Juan Manuel Candal
Juan Manuel Candal es escritor, guionista
y director de cine. Estudió en la FUC (Fundación universidad del Cine) en la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires. 
Actualmente está a cargo de 
la editorial Reina Negra, trabaja como editor, y también es el
responsable de la afamada revista literaria “Otro cielo”. Es autor de algunos
libros publicados, y otros tantos inéditos. Hace poco publicó el libro: Siempre tendremos Venezuela (2011), y
antes Yo robé tu nombre (2009).
Escribió algunos textos junto al escritor uruguayo Ramiro Sanchíz. Candal nos
cuenta que está por salir su nuevo libro titulado Mundo Porno, en la editorial 
InterZona. Nació en Buenos Aires el 24 de octubre de 1976   

¿Cómo
es Mundo Porno, tu nueva novela?
Mundo Porno es un viaje de la mano de
un estudiante de cine recién egresado por el mundo de la industria del porno
local. Es el descubrimiento de cómo funciona, los viejos mitos que se caen, y
también otros nuevos que se erigen. Y el lector conoce, de la mano del
narrador, a una cantidad de personas cuyas vidas son muy peculiares y están
atravesadas por esta elección de vida. En cierto modo, es como Buenos Muchachos, de Scorsese, pero en
vez de introducirnos al mundo de la mafia, es al mundo del porno
argentino.  

¿Cómo
surgió Siempre tendremos Venezuela?
Hacia fines del 2010 había escrito mis
dos cuentos más largos hasta el momento. Ambos tenían algún elemento de ciencia
ficción, pero no eran CF. Tenían en común ese tránsito por el género a modo de
escenografía, de maquillaje. El primero de esos cuentos trataba, entre otras
cosas, la idea de una continuidad de los sueños. Si nuestros sueños se enlazan
cada noche, si no pasaran por distintas personas y contextos y siempre
estuvieran anclados en variaciones de las mismas situaciones, entonces, en cierto
modo, se vuelven tan reales como la vigilia. Porque lo que otorga jerarquía a
la realidad perceptiva de la vigilia sobre la del sueño es que una tiene
continuidad y la otra no. El otro cuento es un relato futurista de una
cuadrilla de soldados que, por paradójico que suene, tiene que relegarse a las
armas más viejas y convencionales porque el enemigo, una supuesta fuerza
extraterrestre, domina todas las tecnologías más avanzadas y las utiliza a su
favor. Con ese otro relato, descubrí un modo de escribir cuentos que me
satisface particularmente: el relato que contiene subrelatos internos. Alguien
dirá que esto es más propio de una nouvelle o novela, pero creo que ciertos
cuentos pueden manejarse de este modo, o al menos, me interesa más que el
paradigma del cuento de cinco páginas que cierra impecable un conflicto o una
viñeta. Con estos dos cuentos empecé a armar un libro que contara una ocupación
extraterrestre que siempre transcurriera fuera de página. Lo que vemos es a una
cantidad de personajes peregrinando, luchando contra algo que no ve,
escribiendo por encargo obras extrañas, recibiendo a seres queridos de vuelta
de la muerte (pero sospechosamente modificados), y la idea es que el lector
termine de cerrar esa supuesta invasión, de otorgarle credibilidad o no, y
hasta qué punto.  
¿Trabajaste
con un borrador previo que luego fue mutando?
Los dos primeros cuentos fueron
revisados cuando apareció el resto, por cuestiones de continuidad temática y
escenográfica. Pero estaban bastante armados de entrada. Otros dos fueron
escritos hacia el final y sólo pasaron por las revisiones lógicas a las que se
somete cualquier texto. Finalmente, el cuento restante es una colaboración con
Ramiro Sanchiz. Yo tenía un cuento fallido y le sugerí que lo trabajáramos
entre ambos. Nos pusimos de acuerdo para renovarlo casi completamente y, con
las bases ya sentadas, fuimos escribiendo bloques que luego nos enviábamos por
mail. Escribíamos tres o cuatro páginas e iban al otro, que entonces continuaba
desde ahí con las siguientes tres o cuatro y así. Lo que más me gusta del
resultado es que amigos que nos han leído a ambos suelen equivocarse sobre
quién escribió qué. En ese sentido, creo que el cuento amalgamó bien sus
partes. Ese cuento, una vez terminado, lo corregimos entre ambos, una vuelta
cada uno, marcando cosas que sobraran o puliendo detalles, y esa es la versión
que quedó.

¿Te
agrada hacer escritos cronológicos o vas y venís en el tiempo como Borges?
Depende de lo que el cuento pida. En
general, me gusta mucho más la escritura laberíntica, creo que es fundamental
para un escritor tener todavía algo que descubrir en su propio texto, sino, se
vuelve casi una ponencia. Casi todo lo que escribo surge de una pregunta o una
sensación, y el cuento es la forma de otorgarle un procedimiento a esa
búsqueda. Con suerte, la búsqueda nunca se completa y entonces el cuento
siempre se mantiene fresco. Por eso, las idas y vueltas en el tiempo, las
elipsis y cierto juego de anticipaciones son fundamentales. La escritura
cronológica y lineal sólo me resulta interesante cuando tiene un pulso muy
marcado o cuando, justamente, uno está buscando que el tono del cuento sea más
bien ingenuo.  

¿Qué
es la literatura para vos?
Como lector, es tanto una vía de escape
como un acercamiento sensorial a otras percepciones, a otros modos de ver el
mundo. Casi todos mis escritores preferidos, ya sea que escriban fantasías
épicas o dramas intimistas, tienen una lucidez extrema, que a veces se expresa
en inteligencia pura y otras en una escritura del cuerpo, modulada, rítmica,
que no expone ideas directamente, sino que las merodea para dejar que el lector
se adentre o no en ellas.
 ¿Venís de una familia de escritores?
No. Vengo de larga línea de médicos que
escribieron, eso sí, muchas recetas.
¿Cómo
es un día típico de trabajo?
La clave está en la palabra “trabajo”.
Como no vivo de escribir, buena parte del día se la llevan las actividades que
me dan de comer y pagan la luz y el gas. No tengo una forma metódica de
escribir, como esa gente que se levanta a las 6 y escribe cuatro horas antes de
ir a trabajar. Si estoy escribiendo una novela, avanzo generalmente por las
noches. Cuando estoy llegando al punto clave, es común que escriba las últimas
20 o 30 páginas de un tirón, aún si esa noche no duermo, pero es que no puedo
detenerme, es como una fiebre de rematar teclas. Buena parte de mi trabajo, sin
embargo, transcurre cuando estoy a oscuras, esperando dormirme. Allí pienso
siempre en algún punto de lo que escribiré a continuación, generalmente cosas
que no terminan de convencerme o que necesitan más sustancia. Es la parte del
trabajo que nadie ve.  
¿Que
tiene en común tus libros Hotel
desolación, Yo robé tu nombre, Siempre tendremos Venezuela
?
Hotel
Desolación
es una larga novela
(manuscrito de 450 páginas aproximadas, lo que daría un libro publicado de casi
700) que está inédita. Mundo Porno tiene una extensión más amigable (el libro
tendrá unas 200 páginas). Lo que tienen en común los cuentos y novelas que más
me gustan es, por un lado, que preservan cierto misterio incluso para mí.
También me gusta que tomen vuelos líricos o se permitan pequeñas digresiones en
boca de los personajes que me consientan intentar tocar la humanidad de
protagonistas deleznables. Me gusta facetar a los personajes, y sorprenderme
luego yo mismo con lo que dicen o piensan o hacen (a veces hacen cosas que yo
jamás hubiera supuesto que podían hacer). Sobre todo, me gusta que todos suelen
estar perdidos de algún modo, varados en la desolación de una certeza
agrietada, sin un paradigma al que aferrarse, buscando nuevas convicciones,
todavía queriendo encontrar La Verdad, y por supuesto, fallando una y otra vez.
Me gusta que transmitan una doble sensación: el universo es desolador, luego,
finalmente somos libres.

¿El autor
se encariña con sus obras? ¿Cuál es la que más te gusta?
Sí, me encariño y las detesto,
dependiendo cual. Me gusta Siempre
tendremos Venezuela
. Me gusta mucho Hotel
Desolación
, pero permanece inédita. Creo que las que menos me gustan son
aquellas que escribí muy conciente de lo que quería decir y por lo tanto, han
perdido misterio. Me gustan aquellas que, pasado el tiempo, puedo revisar y
sorprenderme pensando que no parecen escritas por mí. Y en general, me gustan
más mis novelas que mis cuentos.
 
¿Cuál
es tu fuente de inspiración para escribir?
Por un lado, sensaciones abstractas. Un
cuento de 30 páginas surgió de estar pensando una tarde cómo se escucharía el
viento en una trinchera situada en tierras yermas. Por otro, suelen interesarme
mucho las relaciones humanas. Creo que existe un choque de universos siempre
muy rico, y más todavía, me gusta la forma en que opera la memoria. Sabemos,
por estudios, que la memoria es acomodaticia, que resguarda al ego, entonces,
me gusta explorar esta memoria que al final es una ficción también. Me inspira
intentar comprender cómo funcionan, en su modo más íntimo, vulnerable e
inconciente, las personas. Y cómo tropezamos una y otra vez con la misma piedra
(“pero sucede que no nos han puesto otra”, dice el refrán).
¿Escribir
en tercera persona o en primera? ¿Por qué?
Escribir en primera persona suele ser
más fácil a primera vista, pero a la vez, más tramposo. En realidad, primera y
tercera persona son siempre un yo disfrazado, porque el autor está si no en la
cabeza, sobre el hombro de cada personaje, no importa cómo lo traduzca el
narrador. Entonces, depende de la historia. Hay algo en el texto que pide
muchas veces una u otra. Me gusta mucho el juego de falsear una tercera persona
que luego es primera. Pero más allá de ciertos “vicios”, generalmente, para la
inmediatez de los cuentos, la primera persona ayuda a simplificar la entrada.
Para las novelas me gusta más la tercera o lo que es mejor, empezar una novela
en primera y a un tercio, pasar a tercera, mostrando que la primera persona es
un artificio, un narrador demiurgo y que hay otro narrador superior que
reordena las cosas (que también es un artificio, claro).
¿Si
pudieras detener el tiempo por un instante que cosas cambiarias, modificarías
con respecto a tu carrera?
Mi carrera no es tan larga aún, pero
creo que hubiera empezado a escribir para afuera antes (mandar cuentos a
revistas y sitios y esas cosas). Tardé mucho porque no tenía confianza en que
esos textos pudieran tener sentido para nadie que no fuera yo. Por otro lado,
probablemente no hubiera estudiado cine, y dado que la mayoría de la gente que
me lee dice que mis relatos son muy cinematográficos, muy visuales, y
aparentemente lo dicen como un elogio, entonces pienso que la carrera no estuvo
tan mal como un paso intermedio para escribir literatura.