FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ
Quizá sea por la descerebrada y absurda saga de James Bond y sus secuaces, o por el encantamiento literario del caso Kim Philby, el espía que más chorros de tinta ha provocado, pero el caso es que los servicios secretos británicos, en el fondo, siempre han gozado de buena prensa y  ejercido una fuerte fascinación en los aficionados al espionaje de papel o de película.
Todos los mitos-aunque mantengan un fondo remoto de veracidad- son solo eso, mitos, pero si alguien desea adentrarse en el mundo de los espías británicos de verdad, y el papel que han venido desempeñando desde la I Guerra Mundial, le recomendaría el libro  del gran experto en la materia, Gordon Thomas. Un alarde de concisión y claridad narrativa, en esa línea de habilidad para la divulgación que caracteriza a casi todos los autores anglosajones metidos en faenas históricas.
Los mayores éxitos del MI5 y el MI6, los servicios secretos de contraespionaje y espionaje británicos, van asociados a la II Guerra Mundial. Poco después, su aureola cayó en picado, cuando se descubrió el “agujero negro” que durante décadas trabajó desde su interior en favor de la URSS. Fue un golpe maestro de la inteligencia soviética que aun deja sin desvelar algunas incógnitas importantes, aunque al final la derrota de Moscú en la Guerra Fría haya lavado muchas culpas y dejado caer en el olvido muchas negligencias que rozan la traición o entran de lleno en ella. Eso permitió a la podrida y esnob clase alta británica hacer borrón y cuenta nueva, tras haber alimentado el huevo de la serpiente en el seno de sus filas. Philby y sus compañeros de viaje pertenecían al altivo “establishment” británico. Eran miembros de los mismos clubes, habían ido a los mismos colegios,  tenían las mismas aficiones, bebían y comían juntos, y en muchos casos compartían las mismas compañías de cama. El sonoro fracaso que todo esto supuso para el espionaje y el contraespionaje de “su Majestad”, aunque muy aireado por la prensa, no mermó la fama de los servicios secretos, que se mantuvo gracias a las novelas de espías  ( género literario que los británicos han dominado siempre), el cine y la bien alimentada leyenda manejada desde Londres.
No es de extrañar que durante algún tiempo, tras conocerse la facilidad con la que el KGB había penetrado en las altas esferas británicas, los norteamericanos de la CIA y el FBI no se fiaran un pelo de sus encorsetados y altivos “primos” londinenses. Una relación que ahora ha cambiado, toda vez que la política exterior del Reino Unido se sustenta  en el “vínculo especial” con Estados Unidos, formando un bloque sin fisuras en la práctica, y en el que Londres acepta el rol de subordinado distinguido. Algo así como ser  mayordomo jefe del señor nuevo rico que ha comprado la finca y el castillo al lord en declive. La inteligencia hoy, como casi todo,  está globalizada. La recogida de datos de inteligencia ha pasado a ser un asunto de alto nivel profesional, y los servicios secretos británicos – dotados de una excelente tecnología puntera-  tienen un polo fijo de atracción permanente, que es Washington. Y esta conexión se ha reforzado todavía mucho más desde el 11-S, cuando la supuesta información secreta compartida, que sirvió de pretexto y trampolín a la invasión de Irak,  se convirtió en una herramienta utilizada por los gobiernos  para manipular a la opinión pública.

 

Solo después de la guerra de los Bóers, el gobierno de Londres reconoció la existencia de ”un servicio secreto de inteligencia organizado”, y tras la reforma en 1911 la Ley de Secretos Oficiales  surgieron el MI5 (contraespionaje) y el MI6 (espionaje en el exterior), “ambos con poderes- señala Gordon Thomas- que el Parlamento no podía cuestionar.” A partir de ahí, no puede decirse que toda la trayectoria de los espías y contraespías británicos haya sido ejemplar. Triunfos tan redondos como el engaño del desembarco del día D en Normandía han alternado con fracasos tan estrepitosos como el que permitió la ocupación argentina de las Malvinas en 1982. Un camino, en suma, de luces y sombras, muchas sombras. Pero el espionaje, a fin de cuentas, forma parte de la vida. Y nadie es perfecto, ni siquiera los mejores espías, aunque estos por lo menos sepan que lo de James Bond es una vergüenza profesional.
Fernando Martínez Laínez, escritor y periodista de amplia trayectoria, fue uno de los iniciadores de la novela negra en España. Ha escrito también, entre otros géneros, libros de viajes, biografias, guiones de radio y televisión, de divulgación histórica y de literatura juvenil.