Cindy Sherman. Untitled, 1995

Además de
participar en varias antologías, la argentina Patricia González López (Buenos
Aires, 1986) ha publicado el libro de poemas Indecible (Milena Caserola, 2009) y la novela Dos de azúcar (Milena Caserola, 2010). Ahora, con motivo de la
presentación de su nuevo poemario Maldad,
cantidad necesaria
, nos confiesa que la literatura “es un laboratorio”
donde busca “la fórmula para sanar”, por lo que intenta atrapar las palabras
que aparecen “para que no se vayan”.
¿Qué
similitudes hay entre tus dos poemarios?
Creo que hay un abismo. Sin embargo, en algunos textos quedó
un resabio de la inocencia juvenil del primero (Indecible). Creo que Maldad
se parece más a Dos de Azúcar, aunque
sea narrativa, porque habla mi voz más adulta, más suelta y más cruel.
¿Varía tu
inspiración cuando escribís poesía o novela?
Lo que me inspira es lo mismo: a veces veo o vivo alguna
situación que me lleva a escribir una poesía y después un cuento, o un agregado
para un personaje de una novela. Pero a veces necesito esconder, o decir más,
de miles de formas y otras necesito ser más explícita, sin mucha vuelta, y es
ahí cuando sale la narrativa. Mi base siempre es seguir el instinto y anotar lo
que sale en el momento, para que no se vaya. Y nunca escribir bajo presión o
por obligación, sino cuando salga, a la hora que sea, en el momento que sea. Yo
he estado en un bar y quizá se me ocurre algo y anoto en lo que tenga a mano.

Patricia González López

¿Quiénes te
influyeron para empezar a escribir?
Leí mucho tiempo a Nietzsche, que me marcó. A partir de
encontrarme con su pensamiento encaucé más mi perspectiva e incluso creo que
pude leer de otra manera. Más allá del
bien y del mal
es el libro culpable de todos mis cambios para bien. La
lectura de filosofía fue lo que más me marcó, más que la poesía en sí. E
incluso me parece mejor por las influencias que pude haber tenido.
¿Qué
poetas te abrieron el camino para soltar tus palabras?
Para ser sincera no fue estrictamente la poesía la que me
llevó a escribir poesía. Uno de mis primeros contactos con la poesía fue un
texto que alguien me regaló en quinto grado, Si yo fuera un gato. Desde ahí sentí gran valor por la poesía y recuerdo
haber tratado de buscar palabras y la estética. Pero cuando empecé a escribir
no sabía muy bien cómo clasificar lo que hacía. Después empecé a leer más. Me gustaba
Quevedo, por ejemplo. También me marcaron Calderón de la Barca, con La vida es sueño, o Lope de Vega. De más
chica (con doce años) era bastante trágica y buscaba “la aristocracia en la
palabra”, que solo algunos entiendan, una búsqueda de lo oscuro, me inquietaba
mucho la muerte. Era retorcida.
¿Cómo
definirías tu estilo?
Trato de escribir de la manera más coloquial posible. Que el
que lea no tenga que saber algo previamente para entenderlo. Despojado, sin
presumir. Soy cada vez más directa, más guarra, más rabiosa, pero con cierto
humor.

Cindy Sherman. Untitled, 1995

¿Cuáles
son las manías y los rituales a la hora de escribir?
Como te decía antes, me gusta poder anotar en el momento en
que pienso algo, por lo menos para continuarlo después. Tengo que escribir o
terminar lo escrito porque, si no, el sueño no aparece. Quizá la manía es
escribir un mail o mensaje como
borrador en el celular y después revisar lo que tengo. Lo mismo con las
agendas, cuaderno de notas, de estudio. Llega un momento en que reviso todo lo
que tengo a ver qué rescato.
¿Cómo te
imaginas la vida sin escribir?
No me imagino, es mi identidad. Si me hubiera animado, quizá
hubiera intentado ser bailarina o actriz, pero escribiendo me encontré.
¿Qué
opinas de la nueva literatura latinoamericana?
Hay cosas actuales que me gustan más y otras menos, pero
entiendo que cada autor es una época, una tierra, una forma, un dolor distinto,
muy distinto a lo que pueda escribir otro, aunque parezca igual o similar. Para
mí hay que verlo como “¿qué nos pasa para escribir de tal o cual forma?”. Se
escribe mucho y hay muchas cosas para explorar y descubrir, y es riquísimo.
Antes y ahora. Pero esta opinión te la doy como lectora, incluso muy mala
lectora, porque por mi formación me perdí varios años de literatura que ahora intento
recuperar.