el joven cayó  en la vereda en medio de un charco de sangre, gran parte del  botín estaba entre su ropa. Lo identificaron por el tatuaje que llevaba es su mano derecha, el caballo de mar.
Tras los ruidos ensordecedores de disparos y el móvil policial. Mónica corrió tras la escena de lo ocurrido. La  ambulancia llegó con demora. Los vecinos murmuraban, estaban  allí asustados por el acontecimiento, el tiroteo. El agente descubrió el rostro del ladrón. La mujer confirmó que se trataba de uno de sus empleados, Patricio.  
Pato  estaba robando desde hace tiempo, Mónica lo sospechó, después lo confirmo.   Como contárselo a Juana.

Nunca imaginó que las cosas terminarían así.

Foto de Eugene Richards

Sandra Ávila

Buenos Aires, 1980
http://almadesnuda-sandra.blogspot.com/