FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

Ahora que van cayendo en el olvido hasta los espías más famosos de la Guerra Fría, quizá algunos todavía recuerden el primero de los escándalos sexuales que dieron fin a la carrera política del jefe de gobierno conservador Harold MacMillan, un típico y estirado representante de la clase alta británica, incapaz de creerse que los diplomáticos de Su Graciosa Majestad pudieran llegar a algo tan bajo como ser espías, y mucho menos traidores.
John Vassall nació en 1924 y era hijo de un clérigo anglicano. Su caso es un ejemplo clásico de lo que en el argot del espionaje se conoce como “trampa de miel”. Vassall era homosexual  (algo ilegal entonces en Gran Bretaña y la URSS) y en 1955 el KGB lo chantajeó con fotografías antes de reclutarle como espía,  cuando trabajaba en la embajada británica en Moscú como asistente del agregado naval.
Tras regresar a Londres en 1956, Vassall fue asignado al Departamento de Inteligencia Naval del Almirantazgo, y siguió trabajando para la inteligencia soviética, que le pagó con largueza. Su pasión eran las corbatas. Tenía casi doscientas y todas de seda. Por esos años Vassall vivió a lo grande, muy por encima de su modesto sueldo, sin que el contraespionaje británico (MI5) se diera por enterado. A cambio proporcionó a los soviéticos miles de documentos altamente secretos sobre tecnología de radares, comunicaciones, torpedos, sistemas de armas y dispositivos antisubmarinos.
Como suele ocurrir, desertores y topos son los mayores cazadores de espías, y no la contrainteligencia. En este caso se trató de Anatoli Golitsin, un agente del KGB que en diciembre de 1961 trabajaba en Finlandia y se pasó a la CIA norteamericana. Trasladado secretamente a Estados Unidos, Golitsin fue sometido a extenuantes interrogatorios y delató a muchos agentes soviéticos.  El interrogado traidor del KGB dejó caer también que había dos espías de alto rango en el Almirantazgo y,  atando cabos,  la CIA llegó a la conclusión de que uno de ellos era Vassall, aunque pasaron casi dos años antes de que el MI5 se lo creyera.
Finalmente, el rompecabezas encajó, aunque no del todo. En septiembre de 1962, a Vassall  lo detuvieron en su magnífico apartamento de Londres y confesó de plano. Se le encontraron 140 documentos secretos, pero insistió en que no había robado algunos de los documentos que Golitsin le mencionó, lo cual permitía suponer que  estos habían sido entregados por el otro espía no identificado que seguía operando en el  Almirantazgo, y que probablemente nunca fue descubierto.
Vassall salió relativamente bien librado. Fue condenado a 18 años de cárcel, pero 10 años después lo pusieron en libertad condicional. A partir de ahí llevó una vida anodina. Cambió de apellido, se instaló en Londres y trabajó de administrativo en la Asociación de Registros y en un bufete de abogados. En el ínterin escribió una autobiografía, publicada en 1975, en la que contó, más o menos, lo que ya se sabía.
El hijo del clérigo metido a espía murió en noviembre de 1996 de un ataque al corazón en un autobús londinense, pero no se informó de su fallecimiento hasta tres semanas después. Se había vuelto muy religioso en los últimos años de su vida y más tarde se comprobó que había compartido, en alguna ocasión,  bloque de apartamentos con vecinos y propietarios tan ilustres como el exprimer ministro Harold Wilson, Christine Keeler, Charles De Gaulle o la princesa Ana.
Una vez más, la realidad del mundo del espionaje es capaz de ofrecer infinitas hipótesis a la fantasía, y el resto,  como diría aquel, es silencio.
Fernando Martínez Laínez, escritor y periodista de amplia trayectoria, fue uno de los iniciadores de la novela negra en España. Ha escrito también, entre otros géneros, libros de viajes, biografias, guiones de radio y televisión, de divulgación histórica y de literatura juvenil.