El acontecimiento literario de la rentrée literaria en Francia ha sido el volumen del diario “integral” del escritor franco-norteamericano Julien Green (París 1900-1998) correspondiente a los años de preguerra,  publicado por la editorial Robert Laffont el pasado 19 de septiembre. Unos años marcados por la homosexualidad, el racismo y antisemitismo. Un escándalo de esos que nuestros vecinos, dueños del marketing cultural, denominan “sin precedentes”. Dejémoslo aquí.

“Ayer por la tarde, un joven marinero elegante, un trasero estupendo”… “mete la mano en mi bragueta… pequeños cojones y pequeño pene pero muy bonitos”… “Entro tan fácilmente en ese pequeño culo que el placer me viene de inmediato”… “Siento mi rabo penetrar su bonito culo rosado. Retiro mi rabo como si fuera a salir, la meto de un solo golpe hasta el fondo sin que mi joven Ganimedes se olvide de moverse”…

No. No son las páginas de una novela porno, ni de una revista erótica de aquellas en que se pagaban cuatro céntimos por página… estas citas provienen de las decenas de ellas similares que pueblan los “Diarios íntegros”, de Julien Green, uno de los escritores franceses más representativos, junto a François Mauriac, de la literatura católica francesa. Julien Green convertido de la noche a la mañana de escritor representativo de la Francia católica a símbolo para los LGBTY. Vivir para ver.

 

Julien Green

 

Se sabía de este académico y escritor adscrito ya a la Pléiade que era homosexual, pero según sus allegados su vida sexual estaba “bajo control” e incluso daban a entender que se contentaba con lo platónico. Pero estos Diarios revelan que Green pasó años y años en “un infierno” de disimulo y culpabilidad acentuados por su manera de pensar y sentir religiosos, amén de ese sagrado respeto a las formas propias de la gran burguesía en que se crió. Y si bien es cierto que en sus novelas hay que buscar, como un arqueólogo, ciertas claves ocultas que nos revelan su homosexualidad y que en los Diarios, publicados años atrás en la Pléiade se percibe pero poco más.

La clave puede encontrarse en el amante e hijo de Julien Green, Ëric Jourdan, después Ëric Green desde que el escritor lo adoptara, que se encargó de edulcorar los manuscritos de Green que componían los Diarios y que incluso eran censurados en buena medida. Estos nuevos Diarios han sido publicados gracias a la labor de Tristan Gervais de Lafond, ejecutor testamentario de Ëric Jourdan y de Julien Green, es el que ha permitido que una vez muerto Jourdan en 2015.

Tristan Gervais ha dado su permiso porque parece ser que Julien Green quiso que no se publicaran hasta pasados cincuenta años de que sucediera aquello que se contaba. Como este primer tomo que acaba de salir recorre los años que van de 1919 a 1940, no había problema alguno en respetar la voluntad del autor. Asi se ha hecho.

 

Julien Green en 1935

 

De la importancia de estos Diarios habla el hecho de que se calcula que en este primer tomo más de la mitad de las páginas publicadas ahora fueron censuradas en su momento. Los editores franceses, muy cuidadosos, han colocado en cursiva las partes que no fueron publicadas en la primera edición. La lectura de estas casi 1.400 páginas, los otros tomos aparecerán en 2021, revelan cierta fascinación en el modo en que Green se autocensuraba: en el libro hay dos tonos perfectamente diferenciados. En su vida pública habla como un prelado, en su vida privada como un actor porno hasta el punto de que en sus correspondencias sentimentales mezclaba el placer que le procuraba el anolingus con la Pasión de Cristo, que él creía revivir en ello.

Pero el libro no es sólo una revelación del particular infierno de su sexualidad sino que es un documento precioso sobre la vida cultural de aquellos años y los juicios de Green sobre muchos de sus contemporáneos, aparte de frases de cierto antisemitismo, por otro lado muy común entre las derechas y las izquierdas en aquel período.

De Chateaubriand dice que tiene estilo grandilocuente de campana vieja; ama a Charles Dickens, Charlotte Brönte y Jane Austen; sobre Joyce su juicio es ambiguo, como si no terminara de captarlo del todo; adora a Verlaine y Baudelaire y al contrario que sus colegas homosexuales de su entorno, como Cocteau o Gide, le encanta Rimbaud, algo curioso tratándose de lo que éste representaba, es decir, homosexual explícito, anticlerical y pobre. Todo lo contrario de  Julien Green. Aunque quizá esa atracción convertida en apuesta por Rimbaud como el gran poeta francés de la Modernidad le venga de ser su opuesto. De Balzac piensa que tiene poco calado melodramático, véase El lirio en el valle, pero tiene a Flaubert en sus Diarios a la altura de la Biblia por la fe con que habla de ellos.

Desde luego Julien Green no es André Gide, ni siquiera François Mauriac e incluso Jacques Maritain. Al lado de estos es un autor menor y, de hecho, la lectura de estos Diarios es monótona, repetitiva, melancólica, con un sentido del humor ausente y al contrario que Gide en sus Diarios, donde éste siempre nos sorprende con una inusitada imagen literaria, Green sólo ve a sus semejantes desde las anteojeras de su libido.