Manet. Ninfa sorprendida (1859-1861)



Si
planteamos un discurso economicista del sexo, y no voy a entrar en
disquisiciones sobre si es correcto o no porque este no es el fondo de este
artículo, podemos decir que en líneas generales los hombres se interesan más
por el sexo que las mujeres lo que proporciona a estas últimas una cierta
ventaja competitiva.
Y esto es así  porque hombres y mujeres estamos hechos de una manera
diferente: una mujer que mantiene relaciones sexuales se puede quedar embarazada
y la maternidad tiene un coste mucho mayor para una mujer que para un hombre. De
todas formas, también los datos empíricos sugieren que la motivación y el deseo
sexual masculino es -por lo general- más alto que el de las mujeres. Ambas
explicaciones (que son compatibles entre sí) explican la asimetría del comercio
sexual.
En
cualquier caso, lo que nos interesa es lo que nos puede permitir analizar las
relaciones sexuales desde un punto de vista económico. Y esto es posible porque
aunque la economía clásica se centra en el intercambio de mercancías materiales
mediante un pago monetario, en la actualidad el horizonte se ha ampliado a lo
inmaterial, aunque sólo sea porque somos una sociedad doblegada por lo
económico. Por eso se puede hablar de la economía del sexo como de tantas otras
cosas intangibles y que no implican necesariamente un comercio monetario.
Entonces
si la oferta y demanda de este recurso deseable pero escaso debe adaptarse al
mercado, los compradores y vendedores competirán entre sí, lo que implica que
los ofertantes tiendan a maximizar los propios beneficios.
Además,
el sistema cultural por un lado hace de la sexualidad femenina un recurso
muy solicitado (véase la publicidad, por ejemplo), y por otro reafirma que no se
trata de un intercambio equitativo, ya que el sexo se suele ver como algo que el
hombre consigue de la mujer. Para igualar el intercambio, el hombre debe ofrecer
también algo a cambio, un “algo” que está fuera de la relación sexual en sí.
Esta forma de pago, que salvo el caso de la prostitución no es de tipo económico,
varía según las condiciones del mercado.
José Jiménez Aranda. Una esclava en venta (1897)

También
hay que tener en cuenta que en todas las sociedades tradicionales los hombres
detentan el poder económico mucho más que las mujeres. Por eso las mujeres
utilizan (de una forma consciente-inconsciente) el sexo  para reequilibrar esta distribución de
los recursos.
Una
confirmación parcial de esta hipótesis se encuentra en algunos estudios recientes
publicados por sicólogos sociales http://usatoday30.usatoday.com/news/health/wellness/story/2011/08/More-gender-equality-leads-to-more-sex-global-study-shows/49854176/1, que revelan que en las sociedades con
mayor igualdad entre hombres y mujeres, hay más sexo. La idea subyacente es que
cuando las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres para acceder
a los recursos económicos, la necesidad de economizar el sexo es menor, y
su comportamiento sexual se parece más al de los hombres.
Por
supuesto se deben tener en cuenta otros factores como que en  las sociedades con mayor igualdad de
género son las que tienen las costumbres más permisivas, ya que la emancipación
femenina permite una mayor conciencia de la anticoncepción.
Entonces
si la demanda es más alta que la oferta y el sexo se convierte en un recurso
escaso, en épocas de crisis económica como la actual lo es aún más debido a
factores “ambientales”, como puede ser un menor interés por la actividad sexual
por parte de parados, gente con problemas o menos recursos económicos… pues no
hay que olvidar que el comportamiento de cualquier individuo está inmerso en un
contexto en el que hay costes, beneficios y preferencias bastante estables.
Todo esto que llamaremos “mercado” se ve afectado por una menor capacidad
económica y síquica de los consumidores.
Así
podemos decir que si el sexo es una mercancía más, la crisis económica le afecta de lleno. El que los consumidores de sexo tienen menos recursos materiales y más problemas sicológicos debido a la crisis para lanzarse a consumirlo en un
momento como el actual, es algo que ha notado la
industria pornográfica, tradicional mercado de los “excedentes” masculinos que
no logran comprar sexo en el mercado libre, y cuyos ingresos, según diversos estudios, ha
disminuido en España más de un 27% respecto a años anteriores a la crisis económica.

Mariano Fortuny. Viejo desnudo al sol (1871)

Ana Gálvez es licenciada en sociología por la
Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Psicología Social y estudios de la mujer, ha desarrollado
su carrera profesional en la investigación sociológica, así como ha
impartido talleres psicosociales en liderazgo personal, educación en valores e
igualdad, desde una perspectiva psicológica, social y de género.