Una veintena de metros de tierra de nadie separan estas trincheras franceses y alemanas
El 28 de junio de 1914, el heredero del trono imperial de
Austria-Hungría, el archiduque Francisco Fernando, y su esposa, la
archiduquesa Sofía, son asesinados en Sarajevo.
Todo el mundo
sabía que su vida corría grave peligro, pues los extremistas serbios se la
tenían jurada al viejo Francisco José.
Y así sucedió. En uno de los atentados más chapuceros, previsibles y
azarosos de la historia, uno de aquellos jóvenes extremistas, Gavrilo
Princip
, los asesina a tiros. Comenzaba una carrera hacia la guerra que
sería, sobre todo, una carrera en el tiempo que se corrió a la velocidad de la
luz. Cuando al cabo de cuatro años el mundo asista al final de la I Guerra
Mundial
se habrá dado cuenta de que ha recorrido una distancia mental mucho
mayor que la meramente cronológica: habrá pasado del siglo XIX a la plenitud
del siglo XX
y se preparará para vivir unos acontecimientos que aún hoy nos
marcan.
Los soldados que el 1 de agosto de 1914 entraron en combate
estaban dirigidos por generales que seguían creyendo en las virtudes
formidables de la caballería como arma para ganar las batallas. Se movilizaron
divisiones enteras de ulanos, dragones, coraceros o cosacos, muchos de ellos armados
solo con sable y lanza. Los franceses, los célebres poilus que conocemos
por las estáticas fotografías de la época, marchaban al frente tocados con un
quepis y una guerrera de color azul y unos llamativos pantalones rojo lacre,
que indudablemente hacían las delicias de los tiradores enemigos por la
facilidad con que advertían de la presencia de sus oponentes en campo abierto.
Desde el káiser Guillermo hasta el más humilde recluta
iban tocados con un yelmo rematado con un pincho (el conocido como pickelhaube),
más propio de la Guerra Franco-Prusiana que de una contienda que iba a
librarse en las trincheras, con feroces y suicidas asaltos a la bayoneta
repelidos una y otra vez por la voracidad de las ametralladoras, que barrían a
aquellas masas de desdichados a quienes no quedaba más remedio que seguir como
iluminados el toque de silbato de su oficial marcándoles la señal de avanzar.
Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… hasta el total exterminio o la
victoria…
Infantería alemana al ataque de una posición inglesa en el frente del Somme
Qué bien narran esa sensación de miedo frío, de sudor helado, de olor a
cadaverina y heces cayendo por las perneras del pantalón autores como Gabriel
Chevallier
(El miedo) y con qué crudeza y distante dramatismo la
presentaron cineastas como Stanley Kubrick (“Senderos de gloria”) o Peter
Weir
(“Gallipoli”). Y con qué certera crueldad retrataron a algunos de esos
generales (como el francés Robert Nivelle y su teoría del “ataque en
profundidad”, eufemismo de matanza), a quienes nada importaba la muerte de
cientos de miles de hombres con tal de obtener una pírrica victoria que les
reportara una nueva medalla.
Cuando entre 1916 y 1917 alemanes y franceses, sobre todo, abandonen los
pantalones rojos y los cascos rematados con un pincho para sustituirlos por
uniformes “azul horizonte” o caqui y cascos de acero, ya sean del modelo
“Adrián” o el conocido como “casco de cubo”, el mundo habrá entrado en una
nueva dimensión respecto a la guerra
. Esta ya no será jamás un asunto que
se dirime con la displicencia de un modo de pensar aristocrático y desfasado.
Los militares más valiosos y sus mandos más cualificados se darán cuenta de que
elementos como el arma aérea, el carro de combate o los gases tóxicos son más
poderosos y efectivos que una carga de caballería o una masa de hombres atacando
a la bayoneta. El siglo XIX habrá terminado de una vez.
En 1914, el año de la catástrofe (Crítica), el historiador
y periodista británico Max Hastings nos señala de forma muy gráfica que
el asesinato de Sarajevo “tuvo un efecto sobre la historia del mundo similar al
que podría tener una avispa al picar a un enfermo crónico que, de resultas de
ello, enloqueciese y, abandonando el lecho, consagrase sus últimos días a
destruir el avispero”.
En su monumental obra La crisis mundial, 1911-1918
(reeditada ahora por Debolsillo) sir Winston Churchill nos cuenta de
primera mano cómo fueron aquellos años, en los que él desempeñó un papel clave
como primer Lord del Almirantazgo y ministro de Armamento del Gobierno
británico. Al comienzo del libro, que escribe en 1930 (sospechando, tal vez, la
catástrofe que una década después iba vivir de manera directísima como primer
ministro del Reino Unido), leemos una frase premonitoria: “En los tiempos de la
reina Victoria era costumbre de los estadistas confiar en las glorias del
Imperio británico y congratularse de la providencia protectora (…). No sabían
que aún tenían que ser afrontados los mayores peligros y ganadas las más
grandes victorias”.
Cuando al finalizar el conflicto, el entonces presidente de los Estados
Unidos, Woodrow Wilson, dijo que esta sería “la guerra que acabaría con
todas las guerras”, expresaba un deseo irreal e irrealizable que, apenas veinte
años después, estallaría en una conflagración mucho más cruel y de
consecuencias que aún perduran. Ya no habría caballeros del aire como los
pilotos de caza al estilo del “Barón Rojo” y su escuadrilla, conocida
como “El circo volador”, porque todos los aviones iban pintados de vivos
colores. Tampoco volvería la caballería, salvo las tan estériles como heroicas
cargas de los lanceros polacos contra los carros alemanes en 1939 o la de los
jinetes italianos del Regimiento de Saboya contra la infantería rusa en la
batalla de Izbusenski, en 1942.
A partir de las 11 horas del día 11 del mes 11 de 1918, el mundo
ya era otro muy distinto de aquel que el 1 de agosto de 1914 se adentró casi
con suicida entusiasmo en una guerra tenebrosa. Ahora el mundo dispondría de
veinte años para enfrentarse a un verdadero Armageddon.
Tanques ingleses después de un ataque
  FERNANDO PRIETO ARELLANO

 

Periodista de la Agencia EFE en el Departamento de
Internacional, especializado en Oriente Medio y Mediterráneo sur. Corresponsal
en Londres (1996-1999) y enviado especial (1992-actualidad) a destinos como
Irlanda del Norte, Israel y territorios palestinos, Irak, Libia o Túnez.
Profesor asociado de Periodismo Internacional de la Universidad Carlos III de
Madrid y Especialista en Seguridad y Defensa en el Mediterráneo y Oriente Medio
por la UNED.