R. me pasa a buscar a las 9 a
casa y me pide disculpas porque, por desgracia, no tiene mucho tiempo, ya que a
las 11,30 tiene una importante llamada de trabajo. No sé que pensar, pero
teniendo en cuenta que trabaja como promotor de espectáculos musicales… le
concedo el beneficio de la duda.
Me lleva a un restaurante cercano
y no para de hablar con su teléfono móvil, tanto es así que parece el presidente
de alguna empresa. Luego se disculpa y habla sin parar sin pedir ni beber una
gota de alcohol durante toda la cena. Un punto a su favor, pienso.
Pero después de dos horas de
escucharle necesito un descanso. Sólo habla de sí mismo, eso si, intercala
algunos elogios y me pregunta qué me gusta como si fuese una concursante
televisiva o en un estudio de mercado.
Después de cenar, me pide si
puede subir a mi casa para recibir la llamada y poder hablar en un sitio
tranquilo. Me parece una mala excusa, pero accedo y le conduzco al cuarto de
estar, lejos de cualquier intimidad física o geográfica. A la media hora de
charla, intenta besarme. ¿Pero no ibas a recibir una llamada?, le pregunto.
-He recibido un sms, y la
llamasa se ha postergado a mañana. Oye, ¿por qué no vamos a tu cuarto?
-Lo siento, pero me tengo
que ir, se me había olvidado decirte que he quedado con una amiga dentro de
media hora.
Es obvio que me tomó por
tonta. O una chica demasiado fácil. O ambas cosas.
«Sabía que no acabaríamos
en la cama», admite.
«Ah, ¿por qué lo sabías?»
pregunto.
«Instinto», dice.
«Es evidente que tu
instinto funciona bien», le contesto
Casi tanto como la mío, me
callo. Y tampoco le digo que pertenece a un tipo de hombre incapaz de cumplir
con las expectativas, de los que se creen que con su cháchara pueden conseguir
su objetivo: Irse a la cama con una mujer al menor coste posible, y no me
refiero sólo al económico. Así todo son beneficios para la propia cuenta de
resultados, pero esta noche R. ha tenido pérdidas.