Recientemente visité en Madrid la exposición “El surrealismo y el
sueño”. Además de reencontrarme con algunas obras, descubrí otras nuevas para
mí, como un cuadro más que sugerente de René Magritte, “L’art de la
conversation” (que, además, ha sido el cartel de la muestra en sus meses de
duración). Mi hermana, responsable de que yo acudiera aquella mañana al museo
Thyssen-Bornemisza, hizo la siguiente reflexión: “Qué bien vendría esta imagen
para una campaña de publicidad de alguna empresa de telefonía móvil, por
ejemplo. Cuando hablas con alguien cara a cara, sobrevuelas la realidad”.

No sé si el pintor belga tuvo tal intención con esta creación pero la
frase de mi hermana me hizo recordar todas esas ocasiones en que, lejos de
casa, trabé charlas más que interesantes con quienes tropezaba en mi camino y
en cuántas de ellas me hubiera perdido si hubiera estado obsesionada con
“chatear” a la distancia o en colgar fotos de mis periplos en Facebook o en
“guasapear” o “tuitear” para dar cierta envidia. Ir en el metro a diario me
permite observar que ya no solo somos presas de nuestros reproductores de
música (que, con auriculares, nos aíslan de nuestros vecinos), sino que la
ampliación de cobertura subterránea ha hecho que la mayoría de gente aproveche
los trayectos para perderse en la pantalla de su móvil sin mirar a quien viaja
al lado. ¿No es cierto que cuantas más herramientas hay para comunicarnos menos
lo hacemos?
Un vuelo a La Habana –en el que, además, te pasan a primera clase por overbooking
puede permitir conocer a un hombre cubano que da clases de francés en Tailandia
o a la embajadora de la isla en Mozambique; un trayecto en autobús entre Santa
Marta y Cartagena de Indias (Colombia) te sirve para conocer a un venezolano
que tiene lejanas referencias de España y que te facilita su número de teléfono
por si tienes algún problema durante el viaje; una dura caminata de tres horas
por estribaciones del norte argentino llevan tus pasos a un pequeño poblado,
San Isidro, donde la jornada termina en una agradable conversación con una
profesora salteña bajo la solitaria luz de las estrellas; unos italianos (un
matrimonio ya jubilado, pese a que el aspecto de ambos es increíblemente
hermoso y juvenil) te cuentan en San Pedro de Atacama (Chile) que después de ir
a Purmamarca y recorrer las provincias de Jujuy y Salta quieren ir a Buenos
Aires para practicar el tango que han aprendido en clases en su país; un chófer
húngaro se convierte en tu sombra y quiere fotografiarse contigo porque eres la
única persona en la excursión que él traslada que ha hecho un esfuerzo por
mostrarle palabras en español y la correspondencia en su idioma para sacarle
del silencio; un taxista montevideano te dice que es seguidor del Villarreal
(en la época en que Diego Forlán jugaba en el “submarino amarillo”) cuando le
pides que te lleve al estadio Centenario, aunque sea para ver su exterior antes
de salir del paisito; un joven pascuense aprovecha una puesta de sol en
Hanga Roa para detallarte que él vio “caminar” a algunos moais y que no hay
tanto misterio -sino pura física- en Rapa Nui; una mujer que trabaja en una
editorial en Matanzas (Cuba) te explica mientras compartís mesa de labor y
miradas que siempre se dedicó a la canción; un conductor profesional en
Santiago de Chile te explica que él fue represor en la época de Pinochet, pero
que nada tiene de qué arrepentirse, pues él “solo cumplía órdenes”.
En el traslado en tren de un pequeño pueblo gerundés a Barcelona puede
conocerse a uno de los creadores del Teatre Lliure -una de las referencias de
la escena independiente española- solo horas después de haber compartido viaje
con su compañera, una naturópata que comparte tu amor por la pintura y que se
apasiona por la investigación que estás llevando a cabo; un fotógrafo carioca
te narra la historia de su vida y te dice que si su madre no le hubiera
obligado a estudiar (igual que a sus hermanos), habría terminado como los
personajes de la película “Ciudad de Dios” o de cualquier otra favela de Río de
Janeiro; un adolescente búlgaro, participante en una expedición internacional
académica y cultural, te regala una pulsera (manufacturada por su madre) solo
porque te has esforzado en hablar con él durante un vuelo a Panamá con la idea
de escribir un reportaje con motivo de su cumpleaños…
En la mencionada exposición también se exhibía el cuadro de Kay Sage
“Margin of silence”. Todos tenemos derecho a él, todos debemos respetarlo
cuando se nos exige por otras personas, pero qué maravilloso es poder romperlo
y acercarnos al otro por medio de la conversación.