Sorge, Richard 04.10.1895-07.11.1944

 

En una reciente incursión por las librerías de lance de Madrid, di recientemente con una obra curiosa y casi olvidada sobre la figura de Richard Sorge. El libro en cuestión lleva por título “Sorge, jefe del espionaje soviético”, de la editorial AHR (Barcelona) y fecha de edición 1954, aunque el original sea “Shanghai Conspiracy”. Un título que refleja mejor la idea final de su autor, el jefe del contraespionaje norteamericano Charles A. Willoughby entre 1941-1951, ya que la red de espionaje soviética tuvo en China su centro organizativo. El libro incluye un breve prólogo de Douglas Mac Arthur, el general “virrey” del Japón derrotado, partidario del bombardeo atómico sobre Corea del Norte y China, postergado finalmente por su actitud “dura” frente al gobierno de Washington en la Guerra de Corea.

A estas alturas, Sorge es ya una leyenda del espionaje soviético y está considerado por algunos como el mejor espía de todos los tiempos. Un personaje de culto al que la Unión Soviética rindió honores máximos. Aunque parezca increíble, Sorge, nacido en la URSS de madre rusa y padre alemán, dejó muchos rastros de sus andanzas comunistas en Alemania. En pocos años, al socaire de la turbulenta década de los años 20, apareció transfigurado en periodista de confianza del servicio secreto y diplomático de los nazis, lo que dice poco de la contrainteligencia del Reich. Moscú nombró a Sorge jefe máximo de la telaraña de inteligencia en China, el país clave de Asia. Cuando ingresó en el partido nacionalsocialista obtuvo la corresponsalía del prestigioso Frankfurter Zeitung en Tokio y se convirtió en amigo y confidente del embajador alemán Egen Ott. La información que desde allí envió al Kremlin durante varios años fue de importancia capital, sobre todo porque avisó de que Japón no entraría en guerra con la Unión Soviética, lo cual permitió a la URSS volcar todo su esfuerzo bélico en el frente oeste. Una información que Stalin ya tenía por otras fuentes, pero que Sorge corroboró de forma concluyente.

 

Descubierto y encarcelado por la vigilancia nipona, el espía soviético fue ahorcado en la prisión de Akita el 7 de noviembre de 1944, día del 27 aniversario de la Revolución Bolchevique. En 1965, la URSS emitió un sello de correos con la efigie de Sorge, con las palabras “Héroe de la Unión Soviética”, algo sin precedentes en el mundo el espionaje, y además se puso su nombre a una calle de Moscú.

En el mencionado libro de Willoughby se incluye la propia confesión de Sorge, una especie de memorial que alguien rescató de las ruinas del Tokio bombardeado. Su antigua amiga Dorothea von During, en carta que escribió en 1951 a Willoughby, describe a Sorge como “idealista fanático” y asegura que en su juventud no era comunista hasta que, al terminar la Primera Guerra Mundial, estudiando en Kiel, cayó bajo la influencia de un profesor cuya esposa lo llevó a Moscú.

La confesión-memoria de Sorge seguramente no es auténtica y debe de haber sido manipulada con fines espurios. En el relato de un buen espía, todo es dudoso, pero en cualquier caso se trata de un documento de interés garantizado que seguirá aureolando los mejores recuerdos de los servicios secretos del Kremlin, aunque esa historia no diga la verdad, ni mucho menos toda la verdad, y nada más que la verdad. Los buenos espías callan o mienten hasta el final, incluso al pie del patíbulo, como probablemente debió de pensar Sorge. Quizá fuera esa su última sonrisa, poco antes de que el verdugo apretase el nudo de la horca.

 

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