ANNA MARIA IGLESIA

“Es imprescindible que un editor respete tu visión de la novela”, comenta Stephanie Danler con la seguridad que le confiere el éxito de críticas y de ventas obtenido por Dulceagrio, su primera novela (ed.Malpaso). Con la misma seguridad con la que decidió dejar el mundo de los restaurantes tras más de 15 años trabajando en él para inscribirse en un master de escritura creativa y escribir en tan solo dos años Dulceagrio, Danler defiende la “rareza” de su novela, una “rareza que quería que el editor conservara”, puntualiza, “no quería convertir mi libro en una cosa distinta a lo que yo escribí”.
Nueva York, Stephanie Danler tiene treinta años, a su cargo tiene dos restaurantes y en su currículum está el haber trabajado en el Union Square Café, un restaurante de prestigio en Manhattan y lugar habitual de reunión de las élites culturales y artísticas de la ciudad, y el haber dirigido una tienda de vinos españoles en la ciudad de los rascacielos. Danler parecía haberlo conseguido todo desde que dejara California para llegar a Nueva York, “el restaurante se había convertido en mi vida, era mi familia”, recuerda, pero sin añoranza, la autora; entonces, ¿por qué dejarlo todo para poder escribir? “Porque, en verdad, yo vine a Nueva York para ser escritora”, puntualiza, la restauración debía ser solamente un modo para sobrevivir, pero se convirtió en su profesión y ocupó sus días. Alcanzada la cima, Danler se dio cuenta de que por el camino había dejado atrás el verdadero motivo de su llegada a Nueva York: su deseo de escribir, su convicción de que quería convertirse en escritora. Y lo consiguió. No sólo terminó su master con un manuscrito bajo el brazo, sino que poco después ella misma se lo entregaba en mano al editor de Alfred A. Knopf: “era un cliente habitual del restaurante donde trabajaba así que acerqué, le dije que había escrito una novela y él, imagino que por amabilidad, cogió el manuscrito para leerlo”.
Pocos días después, Danler estaba en el despacho de Knopf firmando el contrato; se dijo que fueron seis cifras aquello que el editor ofreció a la joven autora, seis cifras que sorprendió al mundo editorial newyorquino por lo inhabitual –o puede que osado- del gesto. Knopf no sólo no erró en su fichaje, sino que Danler publicó el libro que ella quiso escribir: una novela que no “se construye a partir del argumento sino de las voces y con un toque romántico”, aunque, precisa de inmediato Danler, no una “novela femenina”, concepto que no acaba de satisfacerle.
 “Dulceagrio no es un cuento de hadas de mujeres con un final feliz donde todos los problemas se arreglan”, comenta Danler, que prefiere hablar de una literatura escrita y narrada desde la perspectiva de las mujeres y, en concreto, de mujeres “imperfectas”,  que “hacen lo que quieren”, que no responden a los tópicos que muchas veces la novela romántica más de folletín impone. “Por esto mis referentes son Joan Didion, Susan Sontag y Renata Adler, todas ellas escriben sobre mujeres ‘que no gustan’, mujeres solteras, con carrera, mujeres que anteponen su profesión a la pareja y, sobre todo, que se equivocan y que toman malas decisiones”. Así son las mujeres de Dulceagrio, así terminará siendo Tess, la protagonista, que como su autora también llega a Nueva York y termina trabajando en un restaurante, muy similar a ese Union Square Café en el que la propia Danler trabajó.
Stephanie Danler 
Tess no solo es una joven “imperfecta”, sino también una joven desamparada en una gran ciudad donde debe construir un mundo de afectos del que carece. “El restaurante se convierte en su familia, como también se convirtió en la mía. Los restaurantes terminan siendo las familias de todos aquellos que llegan solos a Nueva York provenientes de otras ciudades y terminan trabajando en la restauración, que es lo más habitual”. Si el restaurante es el lugar de la familia, los sabores son las etapas del aprendizaje. “Desarrollarás el paladar”. Con esta frase Danler no solo abre su novela, sino que la resumen: los sabores acompañan las voces narrativas, cada personaje tiene su “sabor”, cada experiencia tiene su gusto, del dulce al amargo y del amargo al dulce. No hay una única dirección, la formación de Tess bascula entre el placer y el sinsabor, entre catas experienciales convertidas en episodios de “su formación sentimental”.
Todo tiene que ver con el paladar en Dulceagrio y todo tiene que ver con la textura de las cosas: desde los alimentos hasta las relaciones personales, donde el sexo juega un papel imprescindible. El sexo parece ser el contrapunto a la gastronomía: si los alimentos forman parte del aprendizaje profesional, el sexo constituye la formación personal. De la relación emocional y física con Simone, que adopta un papel maternal, hasta la relación de deseo y erotismo con Jake, el barman, así transcurre el recorrido formacional de Tess: de la necesidad de suplir una carencia de afecto a la búsqueda del placer erótico, como representación de una supuesta independencia adquirida. Y, en paralelo, la pasión por los sabores gastronómicos, de los suaves y delicados a los fuertes y picantes. Sexo y gastronomía se superpone como metáforas de un proceso de formación de Tess. Danler, en efecto, no define Dulceagrio como una novela sobre restaurantes porque, independientemente del escenario narrativo, no lo es; Dulceagrio es, por el contrario, una novela que observa una realidad normalmente dominada por hombres desde la perspectiva de las mujeres, aunque tampoco se limita a ellas, pues hay algo de mirada sociológica en Danler: “En los restaurantes se concentran todas las clases sociales de Nueva York, desde la élite que viene a cenar hasta el inmigrante que limpia los platos”.
El restaurante trasciende así el carácter de local de restauración para convertirse en un reflejo concentrado de Nueva York, pero también de cualquier otra gran ciudad, porque al final, no importa el lugar ni el quién, sino la experiencia narrada. Danler lo tenía claro: no quería ni escribir una novela biográfica, aunque hay mucho de experiencia personal en Dulceagrio, ni tampoco una novela de autoficción, “quería transformar a través de la ficción una experiencia personal en una experiencia universal. Esto es la literatura”.

A primera vista, Dulceagrio puede parecer muchas cosas, pero nada de lo que parece es: no es una novela sobre restaurantes, no es una novela romántica, no es una novela gastronómica ni tampoco la enésima novela cool sobre la vida en Nueva York. Unos pueden dejarse llevar por prejuicios, mientras otros por la curiosidad de quién prueba y descubre. Ante este libro, la pregunta es clara ¿somos como Alfred A. Knopf o lo dejamos pasar? Al final, una ya no sabe bien quién da la gran lección en esta historia, si Danler con su perseverancia o Knopf con su confianza. O puede que de ambos haya que tomar buena nota en este mundo libresco de modelos preconcebidos, pocos riesgos y demasiadas modas.
Anna María Iglesia (Granada, 1986, residente en Barcelona) está terminado una tesis doctoral sobre las prácticas urbanas dentro del doctorado de Teoría de la literatura y literatura comparada. Se define principalmente como lectora. Desde hace ya algunos años ejerce el periodismo cultural como freelance, colaborando con distintos medios. El Asombrario (Público), Nueva Revista, Letras Libres, Llanuras o El Confidencial.