Foto de Fritz Liedtke

 

En un libro sobre el dolor, la enfermedad y la muerte, Chantal Maillard (Bruselas, 1951) se preguntaba si acaso muchos ciegos lograrían explicar mejor el color verde que uno solo. Era La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015) y en pasajes de gran lucidez y belleza encontrábamos la cavilosa densidad que sigue al fallecimiento de las personas queridas, la presencia reflexiva e insomne que toma relieve en esas circunstancias. Maillard acababa de perder a su abuela y a su madre, y había asistido al proceso de extenuación que fue apagándolas a ambas en sus últimos días. Maillard quería comprender. Pero ¿qué ocurre cuando no es necesario el aviso de los otros para asomarse y observar esa piedra que cae sin ruido? Begoña Huertas (Gijón, 1965) explora a fondo esta región en El desconcierto, un libro publicado recientemente por la editorial Rata Books y en el que también lo cromático nos desubica: «El dolor es un elemento crucial en este relato, pero no puede explicarse, como no pueden explicarse los colores». Ni uno ni mil ciegos lo lograrían. Lo que Huertas quiere es darle sentido.

Quizá el dolor, como el verde, es solo una palabra. Y precisamente entre lo inefable y el lenguaje, un paso por encima, está la literatura. Ahí se sitúan estas páginas que la autora ha escrito, casi sin proponérselo, sobre su propia enfermedad: «Nunca me planteé escribir sobre mi experiencia con el cáncer. Mejor dicho, claro que me lo planteé, pero lo hice para responderme enseguida: NO. (…) Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo empecé inevitablemente a escribir “cosas”. De manera desordenada tomaba apuntes sobre 1) la idea de una novela que por supuesto giraba en un ambiente médico, también sobre 2) los libros que iba leyendo acerca del cáncer o de la experiencia de la persona enferma y, finalmente 3) escribía escuetas líneas donde daba cuenta de la evolución de mi enfermedad». La combinación de esas lecturas y las anotaciones del proceso han dado como resultado un libro brillante al que el término inclasificable no se le atribuye en un sentido de carencia sino en el más pleno. A medio camino entre la no ficción y la búsqueda de ficciones, encontramos en estas páginas el ojo clínico para lo humano que leíamos en En el fondo. Pide una copa, paga Proust (451 editores, 2009) o la escritura –fluida y vital– de Una noche en Amalfi (El Aleph, 2012), prosa que en la no ficción la hizo ganadora en 1994 del Premio Casa de las Américas por el Ensayo de un cambio: la narrativa cubana en la década de los 80 y que ha venido desarrollando en los últimos años como columnista de Público o eldiario.es. El desconcierto es todo esto y al mismo tiempo algo totalmente distinto. Es no ficción, pero también es una novela porque, tal como señala Javier Azpeitia en uno de los dos epílogos que cierran el libro –La enfermedad de la literatura-, la única razón para no considerarla como tal es que los sucesos que narra son reales.

Al margen de lo formal, El desconcierto destaca como una certera reflexión sobre la enfermedad, desde luego, pero quizá y por encima de todo, como el desentrañamiento de la identidad y la constatación de un pulso genuinamente literario. En el primer caso, Begoña Huertas no puede evitar preguntarse qué o quién era ella durante el proceso que la mantenía ligada a máquinas e intervenciones, cuál de los yoes que la definieron en algún momento podía sostener aún con vigor su coherencia: «¿Quién era yo? Yo ya no era ese cuerpo –tan pesado de cuidar, que había que arrastrar prácticamente porque siempre estaba cansado, con aquella herida en la tripa–. Pero tampoco era mi mente, igualmente cansada, pesada, liada y torpe. Y por otra parte, claro que lo era. Era las dos cosas y ninguna estaba bien». En el segundo caso, y como ya anunciábamos, El desconcierto es una búsqueda de ficciones y sentido en una vida estrechamente vinculada a los libros y al ajedrez –paradigma de lo racional–. Como la propia autora se plantea en uno de los capítulos, ¿es que la literatura no tiene nada que decir al respecto? Con un libro en el regazo en la sala de quimioterapia, buscaba una sola muestra de enfermedad –como motor de la narración, como núcleo de la evolución de un personaje, como enfermedad no mental ni estetizada– en la literatura. No la encontraba en las obras de su familia literaria, con la que mantiene un diálogo constante: no está en Proust, tampoco en Highsmith, no está en Mann, en Poe, Baudelaire, Woolf ni Rimbaud. No parece estar tal como ella la busca, y el lector aprende la sorpresa de ese ángulo muerto en la producción de autores que padecieron la enfermedad física. Por fortuna, «el dolor se resiste a ser recordado» y Huertas contribuye a esa literatura con un texto tan inesperado como inevitable.

 

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