Reservado del restaurante Wiltons

Para no llamar a engaño a nadie el título de este libro de Ignacio Peyró (Madrid, 1980) sobre un asunto tan serio como es el buen comer y beber es: Comimos y bebimos. Subtítulo: Notas de cocina y vida (Libros del Asteroide). Escrito a modo de un diario mensual de diferentes artículos, en estas páginas se da vueltas alrededor de la cocina, alcoholes y recuerdos de vida gastronómica como en un tío vivo colorido y festivo que siempre nos sorprende gratamente. Peyró destila la misma sabiduría  y buena prosa  que  ya demostró  con su diccionario sobre la cultura inglesa Pompa y circunstancia (Fórcola).

La escritura de Peyró se puede añadir y sumar a un tipo de literatura que ha tenido una buena tradición en este país, aunque curiosamente con dos ramas principales, la gallega con escritores tan ilustres como Julio Camba y Álvaro Cunqueiro, y la catalana con Josep Pla, Nestor Luján, Joan Perucho, Xavier Domingo y Vázquez Montalbán. Ambas de influencia afrancesada. En cambio, Peyró es anglófilo hasta la médula (escritor y periodista, actualmente es director del Instituto Cervantes en Londres). En consecuencia lo inglés aparece con frecuencia en este libro aunque no es ni mucho menos lo mayoritario.

Entonces nos acordamos del creador de la literatuura gastronómica española, Julio Camba http://www.juliocamba.com, cuando decía aquello de que los ingleses se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con el tenedor y el cuchillo, y lo que es comer,  lo hacían pocos. Peyró hace un número de magia  y nos cuenta los desayunos ingleses, los clubs y su cocina y muchas cosas más que desmienten a Camba, aunque sea por el punto de cocción del huevo o la mermelada de naranja amarga. También nos descubre en el artículo “escritores que amaron  la cocina” una buena selección inglesa, aunque reconoce la supremacía francesa sobre todo cuando la crítica gastronómica se erige en literatura.

Peyró nos pasea de un lado a otro, y nos habla de sitios que ya no existen, y de los que debido a su juventud, mucho nos temenos que no ha podido disfrutar demasiados años. Otros, en cambio, siguen en pie dispuestos a resistir lo que haga falta frente a modos y modales. Lhardhy, Horcher, Cuénllar, Vía Véneto, o Wiltons el mítico restaurante londinese fundado en 1742. http://wiltons.co.uk

Ignacio Peyró

Este libro no es una guía ni una crítica gastronómica. Es literatura y basta leer el artículo dedicado a Currito, el desaparecido restaurante de la Casa de Campo madrileña para advertirlo. Pero con la buena letra no se hace literatura, lo mismo que con buenos ingredientes no es suficiente para hacer un gran plato. Es necesario tener claras las ideas y poseer conocimientos y punto de vista. Peyró los tiene.

La apuesta culinaria de Peyró es siempre de un clasicismo sencillo donde el premio no lo pone el nombre del cocinero o las estrellas Michelín, ni tampoco la moda o la nueva cocina sino el  buen comer. Gran verdad es que el gusto culinario lo funda  (o fundaba) la madre o lo que une come de pequeño. Hay en la prosa de Peyró un cierto aire de elegía a lo que el tiempo se llevó, y no le falta razón. Pero seremos optimistas y aunque uno tuvo la suerte de una educación materna en asuntos de cocina, deberán ser nuestros hijos quienes aunque sea a través de una hamburgesa de una franquicia, deberán educar el gusto. Pero tampoco nadie empieza a leer con Proust (y mucho me temo que ni siquiera con un comix o tebeo).

Pero si madre hay una, cocinas caseras hay muchas. Peyró nos los recuerda, como nos habla de otras educaciones sentimentales y gastronómicas, en las cercanías de Madrid o incluso París. En  el libro de Peyró, hable de la  cocina italiana, el queso, la paella, el gazpacho, el vino o el oporto, las proporciones entre lo esencial y lo secundario están guardadas al milímetro para que aprendamos y disfrutemos. Por eso espero que algún día pueda deleitarnos con ese libro que le gustaría escribir. Asómbrense ustedes. Sería sobre las estaciones de servicio o esas gasolineras de carretera que tienen tienda y restaurante. Sólo un gastrónomo militante como él puede ilustrarnos acerca del oporto bebido en una gasolinera haciendo una panorámica de esos lugares para enseñarnos que este libro es como la  receta secreta de un plato sabroso, que gusta, divierte y alimenta. O sea, nos hace felices.

 

 

 

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