“Lo mismo diverso” es el núcleo sobre el cual gira, a modo de esos objetos que encierran el mismo objeto en composición en abismo, Camino de casa, un relato en el que su protagonista, Nicolás, nos irá llevando de la mano -como Virgilio a Dante- por distintos episodios de su vida. La estructura de este libro se basa en tres breves capítulos I, II y III, por donde fluyen como las aguas de un torrente voces diversas entrelazadas con las reflexiones y opiniones –episteme y doxa- de Nicolás.

Fueron los filósofos presocráticos los que pusieron el dedo en la llaga al intentar reducir a unidad la diversidad del universo, buscando, sin descanso, el principio o arché que explicara el origen del cosmos, y por ende, el de la Naturaleza. Posteriormente vinieron los grandes sistemas filosóficos. Y después, la ciencia y sus infinitesimales ramificaciones.

Camino de casa no es un libro de filosofía, aunque su protagonista sí va desgranando en el hilo del relato consideraciones filosóficas y científicas sobre la Naturaleza y la vida, el yo y el otro, la realidad y los sueños, el amor y la complicidad, la subjetividad y lo social, consideraciones íntimamente unidas a las distintas circunstancias y momentos personales, evocados o presentes, por los que atraviesa en cada momento el protagonista del relato; consideraciones que tienen un eje básico que impregna todo el discurso, motivado por la crisis que le produjo el conocimiento de la teoría de la evolución de las especies de Darwin, en una época de su vida, la de la juventud.

Y aquí me veo obligado a hacer un inciso. Conocí la existencia este libro, Camino de casa, por referencia directa de su autor, el poeta, escritor y crítico literario Juan Malpartida, a quien traté por primera vez con ocasión de acudir a una charla sobre viajes y ciudades con Fernando Castillo, él y el pintor Damián Flores. Al salir de aquel encuentro, no recuerdo muy bien por qué, hablamos de la prodigiosa biografía de Charles Darwin escrita por Janet Browne, publicada en dos tomo por la Universitat de València (2008), biografía modélica del gran naturalista, cuya lectura, dicho entre paréntesis, también recomiendo vivamente a los lectores de estas líneas. Hablando de esta biografía, recuerdo que Juan Malpartida me comentó que había escrito un libro, motivado, entendí yo entonces, por un momento muy emotivo en la vida de Darwin. La lectura de una carta que su mujer Emma le había escrito. En Camino de Casa, Malpartida recrea ese momento para él clave en la vida de Darwin. Es nuclear porque lo que se decía en esa carta afectaba a la vida en común de ambos, más allá de la vida terrenal. De alguna manera ese hecho impregna todo el relato de lo que le ocurre al protagonista de Camino de casa. Cada lector del libro lo reconocerá a su manera. Tiempo después, yo le envié a Juan Malpartida una caricatura de Bagaría sobre Darwin. Y ahí quedó la cosa.

Ahora, tiempo después, es cuando he leído Camino de casa, editado en 2015 por la editorial Pre-Textos, en su colección Narrativa. Ya, desde el título, así lo creo, Camino de casa, nos habla de la huella  que el paso del tiempo y el fluir de las ideas y el pensamiento deja en nosotros.

Es significativo y pertinente que la cubierta de este libro reproduzca una imagen de la “huella fósil del yacimiento arqueológico de Laetoli” en Tanzania, cuna de la Humanidad, imagen muy bien elegida con arreglo a lo que una cubierta debe de revelarnos del contenido de lo que vamos a leer. Cubierta parlante.

 

Juan Malpartida

 

Aficionado como soy a los temas de antropología, tengo cerca de mí la invitación que se hizo de la exposición La cuna de la Humanidad (celebrada en el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid) en la que se reproducía “El rastro de pisadas de Letoli”, ilustración debida a Mauricio Antón a partir de las fuentes facilitadas por Manuel Domínguez-Rodrigo y Enrique Baquedano, director del museo citado. En esta imagen vemos en primer plano a cuatro “homínidos” que caminan de pie -las consecuencias de caminar de pie fueron enormes, entre otras, la de divisar más espacio con todo lo que ello conlleva y, posiblemente, la de pensar mientras se lleva a cabo ese acto-, en un segundo y tercer plano, varias jirafas y elefantes, vegetación, y al fondo la erupción de un volcán que acabaría por cubrir de ceniza el suelo por el que caminaba aquel grupo de homínidos y que, afortunadamente, sepultó sus huellas, conservándolas. Un antecedente remoto, si se quiere, de lo que luego ocurriría con el Vesubio en Nápoles. En aquella exposición se “reprodujeron” aquellas pisadas.

Este breve inciso viene a propósito de que Camino de casa de Juan Malpartida, se asemeja a esa imagen, en la que vemos a cuatro ancestros nuestros caminando, de cuyas huellas los investigadores actuales deducen múltiples aspectos, solo que en el libro de Malpartida se trata de una autoexploración. Diálogo interior y huellas parlantes.  Y así vamos entrando en el universo y en la naturaleza de lo que el protagonista de Camino de casa piensa, habla y, sobre todo, escribe; es decir, en la huella de su existencia, de lo que le ha ocurrido y le ocurre, de sus crisis, de sus consideraciones sobre la vida y la muerte, sobre el arte y la ciudad, sobre el paso del tiempo y los afectos, sobre el darle vueltas y más vueltas a la eterna pregunta de lo uno y lo diverso, qué es el ser humano, por qué está aquí, y qué sentido tiene explorar todo eso, y el por qué y para qué existimos, preguntas probablemente sin respuesta, o al menos, sin repuesta clara, que sirven para contarse a sí mismo. Esa es la función poética o taumatúrgica de la escritura. Y Malpartida la ejercita en este libro desde múltiples registros, literarios, científicos, poéticos, humorísticos, y bajo planos narrativos formalmente distintos.

Pero ya lo hemos sugerido al principio, Camino de casa no es un mini tratado de filosofía, aunque contenga consideraciones agudas en ese sentido, es un relato, cargado de humor y cordialidad, en el que el protagonista no camina solo. Dialoga con otros personajes de condición muy distinta a la suya que le aclaran cuestiones o que le hacen descubrirse a sí mismo, que le hacen, y esto es lo importante, pensar, repensar y encontrar matices al perpetuum monólogo interior que todos llevamos a cuestas y del que no podemos desprendernos.

Además de esos diálogos, el protagonista, Nicolás, nos cuenta retazos de su biografía, de su adolescencia familiar, su paso por la Universidad franquista, la de los años previos a la muerte del dictador, sus encuentros con el portero de su casa, con un vagabundo, con un psiquiatra, con un poeta excéntrico -entendido este adjetivo en su acepción geométrica-, y, por supuesto, la relación con su mujer, Sara, contrapunto a su personalidad reflexiva e indagatoria. Un acierto, creo, el presentarla como gran aficionada a la lectura de novelas. No me resisto a transcribir, por lo revelador, este breve fragmento: “Oyéndolas -se refiere a su mujer y a su madre, también gran lectora de novelas- llegué a pensar que la novela es el adn de la vida, a lo que Sara responde que no, que la vida es el adn de la novela y que nosotros, los lectores, somos el arn traductor: leer es hacer proteínas.”

En el frontispicio del libro, Juan Malpartida ha colocado dos citas; una, no podría ser de otra manera, de Charles Darwin, y otra del científico y escritor Jorge Wagensberg, que fue también un gran cultivador de aforismos, que dice así: “La evolución inventó el cerebro para salir de la casa (para comer cuando el alimento se agota) y la memoria para volver a casa”. Camino de casa es, ciertamente, un ejercicio de memoria. Un ejercicio de memoria de nuestra fragilidad como seres humanos o como dice uno de los personajes -no desvelaré cuál, como tampoco desvelaré la profesión del protagonista que me parece un gran hallazgo- “un momento autoconsciente de la complejidad a la deriva”. O lo que es lo mismo “un relato sostenido sobre los frágiles puentes del tiempo y la memoria”, cargado de buenas proteínas literarias suministradas durante ese eterno retorno que es la vuelta a casa de la que nunca, en realidad,  hemos salido. El acierto de Juan Malpartida ha consistido en dar forma literaria a ese periplo.

Y hablando de periplos, situaré este Camino de casa de Juan Malpartida en el eje de coordenadas de dos libros esenciales de la literatura occidental: Odisea de Homero y el Ulises de Joyce. La pregunta relevante del primero es por qué Odiseo renuncia a la inmortalidad que le ofrece la diosa o ninfa Calipso. La respuesta fundamental del segundo es hacer visible la fluida y caótica realidad de nuestra conciencia moderna en el transcurso de cada día. Camino de casa contiene sotto voce sustantivas disquisiciones sobre ambos aspectos. Por eso recomiendo su lectura. Para “hacer proteínas”.

 

 

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