Les 7 doigts de la main. La Vie. Foto de Paco Manzano
«Karnaval» es una novela inversamente ditirámbica,
excesiva como debería ser toda narración que pretende dejar constancia de su
existencia en un momento de sobreabundancia narrativa, y en el que el cambio de
las reglas de juego en todos los ámbitos (científicos, culturales, económicos,
sociales y políticos…) exige una respuesta nueva. «Karnaval» se vale de la figura del anterior presidente del
Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, aquí identificado
como  SK o el «dios K», para ejercer
de ariete contra una realidad que nos ciega. Mediante un discurso poderoso, con
ingenio, humor, y escenas grotescas, «Karnaval» es ante todo una novela bien escrita y mejor contada, donde no se huye de
la reflexión y se suceden  distintas perspectivas que envuelven a la
historia con un tono paródico muy bien llevado, y que nos trae a colación a los
poderes reales (Obama, Sarkozy, el Papa, Bill Gates…) e intelectuales como
Philip Roth, Sollers, Houllebecq… para ajustar el punto de mira sobre el
esperpento que nos ha tocado vivir y cuyos actores somos todos nosotros.




Juan Francisco Ferré. Foto de Mario Krmpotic 


¿Nos puedes explicar en qué tradición literaria te sitúas como narrador?
Es difícil
reconocer una tradición única. Mi genoma narrativo se inscribe, de un lado, en
la estética carnavalesca que culmina parcialmente en  Rabelais
y Cervantes y prosigue, ya en el dieciocho, con Swift, Diderot, Sade y
Sterne, y en el veinte con modernistas como Joyce, Gombrowicz y
Valle-Inclán o posmodernos como Pynchon, Goytisolo, Barth, Cabrera Infante
y Coover. Los genes de todos ellos son reconocibles en Karnaval. A esa herencia
hay que añadir, como prueba de enorme diversidad, las aportaciones seminales de
Flaubert, Borges, Cortázar y Nabokov así como de la novela intelectual
centroeuropea (Musil, Broch y Kundera, sobre todo). Con todo ese material
podrías reconocer al noventa y cinco por ciento el mapa genómico de mi
literatura. Pero más allá de influencias, me interesa resaltar que mi
literatura surge de la necesidad de restituir al discurso novelístico el poder
de ser tan peligroso como el mundo en el que vive o sobrevive así sea de manera
marginal. En una época como esta lo que la literatura no debe hacer es contarle
cuentos chinos a los lectores, por más que estos los reclamen, como es
costumbre, para dormir con la conciencia tranquila y creer que viven en un
mundo menos malsano o corrupto.
  
¿Y estilísticamente? O, si lo prefieres
explicado de este otro modo: ¿La historia que deseas contar te conduce a un
cierto tipo de narración o partes de una premisa previa a la hora de ponerte a
escribir?
Esas influencias citadas y mis
obsesiones personales condicionan los temas, por llamarlos de algún modo, que
elijo a la hora de ponerme a novelar. Aunque el proceso es mucho más
inconsciente, menos racional, de lo que pueda parecer a primera vista. Si bien
es cierto que mi estilo y la estética que me gusta me incitan a escoger unos
motivos y a descartar otros, la elección final se produce de un modo que escapa
por completo a mi control. Para desencadenar la escritura al nivel expresivo
que me interesa no basta con señalar una meta y ponerse a trabajar para
alcanzarla. El trabajo diario no es la categoría que explica ni la índole ni la
extensión de mis novelas sino, más bien, la conexión instintiva entre ciertos
elementos estimulantes con que me encuentro y el mismo acto de escribir como
liberación de fuerzas acumuladas y de energía creativa. Si te fijas, no es tan
distinto del mecanismo del amor o del sexo, donde la elección del objeto de
deseo y la experiencia de poseerlo conducen al sujeto mucho más allá de sus
límites reconocidos.
Hacer de Strauss-Khan, el «dios
K» o DK de tu novela, el protagonista de Karnaval, ¿es una denuncia sobre
el caso del ex-director del FMI o una sátira sobre su mundo y, en menor medida
el nuestro, o un intento de poner el foco en el tinglado económico-mediático en
el que vivimos?
Más bien esto último. El affaire DSK es
solo el detonante de la escritura novelesca. Esta pretende perforar y penetrar
con humor e imaginación en el corazón del corazón de las tinieblas mediáticas,
tecnológicas y socioeconómicas de nuestro mundo a través del portal generado en
la realidad, como una brecha, por el ruido y los ecos del escándalo. Alrededor
de este se construyen los círculos concéntricos que constituyen la trama de la
novela. El cambio de nombre del personaje (ya no DSK, como en la realidad, sino
DK o el dios K) es un indicio de esta necesidad de reinvención de la realidad
exigida por la escritura desbocada de la novela.

Les 7 doigts de la main. La Vie. Foto de Paco Manzano

En este sentido y como autor de un
ensayo literario sobre la realidad, ¿crees que la novela puede hoy día incidir
algo sobre un mundo tan complejo y fragmentado como el que vivimos?
La literatura tiene todo el poder para
hacer lo que le venga en gana. Al revés de otras formas de representación,
carece de coerciones económicas o mecanismos de control que impidan su
existencia. Puedes tardar más o menos en encontrar editor pero nadie puede
bloquearte al escribir. Por eso me apena tanto ver a muchos de mis colegas
coetáneos restringiendo las posibilidades del género a mínimos vergonzantes,
controlando los mecanismos de la ficción por miedo a las consecuencias,
ofreciendo versiones de la realidad acomodadas al gusto conservador de la
mayoría o buscando representar el pasado o el presente con patrones
consensuados. La literatura lo puede todo y habría que reprochar a los
escritores que sean medrosos o cobardes ante este desafío que emana del poder
retórico de su medio y de las relaciones mentales privilegiadas que establece
con sus lectores a poco que estos se dejen manipular y persuadir. La literatura
de ficción te permite entrar a saco en los códigos (lingüísticos, culturales,
morales, sociales, etc.) que crean la realidad en los cerebros de la gente y
transformar este saqueo irreverente, por si fuera poco, en una fiesta
dionisíaca y carnavalesca donde todo lo tenido por serio y respetable es puesto
patas arriba sin piedad. Esto es, desde luego, lo que más miedo produce en los
comisarios políticos y culturales y en sus fieles servidores.
Desde tus inicios de tus obras
publicadas hay un interés por la figura de Sade. ¿Qué similitudes y diferencias
existen (salvando la distancia temporal) entre Sade y DK? El discurso sadiano,
¿es un ejercicio de subversión todavía vigente?
Sí, Sade me ha interesado mucho, desde
siempre, por diversas razones. Es el novelista que mejor ha representado en un
momento crítico de la historia la ideología y las formas de vida de una clase
social excepcional (la aristocracia francesa del dieciocho) que estaba a punto
de desaparecer en gran parte por culpa de sus lacras y vicios. Una de las
clases más libres y privilegiadas que se ha conocido y de las más abusivas. Con
el paso de los siglos, la burguesía, que fue puritana en sus comienzos, ha ido
desarrollando tendencias libertinas de estirpe aristocrática como secuela de su
dominio sobre las demás clases. Y qué duda cabe que mi DK es un paradigma
exacerbado de esta evolución. Un burgués terminal extraviado por pulsiones
libertinas aristocratizantes. El mapa cognitivo de la Europa de su tiempo
trazado por las audaces novelas de Sade es perfectamente trasladable al mundo
globalizado de hoy. Un mundo donde la crueldad y la iniquidad reinan sin
alternativa y, al mismo tiempo, donde la sociedad y las instituciones,
incluidas las culturales, difunden una propaganda positiva, de valores
solidarios y optimismo existencial, para encubrir sus aspectos más nocivos y
negativos. En este contexto, la subversión o la transgresión no son valores que
yo venero per se. Son
efectos colaterales que pueden producirse o no en la mente del lector si el
novelista actúa con la suficiente irreverencia hacia los valores establecidos
con el fin de liberar su pensamiento de las ataduras más conformistas. Mi
propósito trasciende absolutamente el deseo adolescente de epatar al burgués o
al pequeñoburgués, empresa muy fácil, por otra parte, en estos tiempos de gran
estrechez mental en los juicios y las opiniones. De todos modos, te diré con
ironía que Sade, representante eximio de una aristocracia libertina y refinada,
es muy difícil de comprender en un país como este donde hemos tenido y seguimos
teniendo la aristocracia más rústica y conservadora en paralelo con la
monarquía más rústica y conservadora del mundo. Una aristocracia y una monarquía
modeladas, como sabían tristemente nuestros ilustrados, a la medida de un
pueblo rústico y conservador, como lo era a su vez la superstición religiosa
que profesaba la mayoría. El pacto estamental aquí estuvo siempre muy claro y
lo sigue estando. Una alianza de clases que pasa por sostener, en todos los
ámbitos, los valores más anticuados y rancios. Lo que le hace falta a la
cultura española para salir del estancamiento es audacia e insolencia creativa,
menos mimetismo convencional y más atrevimiento estético.  

Les 7 doigts de la main. La Vie. Foto de Paco Manzano

¿Karnaval supone una mejora narrativa
sobre Providence, tu anterior novela y finalista del premio Anagrama?
Como autor no creo que unas obras
mejoren a otras, solo señalan líneas diversas, múltiples corrientes en un mismo
escritor. Lo que sí creo es que Karnaval supone una cierta culminación de mi
proyecto literario porque incluye en su expansivo discurso la casi totalidad de
mis obsesiones, estilos y potencias creativas. Pero sin Providence no podría
existir una obra tan ambiciosa como esta. En cualquier caso, el problema de
este país es que puedes publicar novelas de la ambición intelectual y los
logros artísticos de Providence y Karnaval y que muchos críticos no se den por
enterados, miren para otro lado, te silencien o, peor aún, te incluyan a
regañadientes en el abundante lote de los novelistas rutinarios. El desdén o el
odio a la obra original, como denunció Kundera en su momento, es una secuela
ideológica del dominio del mercado. Tal ley inflexible dicta que una obra y un
autor literariamente mediocres merecen todos los respetos solo por los
beneficios comerciales y/o morales que produce su trabajo. Y luego nos quejamos
de la maldita crisis económica cuando es la cultura y nuestras concepciones
sobre ella las que están en bancarrota…
¿La novela es un ejercicio de ciencia
ficción o más bien de arqueología sobre el mundo en que vivimos hoy día?
Me entusiasma la idea de la
“arqueología del futuro”. Situar la perspectiva narrativa en el futuro con
objeto de enfocar el presente desde allí. Como ves, es todo lo contrario de la
deleznable novela histórica en boga y de cierta novela prospectiva de
imaginación muy limitada. Ambos engendros narrativos cometen el mismo error:
observar el pasado y el futuro desde las categorías triviales del presente,
haciéndolos digeribles para los lectores de hoy en lugar de mostrar su
extrañeza radical. Lo que me interesa es salirme de esas categorías actuales
con que prefabricamos una versión de la realidad demasiado apegada a nuestros
pequeños valores y, en vez de mirarla desde la atalaya de un pasado anacrónico,
para emitir un juicio moral reaccionario, como hacen algunos colegas, prefiero
ponerme del lado de lo nuevo absoluto, de los valores aún por crear, de la
mirada borrosa que se perfila ya en el horizonte, para escrutar nuestro tiempo
con un instrumental óptico innovador, que vea lo que nadie vería de otro modo.
De ahí quizá la perplejidad y el desconcierto momentáneos que, hasta que el
lector se acostumbra, pueden producir mis estrategias narrativas. Como queda
claro al final de la novela, Karnaval se sitúa en un impensable porvenir donde
el mundo tal y como lo hemos conocido ya no existirá más.
¿Puede definirse, en cierto modo, a
Karnaval como una novela picaresca actualizada? Por lo menos, visto desde los
ojos de un lector como yo, me lo parece, por su combinación de registros, uso
del humor, percances y peripecias de DSK, perspectiva crítica y burlas
variadas…
Hay una pequeña deuda, desde luego, con
el realismo picaresco en la medida en que fue este el que retrató los aspectos
más mezquinos de una sociedad que se tomaba por sublime en sus representaciones
de mayor éxito. El ingrediente picaresco, desde la comedia griega hasta las
últimas comedias de Hollywood, pone siempre el dedo en la llaga de las
conductas y los deseos humanos menos confesables. Y en el caso que sirve de
pretexto a la novela había mucho de escandaloso, en este sentido. De todos
modos, la picaresca de un personaje privilegiado es muy distinta que la de un
criado o una prostituta. Esta picaresca de alto nivel produce otras verdades
sobre el mundo y delata otras visiones menos complacientes de la realidad. El
pícaro popular puede caer simpático, a pesar de sus felonías, son las
circunstancias las que han hecho de él lo que es, mientras el magnate con
actitudes pícaras, como vemos a diario en casos muy cercanos, conduce a la
indignación social y el juicio colectivo. Por eso mi novela acaba, de modo
inevitable, con una gran apoteosis en Times Square donde DK, transfigurado en
Dionisos K, entrega su carne en sacrificio a la multitud de los miserables y
los indignados…

Les 7 doigts de la main. La Vie. Foto de Paco Manzano

 
Los discursos del protagonista, el
traer a colación a personajes reales como Bill Gates, Obama, Houllebeq…
¿sirven para anclar a la novela en una realidad paródica o analizar el mundo de
hoy día desde diversos puntos de vista?

Ambas cosas a la vez, sin duda.
Parodiar un contingente de ideas y discursos que también forman parte de la
realidad, cuestiones políticas, económicas, científicas, religiosas o sexuales
fundamentales en un tiempo de mutaciones radicales como el nuestro. Y también
enriquecer la comprensión del mundo en que vivimos para huir de los
estereotipos banales en que suele sumergirse el mundo de la opinión y la
información. Cuando DK le escribe al Papa para examinar la idea de Dios, a
Trichet para denunciar la explotación económica, a Sarkozy para meterle miedo
con la idea de una nueva Comuna mundial, a Obama para describirle un mundo
alternativo en el que podría inspirarse para redactar su programa electoral, a
Bill Gates para especular sobre la relevancia de la información, la tecnogénesis y el universo computacional, o a
Lagarde para explicarle qué vicios privados dominan entre los directivos de
corporaciones y organismos económicos, en tanto novelista no pretendo solo
burlarme de esas grandes personalidades (y las trascendentales idearios o
realidades a que están asociados) sino también ofrecer una visión compleja, en
diversos planos entremezclados, del mundo en que transcurre la historia
particular del protagonista. No me olvido de lo que escribía Bataille: “el
mundo es puramente paródico, es decir, cada cosa que miramos es la parodia de
otra…Todo el mundo es consciente de que la vida es paródica y que carece de una
interpretación”. Esta es una lección que los novelistas serios no deberían
pasar por alto y el que lo haga está condenado a escribir monsergas
moralizantes.
¿DK, es
un verdugo o una víctima, un rebelde con causa o un indignado sin fe?
Es un híbrido de todo ello. Siendo
verdugo de otros se transforma en víctima del poder, siendo miembro de una clase
poderosa se convierte en paria y apestado, siendo privilegiado y rico al caer
en desgracia asume la desgracia de los otros como argumento para entablar un
gran cuestionamiento del mundo de los privilegios económicos y las
abstracciones financieras opresivas como hicieron los indignados en España y en
otros lugares, etc. Es así como funciona un personaje de novela, en mi opinión,
como una máscara de carnaval, sirviendo a muchos fines a un tiempo y
multiplicando las posibilidades del ser con objeto de asumir, dentro de la
ficción, la riqueza prismática de la realidad.
¿O mas bien DK es
un libertino de un presente asexuado y donde el dinero puede arreglar casi
todo, o un indignado que nada puede cambiar al haber sido abolida cualquier totalidad
que no sea la económica?
En efecto, Karnaval narra el devenir
revolucionario de un representante privilegiado de la clase dominante y también
el fracaso espectacular de su tentativa de insurgencia y revuelta contra el
orden establecido. El mundo está en manos de los algoritmos financieros y las
entelequias monetarias y ni siquiera alguien con todo el poder y el
conocimiento podría cambiar este destino aciago. El pesimismo, como se dice en
la novela, es una forma de hacer visible esta dramática realidad sin tapujos.
El humor y la ironía que dominan su discurso tratan de aliviarlo mediante la
burla y las carcajadas, el último recurso anímico quizá para sobrevivir en un
contexto cada vez más invivible.
¿Quieres añadir algo?
Solo insistir en la idea ya enunciada
de que la literatura, a pesar de todo, debe seguir encarnando durante mucho
tiempo el discurso de la audacia moral y la perturbación estética así como la
libertad de pensamiento y de expresión, esquivando al máximo dos tentaciones
que hoy por hoy aseguran el éxito entre la mayoría de los lectores: la moralina
y el conformismo.

Collectif aoc Autochtone. Foto de Paco Manzano

Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) ha publicado la colección
de relatos 
Metamorfosis® (2006) y las novelas La
vuelta al mundo
(2002), I
love you Sade
 (2003) y La
fiesta del asno
 (2005; traducida al
francés en 2012). Su novela 
Providence (Finalista del Premio Herralde 2009) obtuvo una rara y
espléndida unanimidad crítica, tanto en su edición española como en la
francesa: «Además de un narrador dotado de una imaginación anfetamínica, Ferré
es un escritor preciso y malévolamente inteligente» (Pablo Martínez Zarracina, 
El
Correo Vasco);
 «Un artefacto que
desmitifica la nueva racionalidad virtual. Con una lengua literaria ágil: a la
vez maliciosa, y llena de esa helada ironía que desplegaba el gran Nabokov.
Novela de la totalidad en torno a una alienación de nuevo cuño, infinitamente
más letal que la que pudo imaginar el mismísimo Marx» (J. E. Ayala Dip);
«Golpea con una trama rompedora el American Way of Life. Providence radiografía
la cara más febril de América» (Juan Antonio Masoliver Ródenas, 
La
Vanguardia);
 «Hija mutante de Pynchon y Foster Wallace, la novela parece
obra de un matón intelectual con ganas de pelea (ideológica)» (Jordi Costa, 
El
País);
 «Revelación extranjera de la rentrée, Juan Francisco Ferré ha
lanzado una bomba posmoderna sobre el planeta libro. Un nombre a retener» 
(Les
Inrockuptibles);
 «Es una
novela-monstruo, posmoderna hasta lo diabólico… Una suerte de Ulises de la
era digital» (Bernard Quiriny, 
MK2); «La tentativa más lograda de expresar nuestra experiencia
contemporánea» (Gladys Marivat,
Technikart).