Foto de Jan Saudek

¡Bienvenido a mi
infierno hijo de puta!

La noche era una noche
fría de invierno. La habitación era una cama grande sin frazadas y con una pata
rota, un velador en el piso, el equipo de música sobre una mesa sin sillas, un
placard de madera, el baño con una puerta corrediza, y una ventana que daba al
pasillo.
¡Bienvenido a mi
infierno hijo de puta!- me dijo.
Solange se llamaba
Lorena. Tenía veintiséis años. El pelo largo hasta la cintura, teñido a rubio.
Ojos color de miel. Y un cuerpo formado en los escenarios de cualquier
nightclub donde pudiera trabajar.
Solange olía a
encierro. Permanecía en su habitación a oscuras así el sol, o la claridad de
cualquier día nublado, no lastimaban sus pupilas. Pasaba la tarde escuchando un
CD de Los Redonditos de Ricota o Los Piojos, Fito Páez, Madonna o Ricky Martin,
según su ánimo. Al anochecer encendía el velador.
Solange tenía heridas
en sus brazos. Marcas profundas sobre sus venas. Una mente manipulada por
médicos y psiquiatras. Tres internaciones y tres fugas de distintos Hospitales.
Solange sufría esquizofrenia, bipolaridad en tercer grado, personalidades
múltiples y el resto del diagnóstico está reservado a la adicción por la
cocaína.
Foto de Jan Saudek
Solange era violenta
para discutir, era mentirosa, era puta, era stripper, era drogadicta, era
loca…era sexy, era divertida, era sensible, era dulce. Era Lorena y tu vida
cambiaba, tus días oscurecían, tu futuro no existía, tu mente se turbaba, tu
cuerpo apenas respondía. Era Lorena y tu corazón se aceleraba, latía. Y latía
para ella. Tu alma, conocía los rincones más prohibidos, hasta abrir tu mundo
al punto de entender cada sentimiento o cada impulso que puede llevar a una
persona a ser feliz o a morirse de tristeza; porque de amor todavía no vi morir
a nadie pero la tristeza te mata.
Entré a su habitación
una noche de invierno. – Tenes los ojos tristes -. Yo estaba con unas ojotas
hawaianas, pantaloncito corto de fútbol y una musculosa. – Bienvenido a mi
encantador infierno-. El lugar ardía. Tomamos vino. – Los locos y los borrachos
siempre dicen la verdad-. Me mostró sus fotos en el escenario, llegó su amiga
algo agitada por las escaleras y tapada por el frío, que no tardó sentir el
fuego en su cuerpo. Sólo bastaron unas líneas de cocaína armadas sobre la mesa.
Y rivotril, un medicamento que Solange me dio para que pudiera dormir, y dejar
el insomnio que me había llevado a su habitación.
Cambié el CD y me
acosté en la cama. Sonaba Fever, de John Davenport y Eddie Coole, pero en su
versión más erótica, más sensual. En la versión de Madonna. Solange empezó a
bailar. Su amiga también. Se movieron lentamente con ritmo. Intercambiaban
miradas. Se ayudaron a desvestirse. Fever. Yo acostado en la cama y ellas dos
al borde bailando, desnudándose, rozando sus cuerpos. Fever. Solange me quitó
el vino para beber de la botella y echar sobre su cuerpo. Con las manos llevó
la cabeza de su amiga hacia sus senos arqueando su cadera, mientras se hacía
más sexy, pasaba su lengua siguiendo el vino que caía hasta su vientre. La
agarró de los pelos, la estiró bruscamente y chocaron sus cuerpos desnudos. Se
abrazaron y se frotaron con ritmo. Se miraban con placer. Acariciaba sus
piernas, ella parecía temblar. Giró le dio la espalda apoyando las nalgas en
Solange que estiró sus brazos lastimados hasta que sus dedos acaricien en la
pelvis de su amiga. Sus caderas nunca quietas y el infierno ardía cada vez más.
La besó en el cuello, la besó en los hombros. Apretó sus pechos y volvieron a
girar, esta vez, intercambiando la mirada conmigo que perdía mi mente. Perdía
mi cordura. Perdía el conocimiento y desvanecía en la cama sin poder moverme.
El rivotril me hacía efecto. Bienvenido a mi infierno hijo de puta!- Escuché.
Vi las luces apagarse,
la música sonaba de más lejos, apoyé mi cabeza en la almohada y sentí cuatro
manos que recorrieron mi cuerpo. Acariciando mi abdomen, mis piernas, mi pene.
Sensaciones raras. Los labios de Solange me besaban, en mis labios, por mi
cuello. La lengua de su amiga me recorría, me exploraba. Cuatro manos me
acariciaban. Sentía los pechos de las dos rozar mi piel. Sentía mi cuerpo
caliente, la respiración cortada. El aliento de ellas que me degustaban. Me
probaban. Hasta que su amiga tomó mi miembro con su boca, lo chupó, lo llenó de
saliva y Solange empapó sus labios. Entre las dos me hicieron sexo oral. Yo
permanecía quieto, inmóvil, con los efectos de una pastilla mezclada con vino
tinto y cocaína. Con los efectos de mi depresión y mi tristeza. Y con la música
cada vez más lejos porque gemíamos los tres, cada vez más fuerte. Sentí un
dedo, o dos, que apretaban en mi ano. Queriendo entrar a la fuerza mientras sus
bocas seguían con mi miembro.
Foto de Jan Saudek
Ahí grité de placer,
ahí ronroneé como un gato en celo, la mezcla de sus bocas y sus dedos tan bien
puestos en dos partes de mi cuerpo frágiles y sensibles me llevaron al éxtasis.
Solange se acostó sobre mí, apretó su pelvis sobre mí, y entré en ella. A la
amiga, la sentí sentada en mi cara, con el cuerpo hacia atrás, apoyada sobre el
respaldo de la cama. Solange se movía, se jadeaba. Sentía su cuerpo desnudo
caliente sobre mi piel. Suavemente se inclinó hasta la amiga y con su lengua le
dio placer. Con sus manos abiertas apoyadas sobre mi pecho, Solange se movía
con fuerza, se retorcía, me apretaba. Entre ellas se gritaban. Comenzó a
rasguñarme fuerte pero sentía poco lo que estaba pasando, confundía si era
cierto o era un sueño, las imágenes se intercalaban. Pero el placer y el sabor
de su piel estaban ahí. Conmigo. También la sangre que aparecía en mi cuerpo
rasgado. Solange llegó al orgasmo y gritó con furia. Sobre mí se sentó la amiga
y dándome su espalda me cabalgaba fuerte, intensamente. Intenso fue su orgasmo
cuando llegó. – Te amo hijo de puta-. Volvieron con sus besos a mí, hasta que
me hicieron llegar, y me corrí con ganas.
En ese momento, en ese
instante perdí completamente el conocimiento y nada más recuerdo hasta la
mañana. Que apenas pude levantarme y que mi hermano me vio bajar por la
escalera sin que me respondieran las piernas. Todavía quedaban efectos del
rivotril. Sé que se divirtieron conmigo toda la noche, sé que grité como una
puta. Se que ellas me gozaron. Pero no puedo contarlo. Tengo un vacío, un
espacio en blanco que no me permite saber que más pasó esa noche. Fue así,
amanecí una tarde desnudo, en medio de dos mujeres hermosas y de una,
particularmente, a la que ame profundamente. Hasta el día que decidió
suicidarse.
Foto de Jan Saudek

Gabriel Adrián Alvarez. (Buenos Aires, 1977). 
En 1996 ingresa en la Universidad Caece para estudiar lo que es su profesión
actual, Licenciatura en Turismo. En
1999 es columnista de un periódico independiente de Sierra de los Padres y
colabora con notas de interés cultural. Seguido a eso, tiene en 2001 su primer programa
de radio en FM Nativa (El apagón) con un fuerte contenido social en la Argentina del 2001. En ese programa no solo
escribía radioteatros con personajes entrañables como la marioneta Vigliardi (una
especie de actor, boxeador, jugador de futbol, político o lo que la situación
considere que vivía su momento de fama y posterior decadencia). También relatos
sociales, económicos y políticos de aquellos años. 



En el año 2007 se interesa por los relatos eróticos y comienza a escribir para
una página web referida al tema.